María Jesús Montero sufre un accidente laboral políticamente mortal

Maria Jesús Montero, arrollada

Hasta hace pocos minutos era, según el relato oficial del sanchismo, una de las mujeres más poderosas de España. Vicepresidenta, ministra de Hacienda, número dos del PSOE y voz omnipresente del Gobierno de Pedro Sánchez. María Jesús Montero aparecía cada día en televisión repartiendo lecciones, sermones y amenazas fiscales con una seguridad que rozaba la soberbia política. Hoy, después del batacazo monumental del PSOE en Andalucía, la realidad es otra muy distinta: María Jesús Montero es el rostro de una derrota histórica y probablemente irreversible para el socialismo andaluz.

Porque lo ocurrido este domingo no es simplemente una derrota electoral. No es un mal resultado puntual. No es un tropiezo corregible. Lo de María Jesús Montero tiene dimensión de accidente laboral políticamente mortal.

La candidata socialista ha demostrado dos cosas fundamentales. La primera: en política no se puede ir permanentemente sobrada de boca. Y María Jesús Montero llevaba años instalada en el exceso verbal, en la superioridad moral impostada y en una fantasía política completamente desconectada de la realidad social. Ha pasado demasiado tiempo hablando como si el PSOE todavía fuese dueño natural de Andalucía y como si los ciudadanos estuvieran obligados a aceptar cualquier discurso simplemente porque viniera envuelto en siglas históricas. Pero Andalucía ha cambiado.

Y ahí aparece la segunda gran conclusión de esta noche electoral: el PSOE ya no está herido. El PSOE está tocado de muerte en su feudo primigenio. Allí desde donde surgieron los “resucitadores” del socialismo español en la transición, Felipe González y Alfonso Guerra. Allí donde han gobernado durante 36 años seguidos hundiendo entonces a la derecha del PP a la indiferencia. Allí, en Andalucía, es donde el electorado ha quitado al PSOE de la ecuación y ha demostrado que el centro sigue existiendo. Ahora no en manos del PSOE o de Ciudadanos, si no de Juanma Moreno y su PP, que no es el mismo PP que Ayuso aunque vuele la misma gaviota.

Pedro Sánchez ha utilizado a María Jesús Montero exactamente igual que ha hecho antes con otros dirigentes socialistas enviados a elecciones autonómicas imposibles: como escudo humano político. La lanzó a una batalla donde el mejor escenario posible era perder por poco. El problema para el sanchismo es que Montero no ha perdido por poco. Ha perdido por muchísimo.

El Partido Popular ha vuelto a arrasar en Andalucía. A pesar de no conseguir renovar la mayoría absoluta, Juanma Moreno ha consolidado un dominio político que hace apenas una década parecía impensable. El PP no solo gana: humilla electoralmente al PSOE en la comunidad que durante cuarenta años fue el corazón emocional y electoral del socialismo español.Y eso tiene un valor simbólico devastador.  

Ahora el feudo andaluz pertenece al PP. Pertenece a Juanma Moreno. Pertenece políticamente a Alberto Núñez Feijóo. Y cada elección confirma más la misma sensación: el PSOE ha dejado de representar sociológicamente a una parte enorme de Andalucía.

La izquierda socialista y de Sumar y Podemos lleva años instalada en un discurso mitinero que ya no conecta con la realidad cotidiana de muchísima gente. Las apelaciones emocionales, las grandes consignas ideológicas y los discursos grandilocuentes ya no bastan para convencer a una sociedad cansada de precariedad, vivienda imposible, salarios estancados y promesas incumplidas. Especialmente entre los jóvenes.

María Jesús Montero ha sido, además, una candidata profundamente identificada con Pedro Sánchez. No podía vender renovación porque representaba exactamente lo contrario: continuidad absoluta con el Gobierno más desgastado de los últimos años. Cada crítica al Ejecutivo terminaba cayendo directamente sobre ella. Cada polémica nacional acababa convirtiéndose en una losa electoral en Andalucía. Y el resultado ha sido demoledor.

La famosa “Chiqui”, acostumbrada durante años a hablar desde la autoridad institucional y mediática del poder, se encuentra ahora ante una realidad mucho más cruel: ha pasado de ser uno de los pilares del sanchismo a convertirse en símbolo de su decadencia. Sólo resta por conocer cuándo va a informar que no recoge su acta de diputada por Andalucía y cómo se le va a quedar esa cara de cachondeo perpetuo con los demás y esa lengua juguetona en algún rincón apartado del Congreso de los Diputados, donde va a volver a escondidas.