Cristianos y Política en Semanas Santas divergentes
Para un cristiano ciertamente descreído como quien les escribe, la Semana Santa plantea ese eterno dilema entre fe auténtica y simple tradición. Pero este año añade el significado político del que ni siquiera la religión ha podido abstraerse. Porque la Pascua de este 2026, marcada por los conflictos internacionales y sus derivadas pone en evidencia una fractura cada vez más visible: la que separa el cristianismo institucional católico, especialmente el europeo, de ciertas corrientes del protestantismo evangélico norteamericano claramente vinculadas con la política estadounidense.
El Vaticano actual, dirigido precisamente por un norteamericano como León XIV, ha optado ante temas como Irán y Líbano por una postura clásicamente católica: prudente, moral y orientada a la paz. En plena escalada bélica en Medio Oriente, el pontífice ha reclamado de manera expresa una solución al conflicto a través de la responsabilidad de los líderes internacionales y recordando que “Dios no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra”. No es una neutralidad equidistante, sino crítica con la violencia proceda de donde y de quien proceda, que no busca a priori alinearse con los contendientes o los bloques que representan en la geopolítica.
Esta actitud “no alineada” contrasta con el uso explícito de referencias religiosas a las que hemos asistido desde sectores del poder estadounidense. Así, en torno a la presidencia de Trump se ha consolidado una alianza con sectores evangélicos que no solo apoyan de manera expresa su agenda, sino que llegan a interpretarla en clave teológica. De hecho, algunas voces muy cercanas al aparato militar de Estados Unidos han llegado a enmarcar el conflicto con Irán en términos de “plan divino” y hasta incluso refiriéndolo al Armagedón bíblico.
El apoyo evangélico en particular, así como el conservador protestante en general en Estados Unidos a su presidente tiene raíces profundas y ha sido uno de sus cimientos más sólidos. Y no tanto por afinidad moral personal como por el hecho de compartir agenda política en temas como la defensa de Israel, la oposición al aborto, el rechazo al multiculturalismo y, sobre todo, una concepción nacionalista del propio cristianismo. La consecuencia ha sido de este modo, y en los últimos años, una identificación unívoca cada vez más evidente entre nación, credo y liderazgo político que borra y confunde los límites entre fe religiosa y ejercicio del poder.
Debido a todo ello, y a esa evolución de religión y política al unísono, el movimiento base del ascenso de Trump, el conocido como MAGA (“Make America Great Again”), ha evolucionado más allá de una simple consigna o movimiento electoral. En espacios como la CPAC (Conferencia de Acción Política Conservadora) o en movilizaciones como la denominada “Jericho March”, de hecho, esa tendencia se materializa en una fusión real entre retórica religiosa y discurso político calificable como auténtica “idolatría política”. Y de ahí que la categorización y defensa de Estados Unidos e Israel como bastiones de la civilización occidental identificada con la judeocristiana, y hasta la exigencia esencial de un liderazgo global fuerte de esos países se presente no ya como una alternativa política, sino incluso como una misión de naturaleza providencial.
A este fenómeno ayuda igualmente la radicalización de ciertos sectores del protestantismo evangélico, sobre todo en su deriva hacia posiciones ideológicas rígidas, identitarias y en ocasiones hasta apocalípticas en el enfrentamiento con el mundo islámico. El apoyo incondicional a Israel, por ejemplo, responde a interpretaciones claramente de naturaleza teológica, como el dispensacionalismo, que consideran el Estado israelí como pieza clave en el cumplimiento de las profecías bíblicas, superando visiones meramente referidas a razones geopolíticas.
Frente a ello, el catolicismo europeo, y más concretamente la Iglesia que como institución y poder moral, social y político representa el Vaticano, ha evolucionado hacia una visión más conciliadora, hacia el diálogo interreligioso desde el ecumenismo, hacia el multilateralismo y hacia una interpretación ética del cristianismo que vuelve a centrarse en la dignidad humana como valor esencial. La doctrina de la “guerra justa” cada vez más restrictiva ha dado paso en la práctica a un rechazo casi sistemático del uso de la violencia como herramienta política. Y por ello no es casual que la primera autoridad católica haya insistido desde Roma en que la guerra en sí misma es “incompatible con el mensaje de Jesús”.
Pero por ello resulta especialmente llamativa la postura de buena parte de la derecha, y sobre todo la ultraderecha, europea, proclamadas defensoras de la “civilización cristiana” que muestran indisimuladamente, y de modo explícito, un apoyo a Trump y a su agenda internacional. Una alineación que, sin embargo, descubre una profunda incoherencia, porque ni coincide con la posición oficial de la Iglesia católica ni tampoco con la tradición social cristiana europea.
Asistimos a la paradoja de que mientras el Vaticano pide contención, diálogo y rechazo de la violencia, sectores políticos europeos que reivindican su base ideológica cristiana reivindican una supuesta defensa de valores identitarios apoyando políticas que instrumentalizan la religión para justificar conflictos. O lo que es lo mismo: invocando un credo y una fe más como herramientas políticas al servicio del poder en la batalla cultural declarada que como una ética de ser y posicionarse ante el mundo.
Los riesgos de este nacionalismo cristiano que puede servir para legitimar la violencia erosionando el actual orden político y moral internacional es una advertencia que recibimos especialmente en esta Semana Santa, cuando el mensaje central del cristianismo vuelve su esencia: el sacrificio, el perdón y la reconciliación, un mensaje que contrasta claramente con la retórica de la confrontación en el ejercicio del poder político que otros propugnan.
Quizá la clave esté precisamente ahí: en recordar que el cristianismo, en su origen, no fue nunca una ideología de dominio, sino una propuesta ética radical que buscaba cambiar el mundo. Pero también en tener presente que su instrumentalización política desvirtúa su mensaje trascendental y aumenta las desigualdades y divisiones que siempre ha pretendido, en principio, combatir.
En un mundo cada vez más polarizado, la diferencia entre usar la religión para justificar la guerra o para frenarla es un motivo en esta Semana Santa, o debiera serlo, de reflexión para quienes de una manera u otra, en mayor o menor medida, nos identificamos como vinculados a una visión cristiana del mundo, de su historia y de su futuro, aunque de un modo no sectario ni excluyente, a veces hasta con evidente laxitud, pero sí desde la perspectiva de la ética construida históricamente a partir del propio humanismo cristiano: defendiéndolo como elemento ineludible al debatir sobre cuestiones globales, más allá de la Semana Santa. Más allá del dios en el que creamos y al que recemos, en su caso, cada cual.