Existe un pacto de silencio muy extraño alrededor del olor a pies. Todos lo detectamos, lo sufrimos, pero nadie dice nada. Es como si el sentido del olfato hubiera dejado de tener derechos. Lo descubrí hace unos días, en el aeropuerto de Berlín.
Hacía casi cuarenta grados. De ese calor que convierte a cualquier ser humano en una croqueta recién salida de la freidora. Mientras esperábamos para embarcar vi a un señor plácidamente instalado en un sofá de la terminal. Descalzo. No medio descalzo. Descalzo del todo. Pinreles respirando libertad... y nosotros respirando otra cosa.
Al pasar por delante nos llegó el olor. No era un olor tímido. Era un olor con iniciativa. Y no se me ocurre otra cosa que pensar: "Pobre desgraciado el que tenga que sentarse al lado de este hombre durante tres horas."
Error. Hay pensamientos que el universo interpreta como una petición formal. Subimos al avión, encontré mi asiento, me acomodé y respiré tranquila. Hasta que vi avanzar por el pasillo una silueta conocida. Era él. El señor de los pies al aire. Venía caminando hacia mí con la seguridad de quien ignora que está protagonizando la peor pesadilla olfativa de otra persona.
Se sentó a mi lado. Al momento se quitó los zapatos, porque al parecer llevarlos puestos era solo una recomendación. Giré la cabeza y allí estaban otra vez los pies, tan cerca que empezaba a sentir que compartíamos empadronamiento.
Los que me conocen saben que tengo un filtro bastante regulinchi. Es decir, poco, bueno, casi ninguno, así que me salió del alma girarme hacia mi acompañante y preguntarle, en un tono que seguramente también escuchó el señor: "¿De verdad es necesario descalzarse en un vuelo de dos horas?"
Debió de oírme, porque, para mi sorpresa, volvió a calzarse. Durante unos segundos pensé que todavía había esperanza para la humanidad. Pero no. Aquello fue un simple descanso técnico. A los pocos minutos los zapatos volvieron a desaparecer y los pies recuperaron la libertad. Esta vez ya sin intención alguna de volver a prisión.
Yo ya había asumido el aroma cuando decidió añadir una segunda capa de complejidad a la experiencia. Sacó un vasito de “kikos” (maíz tostada). No sé quién fue el primero que pensó que los “kikos” eran un aperitivo para un avión, pero merece una conversación.
Entre el perfume de los pies y el inconfundible aroma de los “kikos”, aquello dejó de ser un vuelo de vuelta y se convirtió en una experiencia sensorial. Solo faltaba un queso azul y una anchoa para completar el maridaje.
La cosa es que las compañías aéreas vigilan con una precisión quirúrgica el tamaño de tu maleta, el peso de tu mochila y los cien mililitros de tu colonia, pero nadie controla los pies. Y quizá ya va siendo hora. No digo que haya que pedir un certificado de fragancia plantar antes de embarcar. Pero, igual que existe equipaje de mano, debería existir un concepto llamado convivencia de mano.
Porque una cosa es viajar juntos. Y otra muy distinta es que los pies del asiento de al lado lleguen al destino diez minutos antes que el avión. Pero he aprendido algo. Nunca pienses: "Espero que no me toque ese señor." El universo tiene un sentido del humor exquisito. Y un olfato francamente lamentable.