No sabemos cuánto dura la música

Hay noticias que no entran por los ojos. Entran por el pecho. Y se quedan ahí, ocupando el espacio exacto donde antes vivían la prisa, los “ya lo haré”, los “cuando pase esto”, los “mejor mañana”, los “no estoy segura”.

Lo de Adamuz es de esas noticias que te dejan sin aire. Una tragedia con demasiadas sillas vacías de golpe y demasiadas familias entrando en una noche que nadie pidió.

Y de pronto, sin pedir permiso, la vida se vuelve frágil de una manera aterradoramente sencilla: ahora estás, y en un momento ya no. No hay alarma. No hay aviso en el móvil. No hay un “¿estás segura de que quieres salir de esta pantalla?”. La vida no funciona con confirmaciones, funciona con segundos.

Desolación. Imagen creada por IA
photo_camera Desolación. Imagen creada por IA

A mí, lo que más me golpea de esta tragedia no es solo el dolor, que es inmenso, sino cómo te alcanza, aunque no sepas ni a quién abrazar. Es la sensación de que todos íbamos en ese tren, de alguna manera. Porque todos vivimos con billetes que no hemos leído del todo: damos por hecho el trayecto, el paisaje, la llegada. Como si el mundo estuviera obligado a respetar nuestro plan.

Y entonces, entre tanto horror, pasa algo raro y precioso: la humanidad se organiza sola. Manos que sostienen, que levantan, que tiran de otros hacia fuera. Gente que, por un momento, se olvida de sí misma y se acuerda del otro. En una tragedia, lo único que no descarrila del todo es la decencia.

Pero cuando baja el volumen de la urgencia y se queda el silencio… ahí es donde entra la pregunta que nadie quiere hacerse y, sin embargo, todos deberíamos dejar pasar por el salón como a un invitado incómodo:

¿Qué estamos posponiendo?

No hablo de hacer locuras, ni de vivir como si cada día fuera un anuncio de yogur. Hablo de lo más difícil: vivir sin aplazar lo importante por miedo. Porque el miedo es muy educado: no te grita. Te susurra. Te pone excusas bonitas. Te dice que esperes, que no es el momento, que podrías estropearlo, que mejor no mover nada, que la calma es esto. Y tú, para no romper nada, te conviertes en alguien que vive en “modo avión”. Con el corazón intentando conectar, pero sin datos.

Y lo peligroso del “ya lo haré” es que acaba en “luego” … y, a veces, en “nunca”.

Nos prometemos una llamada, una conversación, un abrazo sin prisa. Nos decimos “cuando esté más tranquila”, “cuando pase enero”, “cuando los niños…”, “cuando el trabajo…”, “cuando yo me vea capaz…”. Como si la vida te fuera a mandar un correo con asunto: Por fin es el momento perfecto. Y no. La vida, a veces, manda otra cosa.

Por eso hoy me sale escribir esto como quien deja una nota en la nevera. No una lección. Una nota. Algo sencillo:

Ríe. Canta. Baila. Di lo que sientes. Haz esa llamada. Pide perdón. Da las gracias. Atrévete a vivir sin borrador.

Porque la música no avisa cuando se corta.

Y no, no significa abandonar responsabilidades ni romperlo todo como quien tira platos para sentirse libre. Significa lo contrario: tomar en serio lo que somos, lo que sentimos, lo que necesitamos. Dejar de usar la prudencia como coartada cuando en realidad es miedo. Dejar de confundir “no hago daño” con “no hago nada”.

Hay decisiones que no son blancas o negras; son un gris que te acompaña a todas partes. Y ese gris pesa. Se cuela en la cena, en los domingos, en la mirada de la gente que te quiere, en la forma en que respiras. No porque el gris sea malo, sino porque vivir sin elegir te desgasta. Es como llevar una maleta siempre preparada sin salir nunca: acabas con la espalda rota y ninguna historia.

A veces, por querer proteger a todos, te quedas congelada. Por querer hacerlo perfecto, no lo haces. Por querer no fallar, te quedas en pausa. Y la pausa, cuando dura demasiado, no es paz: es ausencia.

No sé quién necesita leer esto hoy, pero lo dejo aquí por si te sirve:

  • La vida no premia a quien espera “el momento ideal”.
  • El amor no se sostiene solo con intención; se sostiene con pasos.
  • El miedo tiene mil argumentos, pero la verdad solo necesita uno: “no quiero seguir viviendo así”.

Y si te parece egoísta elegirte, recuerda que elegirte también es elegir mejor para los demás. Porque nadie recibe lo mejor de ti cuando tú llevas años viviendo a medias.

Hoy me quedo con un pensamiento muy simple, casi infantil, pero real: no sabemos cuánto va a durar la música. Así que, mientras suena, hagamos algo bonito con ella. Aunque sea pequeño, imperfecto. Aunque sea un primer paso que no se nota desde fuera pero te cambia por dentro.

Que no nos pille la vida con el alma sin estrenar.

Con cariño,
Alicia

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