La historia de las cuevas de Granollers podemos decir que la es la una diáspora. Al finalizar la guerra civil, el hambre y la miseria se adueñaron del país. Almería era una zona con una larga tradición de viviendas trogloditas como las Cuevas de Alzamora, las de Vera o las de Bejar, que se volvieron invisibles debido a la parálisis económica y a la represión.
El efecto llamada hizo que el cinturón industrial de Barcelona produjera un efecto llamada para miles de andaluces, murcianos y extremeños hacia el Valles Oriental. Cuando llegaban a Granollers el sueño se topaba con la realidad no habían casas para dar cobijo a tantas personas. Granollers no tenía capacidad para absorber tanto flujo migratorio. En momentos de necesidad se agudiza el ingenio. Si en sus pueblos de origen se vivía en cuevas, porque no hacer lo mismo en Granollers.
Las que se conocen como Cuevas de la vía se concentraron en los desniveles que hay flanquean los barrios de San Miquel y Can Bassa. Eran habitáculos excavados a mano, aprovechando la consistencia del terreno arcillos. Aquellos que las habitaron recuerdan espacios mínimos, a menudo era una única estancia que servía para cocinar, comer y dormir. Allí se concentraban familias numerosas.
La falta de ventilación se suplía con la puerta de entrara, que era el único sitio por donde entraba el aire y la luz. Evidentemente no había ni agua corriente no electricidad. El agua se iba a buscar a las fuentes públicas o a las fábricas cercanas. En Can Bassa, aprovechando los desniveles del terreno y los taludes que generaba el paso de la antigua vía del tren y el propio terreno arcilloso de la zona se construyeron estaba cuevas. El paso del tren, a escasos metros por encima de ellas era como un metrónomo que marcaba sus vidas. Una vibración constante que les recordaba su situación. Y en especia los días de lluvia, cuando el miedo al desprendimiento del talud era constante.
Cuando en los años 50 se decidió desplazar la vía hacia e leste para evitar que el tren partiera la ciudad en dos, el peligro disminuyo. Sin embargo, aun tendrían que pasar años para que esas cuevas desparecieran. En los años 70, con el auge del desarrollo urbano y la presión social, se empezaron a construir los primeros bloques de pisos de protección oficial en Can Bassa, en los terrenos que antiguamente había ocupado RENFE. Las familias que vivían en las cuevas y en las barracas de la zona fueron trasladadas paulatinamente a estos nuevos edificios, lo que dio origen a la fisonomía actual del barrio.
A pesar de la precariedad extrema, en las cuevas se tejió una red de solidaridad. Los recién llegados eran acogidos por paisanos que ya conocían el oficio de excavar. Se compartían alimentos, cuidados y, sobre todo, la información sobre dónde encontrar trabajo en la industria textil o en la construcción. Para la sociedad local y las autoridades estas viviendas eran una mancha que debía ocultarse. El contraste ente el Granollers industrial, que quería ser moderno, y el barraquismo de las cuevas aceleró los planes de intervención urbana.
A finales de la década de 1950, el crecimiento de la ciudad y la presión por limpiar los accesos ferroviarios, llevaron a la desaparición progresiva de las cuevas. La solución llegó con la creación de los polígonos de viviendas de protección oficial. Muchos de ellos fueron realojados, como hemos dicho, en Can Bassa, pero también en los recién construidos Grupos de san Miquel. Unos pisos que, aunque humildes, ofrecían por primera vez las comodidades del agua corriente y la luz eléctrica.
Este proceso de transición no estuvo exento de dificultades. Para muchas familias, pasar de la cueva al piso significo entrar en el sistema de alquileres y deuda, pero también supuso el fin de una etapa de supervivencia extrema. Las cuevas fueron tapidas y los taludes reforzados con muros que hoy esconden las entradas a aquellos refugios.
Actualmente el paisaje de Granollers ha cambiado radicalmente. La vía del tren fue trasladada y ya no atraviesa la calle Girona, ni la estación está en la Plaza Barangé. La línea se desplazó unos cuantos metros más arriba, por encima del Parque Central. Por donde estaban las antiguas cuevas hoy tenemos la linea R2. Recordarlas es un acto de justicia histórica. La prosperidad y el crecimiento de Granollers se cimentó gracias al sacrificio de aquellos que no tuvieron más remedio que excavar su hogar en una cueva.
Aquellas familias, con su trabajo en las fábricas textiles y su integración en la cultura local, son una pieza indispensable del lo que hoy es la ciudad. Cuando uno atraviesa Granollers en tren debería recordar que, por allí hubo chimeneas, familias y sueños que e abrieron paso en la oscuridad de una época en blanco y negro y que, gracias a su esfuerzo su futuro fue en color.