8 de marzo: las mujeres de verdad no siempre llevan megáfono
Cada 8 de marzo ocurre un fenómeno casi litúrgico: un grupo muy concreto de mujeres decide que va a hablar en nombre de todas las demás.
Sí, de todas.
Es enternecedora esa seguridad. Esa capacidad de representación universal que no tiene ni la ONU, ni la vecina del quinto cuando organiza la escalera. Ellas sí. Ellas saben lo que piensan las mujeres, lo que sienten las mujeres, lo que necesitan las mujeres y, por supuesto, lo que deberían votar, decir, vestir, tolerar y callar las mujeres.
Aparecen con megáfono, flequillo cortado a bocados y la axila convertida en manifiesto, dispuestas a explicarnos que no depilarse no es pereza ni comodidad, sino una victoria histórica sobre el patriarcado. Van por la vida con esa mezcla de superioridad moral y estética de asamblea permanente, convencidas de que quien no repite su argumentario es poco menos que una pobre criatura alienada, una niña confundida, una sierva del sistema, una señora que “todavía no ha hecho el proceso”.
Y ahí está una de las cosas más irritantes de este feminismo mal entendido: no protesta, pontifica. No debate, regaña. No convence, sermonea.
Te hablan como si acabaras de bajarte de un carro de caballos en 1952. Como si no hubieras vivido. Como si no hubieras trabajado. Como si no hubieras criado hijos, enterrado penas, salido adelante sola, sostenido una casa, un negocio, una familia o una vida hecha pedazos. Como si necesitaras que una iluminada con bolsa con mensaje y consignas de manual viniera a explicarte dónde empieza tu dignidad y dónde termina tu opresión.
Hay en ese feminismo de pancarta una pasión desbordante por infantilizar a las demás. Si no piensas como ellas, no es que discrepes: es que no te enteras. Si no te indignas por lo que ellas han decidido que toca indignarse esta semana, es que estás dormida. Si no conviertes cada gesto cotidiano en una tesis sobre la estructura heteropatriarcal, es que estás colonizada. Siempre tienen un diagnóstico para ti. Lo que no suelen tener es una nómina de las de madrugar.
Porque mientras unas posan en Instagram con la rabia muy bien iluminada, hay otras mujeres bastante menos fotogénicas y bastante más admirables que están haciendo feminismo de verdad sin llamarlo feminismo a cada minuto.
La mujer que se levanta a las seis porque a las siete entra en el hospital.
La que levanta la persiana de la tienda sabiendo que este mes quizá no salen las cuentas.
La que limpia portales antes de que amanezca.
La que conduce un autobús.
La que atiende a una madre dependiente y luego se va a trabajar sin tiempo ni para dramatizar su agotamiento.
La camarera. La cajera. La administrativa. La profesora. La peluquera. La autónoma. La que encadena turnos. La que no sube stories sobre sororidad porque bastante tiene con sobrevivir al jueves.
Esas mujeres no suelen llevar pancarta. Llevan ojeras, prisa y sentido común. No necesitan ir por ahí diciendo que son mujeres empoderadas, resilientes y deconstruidas. Lo son o no lo son, pero desde luego no convierten su identidad en una campaña de marketing con tipografía combativa. No viven del aplauso ideológico. No hacen del victimismo una tarjeta de visita. No necesitan escenificar una opresión teórica porque bastante tienen con combatir las dificultades reales.
Ese es el problema del feminismo convertido en teatro: que ha sustituido a la mujer por el personaje. Ya no importa la vida real, sino el uniforme. Ya no importa la libertad, sino la consigna. Ya no importa mejorar las condiciones de las mujeres, sino vigilar que todas reciten la misma oración civil con el mismo tono agraviado.
Y lo más cómico, si no fuera tan cansino, es que quienes más hablan de libertad suelen ser las primeras en incomodarse cuando una mujer elige distinto. Libertad, sí. Pero la correcta. La homologada. La que pasa su filtro ideológico. Porque si una mujer decide no pensar como ellas, arreglarse, depilarse, casarse, ser madre, no ser madre, trabajar mucho, trabajar poco, no militar o directamente mandarlas al carajo, entonces esa libertad ya no les entusiasma tanto.
Les gusta la mujer libre siempre que sea un clon.
Por eso conviene decirlo claro: no, no todas las mujeres están representadas por ese feminismo ruidoso, malencarado y profundamente paternalista. No todas necesitamos tutoras ideológicas. No todas queremos que nos hablen como alumnas torpes de un masterclass de conciencia social impartida por alguien que confunde agresividad con lucidez.
Muchas mujeres no quieren salvar el mundo a gritos. Quieren sacar adelante su vida. Que ya es bastante heroicidad.
Y ahí está, precisamente, la verdadera grandeza de tantas mujeres anónimas, ellas no necesitan un eslogan para ser fuertes. No necesitan proclamarse nada para serlo todo. No necesitan convertir cada 8 de marzo en una pasarela de superioridad moral. Les basta con seguir. Con sostener. Con trabajar. Con cuidar. Con resistir. Con tirar adelante cuando nadie las enfoca, cuando nadie les da un micrófono y cuando nadie les aplaude la épica doméstica, laboral y emocional que cargan cada día.
A esas mujeres sí dan ganas de rendirles homenaje.
A las que no van de salvadoras de las demás.
A las que no te miran por encima del hombro.
A las que no han hecho del sobaco una tesis doctoral ni del flequillo un manifiesto político.
A las que no necesitan posar rabiosas para demostrar que valen.
A las que viven en el mundo real, no en la performance de la causa.
A las que quizá no lleven pancarta, pero llevan el peso de la vida.
A las que no hacen pedagogía condescendiente, porque bastante tienen con hacer que todo funcione.
A las que no proclaman su feminismo en Instagram, porque lo ejercen sin decirlo.
Esas, justamente esas, son las que merecen la ovación.
Porque hay mujeres que hacen ruido.
Y hay mujeres que hacen falta.