Ahí comienza el territorio ambiguo —y peligrosamente cómodo— de la información desde la desinformación.
Los telediarios, o telenoticias —porque cada vez narran más de lo que muestran— no suelen inventar hechos. Su poder es más sutil y, por eso mismo, más eficaz: eligen. Eligen el plano, la voz, el tono… y, sobre todo, el tiempo. Porque en televisión, como en la vida, quien habla más tiempo parece tener más razón. Y quien apenas aparece, parece una nota a pie de página de la historia.
El ejemplo es revelador. Ante un acontecimiento de enorme carga política y emocional —como el apresamiento de Nicolás Maduro o el anuncio de su caída—, un medio público, TVE, dedica más de cinco minutos a voces disidentes: manifestaciones, consignas, indignación reconocible en Canarias, País Vasco, Catalunya. Planos largos. Testimonios completos. Contexto, gravedad, insistencia.
Cinco minutos densos. Cinco minutos pedagógicos. Cinco minutos orientadores.
Luego llega la otra cara. El júbilo. Los venezolanos que celebran, que hablan de alivio, de esperanza, incluso de libertad. El tiempo concedido: un minuto. Breve. Fragmentado. Sin desarrollo. Como si la alegría necesitara pedir permiso para existir.
Cinco minutos de indignación frente a un minuto de esperanza.
No se silencia del todo —eso sería demasiado evidente—, pero se minimiza. Se comprime. Se relativiza mediante el reloj. El mensaje ya no está en las palabras, sino en la proporción.
Aquí la ironía es afilada: no se miente ni una sola vez. No se falsea ningún testimonio. Simplemente se jerarquiza la realidad. Y cuando una emoción ocupa cinco veces más espacio que otra, el espectador no decide: asiente.
Este es el punto donde la información deja de buscar ciudadanos y empieza a cultivar seguidores. Se informa “para los nuestros”. Para el público afín. Para la audiencia ideológicamente segura. Los demás —los escépticos, los incómodos, los no alineados— quedan fuera del encuadre. No porque no existan, sino porque no interesan.
La antítesis se vuelve estructural: ciudadanos frente a fieles. El ciudadano pregunta, duda, compara. El fiel reconoce el relato, lo comparte y se tranquiliza. El poder —político, económico o cultural— siempre prefiere al segundo. El primero es imprevisible. El segundo es rentable.
Así, la opinión pública deja de ser pública. Se fragmenta en burbujas morales donde todos piensan parecido y nadie escucha al vecino. No hay debate, hay monólogos paralelos. No hay contraste, hay eco. Y sin contraste, el pensamiento crítico se atrofia, como un músculo que nunca se usa.
¿Se puede crear un verdadero estado crítico de opinión con estas premisas? Difícilmente. Porque el pensamiento crítico nace del roce, del desacuerdo, de la exposición a ideas que nos incomodan. Justo lo que estos relatos evitan con esmero. No interesa un ciudadano que dude, sino uno que reafirme. No interesa una audiencia que cuestione, sino una que consuma y repita.
Medios públicos, financiados por todos, - TVE recibe 530 millones de euros de los presupuestos del estado- actuando como si la imparcialidad consistiera en elegir el ángulo “responsable” y administrar el tiempo como si fuera una herramienta ideológica. En nombre del rigor, se editorializa sin editorial. En nombre de la neutralidad, se toma partido sin confesarlo.
Informar no es guiar la mirada, sino abrirla. No es formar fieles, sino ciudadanos. Todo lo demás —aunque tenga buena dicción, plató elegante y conciencia tranquila— no es periodismo. Es desinformación.
La desinformación moderna ya no necesita falsedades. Le bastan ausencias, desigualdades temporales y públicos dóciles, sin olvidar que el silencio también gobierna.