Entrevista a César Alcalá, autor de Gaudiana

César Alcalá: “Gaudí enseñó a los enfermos mentales de Sant Boi técnicas de construcción con mosaico”

El escritor barcelonés afincado desde hace decenas de años en el Vallés Oriental (Barcelona), César Alcalá, acaba de publicar uno de esos libros de obligada lectura. Primero, por el personaje protagonista, nada menos que Antonio Gaudí y, después, por la trascendencia y el impacto mundial que ha tenido la inauguración de la Torre de Jesús presidida por el papa León XIV y los reyes de España.

portada Gaudiana

Pregunta: Su libro Gaudiana propone una aproximación renovadora a Antonio Gaudí. ¿En qué se diferencia de los cientos de monografías que ya existen sobre el arquitecto?

César Alcalá: Frente a los textos que analizan su obra solo desde la técnica o un misticismo superficial, este libro sitúa a Gaudí en su contexto histórico real. Queremos arrojar luz sobre sus facetas espirituales, políticas y humanas menos transitadas, alejándolo de la imagen de un genio aislado o un soñador extravagante. Lo revelamos como un hombre condicionado por su época, un obrero del intelecto y un creador cuya audacia nacía de la geometría de la naturaleza y de una fe católica tradicional e inquebrantable.

P: Para entender su evolución, usted menciona que es clave el escenario social y político de su juventud. ¿Cómo afectó esto a sus años de formación?

C.A.: Gaudí nació y se crió entre la segunda y la tercera de las Guerras Carlistas. De hecho, tuvo que compaginar sus estudios con el servicio militar en la Armada de Infantería de Barcelona en 1874. Aunque unos problemas de salud impidieron que combatiera activamente en la Tercera Guerra Carlista, ese distanciamiento del frente le dio el margen necesario para graduarse en 1878. Durante esa etapa colaboró con maestros como Josep Fontseré i Mestres —en el diseño hidráulico de la cascada del parque de la Ciudadela para la Exposición Universal de 1888— y con Francisco de Paula del Villar, el primer arquitecto de la Sagrada Familia.

P: Existe una corriente que describe al joven Gaudí como alguien agnóstico o rebelde. ¿Qué base histórica tiene esto?

C.A.: Ninguna. A pesar de los intentos de sectores anticlericales por presentarlo así, las crónicas de sus allegados confirman que su sentido religioso estuvo presente desde la infancia, desmintiendo cualquier atisbo de anticlericalismo militante.

P: Si echáramos un vistazo a su biblioteca personal, ¿qué tipo de intelectual descubriríamos?

C.A.: Veríamos la biblioteca de un católico tradicionalista de su tiempo. En sus estanterías destacaban el Año cristiano, los Evangelios, El criterio de Jaime Balmes y los escritos de su amigo y mentor, el doctor Josep Torras i Bages, obispo de Vic. También guardaba con cariño obras de la Renaixença como Canigó y La Atlántida de Jacinto Verdaguer, y la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis.

P: ¿Hubo algún libro en particular que transformara su manera de entender la arquitectura?

C.A.: Sin duda, El año litúrgico de Dom Guéranger, el abate benedictino que restauró la abadía de Solesmes. A partir de esta lectura, Gaudí asumió que el arte decorativo y los espacios eclesiásticos debían someterse estrictamente a las necesidades de la liturgia. Esta convicción la maduró en sus conversaciones con el obispo Joan Baptista Grau mientras diseñaba el Palacio Episcopal de Astorga. Además, el pensamiento escolástico y tomista de Torras i Bages moldeó su estética, fundamentando su máxima de que “la belleza es el resplandor de la verdad". Para Gaudí, la originalidad no era una excentricidad mundana, sino su célebre premisa: "la originalidad consiste en regresar al origen”.

P: En el libro define la ejecución de sus obras como un apostolado en piedra. ¿Cómo se plasmaba este misticismo constructivo en sus proyectos?

C.A.: Toda su arquitectura pretendía ahuecar la piedra para dejar pasar la luz física como reflejo de la iluminación espiritual. Por ejemplo, en el Colegio de las Teresianas de Barcelona sembró la estructura de alusiones a santa Teresa de Jesús, dándole al edificio la apariencia de un castillo en referencia a su obra Las moradas, y coronándolo con almenas inspiradas en la birreta del doctorado eclesiástico. Incluso en sus viviendas, concebía las casas no como alardes burgueses, sino como pequeñas naciones consagradas al bienestar familiar, algo que ya plasmó en su juvenil Cuaderno de Reus.

Portada libro Gaudiana, César Alcalá
Portada libro Gaudiana, César Alcalá

P: Más allá de sus grandes obras, hay proyectos menos conocidos que muestran su búsqueda de un arte total. ¿Cuáles destacaría?

C.A.: Destacan los vitrales para la capilla de Vallgorguina, donde creó un san Miguel utilizando láminas de cristal superpuestas para lograr una vibración óptica variable con la luz del día, o la reforma de la Casa Castelldosrius, donde unificó forja, tapicería y ergonomía del mobiliario. Incluso diseñó una espectacular cabalgata místico-alegórica en Vallfogona de Riucorbe por el traslado de los restos del rector y poeta local, ensayando una auténtica performance visual en la vía pública con estandartes y carros engalanados.

P: Es imposible hablar de Gaudí sin mencionar su relación con los mecenas y su fe. ¿Cómo influyeron estas alianzas en sus hitos monumentales?

C.A.: Su sintonía con la alta burguesía y la Iglesia fue fundamental. El mecenazgo del conde Eusebio Güell dio pie a las bodegas Güell, los jardines Artigas y, por supuesto, al Park Güell, ideado bajo parámetros higienistas británicos para apartar a las clases pudientes del bullicio industrial. Por otro lado, su vínculo con la naturaleza y la fe se ve en el Primer Misterio de Gloria del Rosario Monumental de Montserrat. Allí excavó directamente la roca de la montaña para escenificar la Resurrección de Cristo, abriendo canalizaciones para que los rayos solares bañasen de luz la escultura que modeló junto a Josep Llimona.

P: También hay una faceta social muy llamativa y anónima en su trayectoria, ¿verdad?

C.A.: Así es. Gaudí colaboró de manera anónima en el diseño del jardín del manicomio de Sant Boi de Llobregat. Trabajó codo con codo con los enfermos mentales, enseñándoles técnicas rudimentarias de construcción con mosaico. Ese entorno prefiguró el salto hacia la complejidad geométrica de su etapa de madurez.

P: Sus últimas décadas de vida estuvieron marcadas por un giro radical hacia el ascetismo. ¿Cómo fue ese período final en la Sagrada Familia?

C.A.: Gaudí abandonó por completo la activa vida social de su juventud para volcarse en un ascetismo eremítico, habitando de forma casi espectral en el propio taller de la Sagrada Familia, que se convirtió en su absoluta obsesión. Modificó los planos iniciales aumentando los campanarios a doce por los apóstoles y reconfiguró el interior para acoger a un coro de tres mil cantores, movido por su devoción al canto gregoriano que interpretaba a diario en el Oratorio de San Felipe Neri bajo la guía del padre Agustí Mas. Cuando los tesoreros se preocupaban por las crisis económicas, él respondía con serenidad que san José disponía de innumerables recursos.

César Alcalá
César Alcalá

P: Su muerte en junio de 1926 fue un golpe trágico y casi irónico por las condiciones en las que ocurrió…

C.A.: Fue trágica. Fue arrollado por un tranvía en Barcelona y, al vestir ropas gastadas y no llevar documentos, fue inicialmente confundido con un mendigo desamparado. Fue la muestra final del despojo material absoluto en el que había decidido vivir voluntariamente. Publicaciones de la devoción josefina como El Propagador destacaron tras su muerte que el arquitecto de la luz pasaba finalmente a contemplar las verdades supremas que había inmortalizado en la tierra.

P: Para terminar, el libro reivindica el papel de ciertos investigadores para rescatar el verdadero legado de Gaudí. ¿Quiénes han sido clave en esto?

C.A.: Investigadores esenciales como el historiador Joan Bassegoda Nonell, desde la Real Cátedra Gaudí, fueron clave para rescatar su memoria del desprestigio satírico y del misticismo distorsionado. Gracias al rigor académico, se demostró que el uso de paraboloides hiperbólicos, conoides y columnas helicoidales no eran extravagancias modernistas, sino una honestidad constructiva rigurosa que optimizaba matemáticamente las cargas mecánicas inspirándose en la naturaleza. Obras como La verdadera historia de Gaudí de Mario Lacruz también demuestran el perenne magnetismo humano de un creador que transformó la materia inerte en un cántico de alabanza mística.