Opinión

Pedro Sánchez: ¿ maquiavélico o, simplemente, político ?

Maquiavelo escribió sobre el poder en una época de puñales y traiciones abiertas, pero sus ideas siguen apareciendo, cada vez que observamos la política actual con un poco de distancia. Basta mirar la trayectoria de Pedro Sánchez para que surja la pregunta: ¿estamos ante un líder especialmente maquiavélico o, sencillamente, ante un político que ha aprendido a sobrevivir para conservar el poder?

Pedro Sänchez bla bla bla bla
photo_camera Pedro Sänchez bla bla bla bla

Gobernar España en los últimos años no ha sido un ejercicio de comodidad. Sánchez ha tenido que hacerlo con mayorías frágiles, una oposición no muy combativa y un país profundamente dividido,- a lo que él ha contribuido de forma feaciente-. En ese contexto, intentar agradar a todos no solo es imposible, sino peligroso. Maquiavelo ya advertía de ello: si un gobernante no puede ser querido por todos, al menos debe evitar ser odiado por una mayoría organizada. Sánchez parece haber asumido que ese equilibrio ya no es alcanzable. En lugar de buscar consensos amplios, ha optado por consolidar su propio bloque, incluso al precio de aumentar el rechazo del contrario.

La polarización se convierte así en una herramienta política. Cuanto más intensos son los ataques desde fuera, más fuerte se siente la cohesión interna. El tono duro frente a sus adversarios y a determinados medios no pretende convencer al rival, sino reforzar la idea de que hay un “nosotros” que debe protegerse de un “ellos” amenazante. La paradoja es evidente: un líder que se presenta como garante de la estabilidad necesita, para mantenerse, un clima constante de confrontación. El miedo no se elimina; se gestiona.

En este escenario, el control del relato resulta clave. Maquiavelo sostenía que en política importa más lo que se aparenta que lo que realmente se es. Sánchez ha construido una imagen de resistencia personal: el líder que aguanta, que no se rinde y que se presenta como freno ante la ultraderecha. Ese relato permite justificar decisiones polémicas o pactos difíciles como males necesarios. No se trata solo de gobernar, sino de resistir y explicar cada paso como parte de una lucha mayor. La comunicación desde el Gobierno, muy centralizada, responde a esa lógica: no basta con actuar, hay que contar bien “su”  historia.

El ámbito donde esta forma de ejercer el poder se ve con mayor claridad es el de los pactos. La llegada de Sánchez al Gobierno mediante la moción de censura de 2018 y su permanencia gracias a acuerdos con fuerzas muy distintas muestran una idea sencilla: para gobernar hay que sumar, aunque sea con aliados incómodos. Para unos, esto es pragmatismo y sentido de Estado; para otros, una prueba de que el fin justifica los medios. La discusión no es nueva. Maquiavelo ya sabía que el poder se conserva o se pierde, y que los debates morales suelen llegar cuando la batalla ya ha terminado.

En las democracias modernas, los adversarios no se eliminan por la fuerza, pero sí se les limita el espacio. El control de instituciones, las mayorías parlamentarias y la forma de presentar a la oposición como una amenaza para derechos o convivencia forman parte de esa lucha. No se destruye al rival; se debilita su legitimidad. Es una forma de combate menos visible, pero igual de efectiva.

Por eso el adjetivo “maquiavélico” se usa tanto para hablar de Pedro Sánchez. Sirve para criticar sus maniobras, pero también para explicar su sorprendente capacidad de resistencia política. Tal vez la pregunta esté mal planteada. Quizá Sánchez no sea ni un genio maquiavélico ni un villano excepcional. Tal vez sea, simplemente, un político que ha entendido cómo funciona el poder en tiempos de polarización extrema. Y eso, más que una anomalía, dice mucho del momento político que vivimos.