El supermercado político

El supermercado de la política

Entrar hoy en el supermercado de la política es como ir a comprar un lunes por la tarde. Sabes que necesitas llenar la nevera, pero nada de lo que ves te convence. Vas con el carrito, con buena intención, incluso con hambre, pero los pasillos no ayudan.

En la primera estantería están los productos de marca de siempre (PSOE y PP), esos que llevan décadas en el mismo lugar. El envase es el mismo, la receta es la misma y la publicidad también. Son como esas latas de fabada que llevan tanto tiempo en la balda que ya parecen parte del mobiliario.

No están del todo caducadas, pero la fecha de consumo preferente ya pasó hace un tiempo. Los ingredientes son los de siempre, el sabor también, y por mucho que cambien el eslogan, el consumidor ya sabe que no le van a sorprender. Alimentan poco y pesan mucho.

Unos metros más allá aparece la sección de productos "populares-novedosos" (VOX), esos que prometen frescura, energía y un golpe de sabor inmediato. El envase es llamativo, casi fluorescente, y te grita desde la estantería: “¡Pruébame, soy lo que esperabas!”.

Pero cuando lees la etiqueta con calma, descubres que es pan para hoy y hambre para mañana. Mucho envoltorio, mucho color, pero por dentro… bueno, por dentro parece que lo fresco es solo una “fachada”. Son esos productos que compras una vez por curiosidad y luego recuerdas por qué no quieres repetir.

En la esquina del fondo está la sección de productos cooperativos (SUMAR e inventos varios), esas mezclas que prometen unir lo mejor de varios ingredientes para crear algo nuevo, nutritivo y diferente. La teoría es maravillosa: “lo mejor de cada casa”, “receta mejorada”, “fusión gourmet”.

El problema es que nunca llegan a la nevera del consumidor. Siempre están “a punto de salir”, “a punto de consolidarse”, “a punto de convertirse en el producto estrella”, pero ese momento nunca llega. Hay mucho ruido en el pasillo, muchas degustaciones, pero al final hay pocas nueces.

Y así uno avanza por el supermercado, carrito en mano, con la esperanza de encontrar ese producto estrella que te haga decir: “¡Por fin algo que merece la pena!”. Ese artículo que revolucione el mercado, que ilusione y te haga sentir que vas a comer mejor, vivir mejor y dejar de improvisar cenas con lo que queda en el fondo del congelador.

Pero hoy, en este supermercado político, no hay nada que destaque. Nada que haga cola en la caja. Nada que llene el carrito con convicción.

Solo consumidores dando vueltas, leyendo etiquetas, comparando precios y pensando: “A ver si la semana que viene traen algo nuevo”.

Mientras tanto, seguimos empujando el carrito, soñando con el día en que aparezca un producto que no solo se venda bien, sino que realmente alimente.