Sumar lanza un órdago y evidencia la división en el Consejo de Ministros
Lo ocurrido este viernes en el Consejo de Ministros no es un episodio menor ni una simple discrepancia dentro de un Gobierno de coalición. Es la escenificación, sin disimulos, de una fractura política cada vez más difícil de ocultar. Más de dos horas de retraso en el inicio de la reunión, negociaciones de última hora y acuerdos forzados dibujan un cuadro preocupante: el Ejecutivo ya no gestiona, sobrevive.
El detonante ha sido, de nuevo, Sumar. Un ultimátum, otro más, planteado en términos de órdago político, que esta vez ha salido bien. La formación de Yolanda Díaz ha tensado la cuerda hasta el límite y ha conseguido arrancar concesiones del PSOE, evidenciando quién marca el ritmo en los momentos de debilidad.
No es tanto el contenido de los acuerdos —siempre negociables en cualquier coalición— como la forma en que se han alcanzado. A última hora, bajo presión, con el reloj corriendo y la imagen de descoordinación proyectándose hacia fuera. Ese es el verdadero problema, aunque el presidente del ejecutivo, Pedro Sánchez, intentó quitarle hierro al paripé de la extrema izquierda.
Sumar ha demostrado que puede bloquear, condicionar y, llegado el caso, imponer. Y lo ha hecho sin pagar un coste inmediato. Al contrario: refuerza su perfil ante su electorado y se presenta como el actor que obliga al PSOE a girar.
El mensaje que queda es claro: cuando Sumar aprieta, el PSOE cede. Al menos de cara a la galería. Y es que la confluencia de Sumar tiene una necesidad imperiosa de demostrar “que existe” tras el batacazo electoral del pasado domingo en Castilla y León, donde han desaparecido del mapa autonómico.
El miedo como factor político
Ese es el elemento más relevante. No se trata solo de negociación, sino de correlación de fuerzas. El PSOE aparece hoy como un partido a la defensiva, condicionado por el temor a una ruptura que podría tener consecuencias imprevisibles. Ese miedo es el que explica la cesión, de mínimo, para qué engañarnos. Y ese miedo es el que Sumar ha sabido, en parte, explotar.
No es un hecho aislado. Esta misma semana, el Gobierno ya intervino para frenar el órdago de Salvador Illa en Cataluña, evitando un choque con ERC que podía haber desembocado en un adelanto electoral. De nuevo, contención. De nuevo, cálculo. De nuevo, evitar el riesgo a corto plazo, aunque sea a costa de debilitar la posición política del aliado PSC. El patrón se repite.
La erosión de la autoridad
Cada episodio como este tiene un coste. No necesariamente inmediato, pero sí acumulativo.0 Un Gobierno que no controla sus tiempos transmite inseguridad. Un Ejecutivo que negocia en público lo que debería cerrar en privado proyecta fragilidad. Y un presidente que permite que sus socios marquen los tempos pierde capacidad de liderazgo, aunque lo pinte de rosa.
La política de coalición exige pactos, sí. Pero también exige orden, jerarquía y dirección. Cuando eso falla, lo que queda es lo que se vio hoy: un espectáculo poco edificante.
Gobernar o resistir
La pregunta ya no es si el Gobierno puede seguir adelante. La pregunta es en qué condiciones lo hace. Si cada decisión relevante requiere un pulso interno, si cada acuerdo llega tras un ultimátum, si cada semana se repite el mismo guion, la gobernabilidad se convierte en resistencia. Y gobernar no es resistir.
Es el mismo guion que, desde hace meses, se evidencia en la relación con Junts. Y la cosa cada día va peor para el gobierno multicolor, multi ideológico y multi singular que sostiene, con finos hilos, a Pedro Sánchez y sus ministros.
A corto plazo, el Gobierno sigue. A medio, la duda crece.
Porque cuando los socios se miden en cada decisión y los acuerdos se arrancan bajo presión, lo que se resiente no es solo la estabilidad. Es la credibilidad misma del proyecto. Y eso, a diferencia de un Consejo de ministros, no se puede retrasar dos horas.