Los Secretos del 23-F que todos conocíamos
Salvo que Antonio Tejero, el guardia civil que irrumpió la tarde del 23 de febrero de 1981 al mando de doscientos agentes beneméritos en el Congreso, haya dejado escrito a su fallecimiento algo que aún no sepamos sobre lo que pasó realmente en aquellos días de democracia recién estrenada, la desclasificación de secretos confidenciales que acaba de poner sobre la mesa Pedro Sánchez va a tener más de anuncio que de noticia. Si se leen ustedes Anatomía de un instante, la versión novelada de aquellos sucesos publicada por Javier Cercas, verán que todo lo que ahora se descubre ya lo había escrito él hace diecisiete años.
Es verdad que Cercas no es explícito del todo sobre lo que pasó, sino que da su visión a partir de una exhaustiva investigación periodística previa dejando suficientes datos para que el lector haga su propio trabajo: interpretar lo complejo de una situación socio-política que, desde la muerte de Franco hasta el momento de sonar los disparos en el hemiciclo del Congreso, se venía enredando en una madeja irresoluble y despejar dentro de lo posible las numerosas incógnitas latentes detrás de lo que los españoles vieron por televisión y escucharon por la radio aquel día.
La versión de Cercas, que ahora se confirma a la vista de los documentos secretos que han demostrado sostener hechos no tan secretos, nos muestra la concurrencia de dos actuaciones similares, aunque no coincidentes en fines y objetivos: un golpe de timón contra Adolfo Suárez, por un lado, y un golpe de Estado contra la democracia por otro. Y señala a personas que, en un momento dado, intentaron cabalgar dos caballos a la vez, algo que se demostró imposible…
La España previa al 23F estaba sumida en una crisis sistémica: graves problemas económicos, con altísimos niveles de paro e inflación, y una bajísima confianza de la ciudadanía en sus gestores públicos y de su manera de afrontar esa crisis. A ello se sumaba el recelo entre los militares por el desarrollo autonómico y por la presencia normalizada en las instituciones de su demonio particular legalizado por Suárez: el Partido Comunista de España. Para colmo, la actividad criminal de ETA minaba casi a diario igualmente la estabilidad del jovencísimo modelo constitucional.
Adolfo Suárez, arquitecto imprescindible de la Transición entre 1976 y 1978 era en 1981 el eslabón más débil de una cadena sometida a tensiones extremas. De hecho, su dimisión el 29 de enero de ese mismo año vino precedida, como cuenta el recientemente fallecido Gregorio Morán en su libro Adolfo Suárez, historia de una ambición, de un almuerzo en Zarzuela con el monarca y tres tenientes generales (Milans del Bosch, González del Hierro y Merry Gordon) solo una semana antes, el 22 de enero. Un almuerzo indigesto y un fuerte retortijón para Suárez, por lo visto, que se marchó en apenas una semana.
Desde ese momento todo indica que hubo quien no entendió suficiente el gesto, interpretado como una mera suspensión del problema y no de su solución, dado que Leopoldo Calvo Sotelo era visto como un mero sustituto, optando determinados militares por el golpe “duro”, la involución y la marcha atrás en un proceso con el que algunos estimaban que se estaba yendo demasiado lejos. Y ese es, parece ser, el fundamento del paso adelante de militares como Tejero o Milans del Bosch, junto con otros. Incluso muchos más, seguramente, de los que se conocieron.
El papel de Juan Carlos I en ese momento, y posiblemente del resto de fuerzas políticas españolas, desde AP hasta el PCE, con la sola exclusión de los nacionalistas vascos, dado que de los catalanes existen dudas realmente de que no estuvieran al tanto de lo que se orquestaba, fue, en opinión de quien les habla, la de estar en lo que fuera preciso para tumbar el problema: eliminar a Suárez de la ecuación. Y todo lo que fuera preciso era, en las circunstancias concurrentes en 1981, todo lo que fuera preciso.
No es por ello extraño que Felipe González o Jordi Pujol aparecieran en una lista del gobierno de unidad nacional que pretendía presidir el general Alfonso Armada y que se le propuso a Tejero para que depusiera su actitud en el Congreso, rechazada por el guardia civil por la presencia, precisamente, de socialistas y nacionalistas en ese gobierno, condición que Armada consideraba indispensable para legitimarlo en términos de pluralidad, que no democráticos, obviamente. O que otros destacados socialistas, como Enrique Múgica y Joan Raventós, se hubieran reunido solo cuatro meses antes con el propio Armada en Cataluña, y es que sería iluso pensar que quedaran para charlar de temas circunstanciales en el ambiente en que se encontraban los comensales…
Muy posiblemente, en la complejidad del momento, sucedió precisamente eso: un golpe de timón de todos contra Suárez y a la vez un golpe de Estado militar contra la democracia. Quienes estaban en el primero se encontraron de bruces y de manera inesperada con el segundo, promovido por la impaciencia y la simple brutalidad, e intentaron aprovechar la situación. Y quien con sus silencios y ambigüedades en mil conversaciones había dado a unos a entender una cosa y a otros otra simplemente decidió que así no, y que dimitido Suárez, y sobre todo tras la espantosa imagen de los disparos al techo de la sede de la soberanía nacional, había que esperar al desarrollo de los acontecimientos. Era solo dejar transcurrir los meses hasta las elecciones de octubre de 1982, en las que el PSOE alcanzó la mayoría más amplia habida en democracia, 202 de 350 diputados, posiblemente gracias al impulso de los propios acontecimientos de febrero de 1981.
Los secretos, que ya no lo son, no han aportado realmente nada nuevo. Si acaso la confirmación de esa convicción de muchos que habíamos leído e interpretado a Cercas y su Anatomía de un instante de que todos sabían, todos estaban en el meollo de alguna u otra manera, activamente o simplemente dejando que otros hicieran. Curioso en ese sentido el documento conocido del PCE que denuncia una maniobra de la ultraderecha para tumbar la monarquía. Nunca tuvimos un comunismo más monárquico en este país. Pero también la convicción de que ninguno coincidía en cómo solucionar el problema: si disparando al muñeco o quemando todo el chiringuito.