Llegar o NO llegar: Rodalies decide

Hay países que tienen trenes bala, otros, tienen trenes que llegan, y luego estamos nosotros, que tenemos Rodalies: un concepto filosófico con vagones.

Llegará el tren o no llegará
photo_camera Llegará el tren o no llegará

Porque hay que saber que Rodalies no es un servicio de transporte. Rodalies es una experiencia inmersiva, un masterclass de resignación con megafonía.

Y lo más maravilloso es que nunca sabes qué versión de ti vas a ser hoy: la paciente, la furiosa, la que se ríe por no llorar, o la que ya viene llorada de casa por ir ahorrando tiempo.

Hay gente que colecciona sellos, y luego gente como, yo que colecciona pantallazos del “retraso de 10 minutos”. Porque ese “10 minutos” es la unidad de medida más creativa de la administración pública: puede significar 10, 20, 45, o “ya si eso”.

Es algo precioso: te dicen “10 minutos” con el mismo tono con el que tu ex te decía “es solo una amiga”. Tú quieres creer, pero tu cuerpo ya está en modo supervivencia.

Y no falla: cuando por fin llega el tren, llega con la energía del que aparece en una fiesta tres horas tarde y encima se ofende si no le hacen la ola.

En Catalunya hay una generación de universitarios que está sacándose una doble titulación: Grado en lo que sea y Máster en logística imprevisible.

Porque tú puedes estudiar Derecho, Psicología o Ingeniería Aeroespacial, pero ningún temario te prepara para la asignatura troncal de Rodalies: “Planificación del futuro con variables salvajes”.

Mi hijo sale de casa a una hora prudente y yo, como madre moderna, intento hacer un acto de fe y confiar en el sistema. Cinco minutos después, ya estoy mirando el móvil como si fuera controladora aérea de El Prat:

— ¿Dónde estás?

— En el tren.

— ¿En qué parte?

— No lo sé. Hemos parado. Creo que… estamos contemplando el paisaje. (Nótese la pausa dramática).

Y ahí te das cuenta de que Rodalies ha conseguido lo imposible: que una madre se pregunte si la universidad debería convalidar créditos por llegar.

Y qué decir de la megafonía de Rodalies:  esa poesía contemporánea, esos juglares 2.0 que anuncian cosas sin decir nada.

“Por causas ajenas a la compañía…”
¿Ajenas? ¿A quién? ¿A la gravedad? ¿Al concepto de vía?

“Estamos trabajando para restablecer el servicio…”
Traducción: “No sabemos, pero manteneos con esperanza, como cuando te dicen que ya te llamarán”.

Y el clásico:
“Disculpen las molestias.”
No son molestias. Son vidas, horas, exámenes. Son turnos, niños que esperan, personas que llegan tarde al trabajo y encima tienen que justificarlo como si hubieran elegido teletransportarse mal.

Podríamos estar haciendo chistes eternamente, porque Rodalies lo pone fácil. Pero la risa, si lo piensas bien, es un mecanismo de defensa. Un paraguas pequeño para una tormenta grande.

Porque esto no va de un día malo, va de la rutina del desastre. De que se haya normalizado que un servicio esencial funcione como si fuera una tómbola.

Y mientras tanto, la gente se organiza como puede: se levanta antes, cambia rutas, se resigna, se enfada, se ríe, se calla… y paga.

Paga con dinero, sí. Pero sobre todo paga con tiempo. Y el tiempo no se devuelve. El tiempo no tiene reembolso. El tiempo no se ·restablece.

La movilidad no es un capricho. Es un derecho. Es la columna vertebral de la vida cotidiana. No se puede estudiar, trabajar, cuidar, llegar y vivir, si moverse depende de la suerte.

Y aquí, queridos, está la denuncia:

No pedimos milagros, pedimos un tren que haga de tren.

Pedimos que “llegar” no sea un deporte de riesgo, ni un juego de azar.

Porque cuando un servicio público falla así, no solo falla un tren. Falla una idea: la de que lo básico está garantizado.

Y si lo básico no está garantizado… ¿qué estamos haciendo exactamente?

Además de esperar en un andén, mirando un panel que te miente con educación, claro.