San Valentín: ¿Quién ficha a este Cupido que nunca acierta?

Hay una cosa que me inquieta profundamente de San Valentín: que el amor, ese asunto delicado, íntimo y a ratos ridículo (como una misma buscando “normalidad” en WhatsApp), lo gestione un señor desnudo con alas.

Un bebé. Con arco. Sin formación reglada. Con cero responsabilidad civil.

Cupido, muy mono pero poco efectivo
photo_camera Cupido, muy mono pero poco efectivo

Y encima con una puntería que parece entrenada por Rodalies: tú sales con intención de llegar a “relación sana y adulta” y terminas en “situationship con horarios de fantasma” y un trauma leve que te dura hasta Semana Santa (y el Excel emocional lleno de columnas: “señales”, “humillaciones” y “¿por qué soy así?”).

Porque Cupido no empareja: Cupido subcontrata el caos. Y se va a merendar uvas, como si no acabara de dejarte la autoestima en “pendiente de actualización”.

San Valentín vende la idea de que el amor es una performance con objetivos trimestrales:

• si no tienes pareja, hay que “moverse” (como si fueras un VTC de tu propia vida)
• si tienes pareja, hay que “demostrar”
• si tu pareja no demuestra, hay que “interpretar”
• si interpretas, pierdes la dignidad y ganas una libreta con notas mentales: “me dijo ‘ok’ sin emoji, revisar estado civil”

Y ahí aparece él: Cupido, el RR. HH. de la afectividad. Te clava una flecha y te deja un post-it emocional:
“Tienes que enamorarte. Da igual de quién. Da igual cómo. Da igual si respira responsabilidad.”

Lo suyo no es el amor. Lo suyo es colocar parejas como quien coloca pisos en Idealista: “luminoso, centrado y con posibilidad de futuro” (futuro no especificado: puede ser terapia, mediación familiar o un grupo de running para superar rupturas).

A ver, Cupido, cariño: igual el arco era moderno en la Antigua Roma, pero hoy tenemos Google Calendar y aun así seguimos quedando con gente que dice “vamos viendo”, que es una frase que debería venir con casco y rodilleras… y un consentimiento informado.

Cupido no te pregunta:
• ¿te cuida?
• ¿te escucha?
• ¿te hace sentir segura?
• ¿puedes ser tú sin actuar como si estuvieras en un casting?

No.
Cupido lanza y listo. (Y luego se va tan tranquilo, como quien deja una tostada en la mesa y un incendio emocional en tu salón.

Es el algoritmo menos refinado de la historia: un “match” a base de proyectiles.
Y luego nos extraña que el mundo esté lleno de personas brillantes llorando en un baño por alguien que escribe “jajaja” cuando les cuentas algo serio. “Jajaja” es el sonido exacto de una puerta cerrándose. Por dentro. Con pestillo.

San Valentín no celebra el amor: celebra la culpa, porque la culpa es muy rentable. La culpa mueve restaurantes, bombones, floristerías y stories con música de violín. La culpa te hace comprar cosas como si el afecto necesitara ticket de compra (y derecho de devolución si no se porta bien, con la etiqueta puesta y el orgullo sin usar).

Y ojo, no es que una cena esté mal. Está fenomenal. Lo que está mal es el mensaje subliminal: “Si no haces algo especial, no me quieres.”

Perdona, ¿y el resto del año qué?
¿Un simulacro?
¿Un tráiler?

Yo quiero un amor que se note el 14 de febrero y el 14 de mayo. Y el 14 de noviembre. Y el martes tonto en que te baja la regla y te apetece acabar con la humanidad. También ahí. Sobre todo ahí. Ahí es cuando el amor se pone serio: no con rosas, con paciencia. Con “te traigo una pizza y no hablo”. Con “hoy no solucionamos nada, hoy sobrevivimos”.

San Valentín tiene un efecto secundario peligrosísimo: convierte la vida en vitrina, de repente todo el mundo compite:

• por el ramo más grande (que no sea ramo, que sea bosque)
• por la escapada más “romántica”
• por el restaurante con más velas por metro cuadrado (en algunos sitios ya no cenan: hacen espiritismo)
• por la foto más “espontánea” (tomada en 34 intentos y con una discusión previa sobre el ángulo: “es que ahí se me ve la oreja triste”)

Y tú, si estás sola, te comes Instagram como quien se traga un catálogo de IKEA, pero de emociones: todo parece fácil, bonito, combinado… y luego llegas a casa y no sabes ni montar la mesita (ni la autoestima, ya que estamos).

Yo propongo un San Valentín alternativo, más realista, menos flechazo y más mantenimiento.
Un San Valentín donde se regalen cosas útiles:

• un “¿cómo estás de verdad?”
• un “lo siento” sin excusas
• un “te escucho” sin móvil (sí, con las manos quietas y sin mirar notificaciones como si fueran sirenas)
• un “me hago cargo”
• un “no te voy a castigar con silencio”

Y para las que están solas, un homenaje: porque sobrevivir al mundo emocional sin pareja también requiere épica cotidiana. De hecho, hay que tener mucha autoestima para no caer en el pánico colectivo del “se me pasa el arroz” cuando el arroz, sinceramente, lo que necesita es una buena paella y menos ansiedad. Y cero gentes que te diga “ya te llegará” como si el amor fuera un paquete de Amazon perdido en reparto.

Cupido debería retirarse ya.
No porque el amor no exista, sino porque el amor no es un tiro.

El amor es más bien un acuerdo:
“Yo te cuido, tú me cuidas, y si un día no podemos, lo decimos sin montar una ópera”. Y sin montar un tribunal. Y sin hacer un “visto” que dure 14 horas como si fuera una estrategia militar.

Así que este 14 de febrero, si te apetece celebrar, celebra.
Y si no, también.
Pero no dejes que un querubín con arco te diga cómo medir tu valía.

P. D.: Si tú, hombre, estás leyendo esto pensando “ya, ya, qué graciosa, pero yo paso de San Valentín”… te traduzco el informe del querubín: tu pareja quiere flores. O algo equivalente a flores: sorpresa, detalle, plan, cara de “hoy te he pensado” y cero excusas creativas tipo “pero si te quiero todo el año”. Sí, todo el año, pero el 14, por decreto del BOE alado, toca recordatorio premium. Y si no quieres ramo, vale: hazla sentir especial… aunque sea con un “he reservado yo” y sin preguntarle “¿dónde cenamos?” como si eso fuera una gincana.

Y ahora disculpad: voy a ponerme algo rojo, por si Cupido está haciendo auditorías.