Sánchez, hipocresía y resistencia

Pedro Sánchez en el Congreso, algo cada vez más inusual.

Se cumple el octavo aniversario de una fecha que marcó un antes y un después en la historia democrática de España, la primera moción de censura exitosa de nuestra democracia que aupó a Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno, prometiendo un horizonte de higiene institucional y regeneración democrática. Sin embargo, al echar la vista atrás, la dura realidad a la que nos tenemos que enfrentar cada mañana al levantarnos es la que nos plantea un proyecto político que nació bajo el pretexto de la decencia y que, ocho años después, se encuentra sumido en una parálisis legislativa y, lo que es peor, que adolece de los mismos fantasmas que pretendía erradicar.

Lo que en principio se presentó como un instrumento constitucional para devolver la confianza a la ciudadanía ha terminado convirtiéndose en una obsesión por la mera ocupación del poder, dejando por el camino una estela de contradicciones y una alargada sombra judicial que hoy se proyecta con especial crudeza sobre la figura de José Luis Ábalos.

Y es que cabe recordar que el portavoz del grupo socialista en dicho debate fue Ábalos, no Margarita Robles, entonces portavoz oficial de las filas sanchistas en el Congreso. Aquella intervención catapultó a Ábalos como gran referente “ideológico” del PSOE como cargo de confianza máximo de Sánchez.

La moción fue una reacción a un caso de corrupción del PP (Gürtel) y quien se convirtió en la voz del socialismo parlamentario y de su propuesta regeneradora es hoy una piltrafa de la que reniegan los suyos propios (aunque lo han aplaudido y defendido hasta que fue imposible).

“La génesis del mandato de Sánchez está indisolublemente ligada a una ambigüedad calculada”

La moción de censura de 2018 planteada por Sánchez y Ábalos se justificó como una respuesta urgente a la crisis institucional provocada por la sentencia del caso Gürtel. No obstante, el espíritu de aquella operación, que muchos interpretaron como un paso instrumental para convocar elecciones de inmediato y devolver la palabra a los españoles, se disipó rápidamente.

En lugar de buscar una validación democrática directa en las urnas tras desalojar a Mariano Rajoy, Sánchez optó por instalarse en la Moncloa mediante una amalgama de apoyos parlamentarios que, con el tiempo, se conocería como la “mayoría de la investidura” o “el gobierno Frankenstein”. Esta decisión inicial marcó el carácter de su gestión: una voluntad inquebrantable de permanecer en el cargo a pesar de no contar siempre con un respaldo mayoritario claro en las urnas. Habiendo incluso perdido las últimas elecciones generales. Y traicionando su propia palabra siempre que haga falta.

Esta adicción al poder, desconectada a menudo de un proyecto de país coherente, ha llevado a España a una situación de bloqueo crónico. Gobernar, en el sentido más estricto de la palabra, implica algo más que sobrevivir a votaciones agónicas en el Congreso. Requiere un respaldo social sólido y un plan legislativo que trascienda los intereses de supervivencia personal. La gestión de Sánchez se ha caracterizado por lo contrario: una aritmética parlamentaria perjudicial que ha convertido la gobernabilidad en un ejercicio de funambulismo permanente.

La prueba más evidente de esta incapacidad para liderar es la parálisis presupuestaria. Resulta alarmante que, en ocho años de mandato, solo se hayan logrado aprobar tres presupuestos generales, permaneciendo vigentes las cuentas de 2023 como las más longevas de la historia reciente debido a la imposibilidad de cerrar nuevos apoyos. Esta carencia de presupuestos no es solo un fallo administrativo, sino la confesión de un Gobierno que ya no gobierna, sino que simplemente resiste.

Sin embargo, el golpe más demoledor a la narrativa de “regeneración” de Sánchez proviene precisamente del colapso moral de su círculo más íntimo. José Luis Ábalos, escudero de la moral sanchista y responsable, desde la tribuna del Congreso, de palabras llenas de supuesta dignidad, es hoy el símbolo del fracaso de aquel discurso.

“Los españoles no podemos tolerar la corrupción ni la indecencia”

Es imposible no sentir un escalofrío al recordar a Ábalos sentenciando que “los españoles no podemos tolerar la corrupción ni la indecencia”. Sencillamente porque Ábalos está en la cárcel por delitos de organización criminal, cohecho y malversación. Sánchez confió en él al 100%, otorgándole un poder casi absoluto como número tres del PSOE y ministro clave, para que ahora la realidad supere a la ficción y el paladín de la moción sea un presidiario acusado de lucrarse durante los momentos más oscuros de la pandemia.

Este aniversario silencioso, que el Partido Socialista ha preferido no celebrar, pone de manifiesto que el bumerán de la corrupción ha regresado con una fuerza devastadora. La imagen de Ábalos defendiendo la decencia es hoy una caricatura cruel que invalida el origen mismo del poder de Sánchez. Y es que no se trata solo de un excolaborador en apuros, sino que el cerco judicial se ha extendido al actual número tres del partido, Santos Cerdán y al entorno familiar más cercano del presidente, con investigaciones abiertas contra su esposa y su hermano. El relato de la superioridad moral se ha desmoronado ante una acumulación de escándalos que en cualquier otra democracia europea habrían provocado una dimisión inmediata. En lugar de ello, Sánchez ha adoptado una narrativa populista de resistencia, azuzando la idea de conspiraciones externas para mantenerse en el cargo a toda costa.

Al final de estos ocho años, el balance es de pura hipocresía y absurda resistencia. España se encuentra en una encrucijada donde la precariedad laboral lidera los índices europeos y la crisis de la vivienda amenaza la cohesión social, mientras el Ejecutivo invierte todo su tiempo y energía en defenderse jurídicamente. La falta de un proyecto real y la dependencia de socios que ya dan la legislatura por terminada, como Junts o el PNV, dibujan el final de un ciclo que comenzó con una promesa de luz y termina en una sombra espesa.

Pedro Sánchez, el presidente que se aupó al poder para limpiar la vida pública, preside hoy un Gobierno que es incapaz de celebrar su propio origen porque la misma persona que le entregó las llaves de la Moncloa duerme hoy en una celda. La moción de censura, que debió ser un instrumento de higiene, fue el inicio de una etapa marcada por la insultante falta de escrúpulos y la erosión institucional. La historia juzgará estos ocho años no por los logros sociales que el marketing gubernamental intenta publicitar, sino como el periodo en el que la ambición de poder sacrificó una prometida regeneración de la política.