EDITORIAL: Cataluña no merece ser rehén de una equivocada estrategia de ERC

Cataluña necesita presupuestos. No es una cuestión partidista ni un simple trámite parlamentario: se trata de dotar a la Generalitat de las herramientas necesarias para gobernar, planificar inversiones y dar estabilidad institucional. Por eso resulta significativo que una amplia mayoría de catalanes, según la última encuesta de GESOP, considere muy importante que se aprueben las cuentas de 2026. Incluso entre los votantes de Esquerra Republicana el apoyo a que salgan adelante supera con claridad el 70%. La sociedad catalana parece tener claro lo que necesita.

Sin embargo, la estrategia política de ERC discurre por un camino distinto. Los republicanos han optado por bloquear inicialmente los presupuestos del Govern de Salvador Illa para forzar concesiones políticas, especialmente en torno a la gestión del IRPF por parte de la Generalitat. Forma parte de la lógica de la negociación parlamentaria, pero cuando esa estrategia se convierte en un pulso permanente que pone en riesgo la estabilidad institucional, la línea entre negociar y chantajear se vuelve peligrosamente fina.

Cataluña no puede permitirse que sus presupuestos se utilicen como moneda de presión en una disputa política que responde más a cálculos de partido que al interés general. Una Comunidad Autonómica que aspira a la estabilidad económica y a la credibilidad institucional no puede vivir permanentemente bajo la amenaza de que sus cuentas públicas queden bloqueadas hasta que una formación decida que el precio político ya es suficiente.

La paradoja es evidente: mientras la dirección de ERC mantiene el veto para aumentar su capacidad negociadora, la mayoría de sus propios votantes considera que el partido debería facilitar la aprobación de los presupuestos. Es una señal clara de que la ciudadanía distingue entre la legítima negociación política y la utilización de las instituciones como instrumento de presión.

Los presupuestos son una herramienta para gobernar, no un arma para condicionar al adversario. Cataluña necesita acuerdos, responsabilidad y altura política. Y, sobre todo, no merece convertirse en rehén de tácticas partidistas.