Sánchez necesita un Mundial
En la política española se da esa curiosa tendencia a convivir con dos calendarios paralelos: el institucional y el emocional. El primero lo marcan los tiempos de Moncloa, el Congreso y el Senado y, en cierta medida, los parlamentos autonómicos y asambleas regionales y hasta, de vez en cuando, algún ayuntamiento. Últimamente, incluso, también los juzgados y tribunales de justicia añaden sal y pimienta, bastante, al asunto… El segundo, mucho más imprevisible, lo dictan las conversaciones de bar, las redes sociales y, este verano, el fútbol, por supuesto. A Pedro Sánchez le esperan unas semanas de infarto atrapado entre esos dos calendarios.
Junio y julio se presentan como meses especialmente delicados para el Presidente del Gobierno. En el horizonte se adivinan ya instrucciones y resoluciones judiciales relacionadas con distintos asuntos que afectan al entorno tanto político como personal del jefe del Ejecutivo y/o a dirigentes de su partido. En nada caerá la sentencia del Tribunal Supremo sobre el caso Mascarillas, con José Luis Ábalos, ex Secretario de Organización socialista como gran protagonista; igualmente próxima está la sentencia del hermanísimo que, tenga el resultado que tenga en lo penal, deja una sensación de sinvergonzonería y enchufismo insoslayable; avanzarán, y seguiremos conociendo, detalles del enjuiciamiento de la mujer del Presidente, Begoña Gómez; y también iremos sabiendo día a día de este verano ya en las puertas de la trama del llamado caso Cloacas, en relación con quien también fuera secretario de Organización del PSOE, Santos Cerdán, y su fontanera Leire Díez, estos dos que no dejaron, según parece, títere sin cabeza a la hora de intentar tocar para proteger al One, aunque éste no se diera jamás por aludido. Y no descartemos que el caso Zapatero nos dé todavía más sorpresas que la de las joyas aparecidas en una caja fuerte en su oficina y que el propio PSOE se vea, como persona jurídica, investigada formalmente por los jueces. Pinta tiene…
Sánchez llega así a este principio del fin de su legislatura, a la que en el mejor de los casos no le queda sino poco más de un año, con una estrategia que parece orientada más a resistir que a conquistar, por muchas reformas del Código Penal que pretenda ahora llevar a cabo de la mano de Sumar, ese partido fantasma que solo tiene ministros, lo cual no es poco, pero poco más que nada. El objetivo de Sánchez, por tanto, no puede ser ya ganar por goleada como ha pretendido hasta ahora, sino llegar vivo al final del partido. Si mantener la iniciativa política ya sería todo un logro, evitar que la agenda pública quede monopolizada por los asuntos judiciales sería, incluso, toda una victoria.
Por eso quizá Sánchez necesita algo que ninguno de sus asesores políticos puede ya darle: una gran distracción colectiva, un acontecimiento capaz de desplazar durante semanas las portadas de los medios, las tertulias de los que de todo saben, y las conversaciones cotidianas del café ciudadano. En otras palabras: Sánchez necesita un Mundial.
Y no porque el fútbol vaya a resolver el problema político que nos atenaza a los españoles, sino porque nada como el panem et circenses para, al menos, aplazarlos. Cuando la Roja, -extraño que aún no se haya hecho eco nadie en la izquierda del apelativo con toda la intención ¿verdad?- encadena victorias, el país entero cambia de conversación. Es un hecho objetivo. Los escándalos pasan a segundo plano, las discusiones se apagan y las emociones colectivas se concentran en la pelota, en el regate de Lamine, el señorío de Fabián en el mediocampo o la seguridad atrás de Cubarsí. Si el árbitro ya pone algo de su parte, el fenómeno se vislumbra tan antiguo como eficaz.
El problema para Moncloa es que los milagros deportivos no caben en un Decreto-Ley, no se acuerdan en un Consejo de Ministros. Y si la selección no acompaña y empata en su debut, por ejemplo, con Cabo Verde, la realidad vuelve a primer plano, y podría resultar que hasta de la mala pata de Ferrán ante la puerta contraria haya que culpar a Sánchez. Un tropiezo inesperado, un empate frustrante o una eliminación prematura pueden convertir en humo la esperanza de una tregua mediática, porque eso significaría volver a hablar de política y jueces, justo lo que a Sánchez no le interesa.
La metáfora futbolística resulta así inevitable: Sánchez es un seleccionador al que no le queda otra que salir al campo decidido a conservar el resultado. Necesita imperiosamente llegar al descanso de agosto sin encajar demasiados goles, confiando que las vacaciones estivales reduzcan la intensidad política y que los chapuzones rebajen la temperatura del debate público. Pero cuando uno se lo juega todo al empate, corre siempre el riesgo de encontrarse con una goleada. Y esto es lo que pasará si en las próximas semanas se acumulan noticias en el ámbito político-judicial y si el combinado nacional no es capaz de avanzar decididamente hacia una hipotética final mundialista que nos mantenga encandilados con los de De la Fuente en lugar que con los de Sánchez.
El debut de España en el Mundial, detenido en sus ansias iniciales por Cabo Verde, no presagia nada bueno para Sánchez y sus planes veraniegos. Lo de “Cabo Verde” suena demasiado a un oficial de la Guardia Civil, con lo atragantada que tiene el PSOE a la UCO últimamente.