La Muerte del Dictador

Han pasado seis días, y todavía me cuesta escribir estas líneas con pulso firme. Como iraní, como hijo de una civilización de tres milenios secuestrada por turbantes y fusiles, sigo sin poder asimilar del todo que el sanguinario dictador que desde el 4 de junio de 1989 gobernaba mi patria ya no respira. Khamenei ha muerto. Y con él debería morir también la hipocresía de esa clase política occidental que durante décadas lo miró con condescendencia diplomática, cuando no con abierta complicidad.

Manifestantes ante un edificio gubernamental en EEUU
photo_camera Manifestantes ante un edificio gubernamental en EEUU

Yo tenía apenas seis años cuando este carnicero tomó las riendas del poder, sucediendo a otro agitador y asesino, el ayatolá Jomeini, arquitecto del mayor retroceso civilizatorio que haya sufrido pueblo alguno en el siglo XX. La guerra contra Irak había terminado hacía apenas un año, y el país, destrozado, desangrado, no sabía que salía de una oscuridad para adentrarse en una galaxia de terror aún más densa, aún más opresiva.

Khamenei no fue solo un tirano: fue un ingeniero del horror. Con la complicidad de toda la izquierda islámica y la derecha islámica —esas dos caras de una misma moneda teocrática—, institucionalizó la represión, perfeccionó el saqueo económico y convirtió el Estado en una maquinaria de exterminio ideológico. Es cierto que desde la revolución de 1979 ya corrían la sangre y las ejecuciones por las calles de Teherán. Pero fue la guerra contra Irak la que desvió la atención del mundo, permitiendo que el régimen consolidara su monstruosidad en la sombra.

Y, cuando la guerra terminó, Khamenei emergió con el instinto del matón de barrio pobre que siempre fue: eliminando a cualquiera que se atreviese a pensar distinto, hombre o mujer, poeta o sindicalista, estudiante o periodista. No es casualidad que entre 1997 y 1998, en lo que se conoce como los "asesinatos en cadena", escritores e intelectuales iraníes aparecieran muertos de forma sistemática, víctimas de un Estado que teme la pluma más que a los ejércitos.

Alí Jameini, el ayatohall iraní caido en uno de los ataques del sábado
Alí Jameini, el ayatohall iraní caido en uno de los ataques del sábado pasado

Pero eso no fue más que un ejemplo entre incontables masacres. El pueblo iraní se rebeló una y otra vez: en mayo de 1992, en agosto de 1994, en abril de 1995, en julio de 1999, en junio de 2009, en diciembre de 2017, en agosto de 2018, en noviembre de 2019, en julio de 2021, en septiembre de 2022 —cuando el asesinato de Mahsa Amini encendió el mundo—, y en el alzamiento definitivo de enero de 2026, que dejó más de 80.000 mártires. Ochenta mil iraníes masacrados por un régimen al que la diplomacia europea seguía llamando "interlocutor válido". La hipocresía tiene nombre y apellidos, y muchos de ellos figuran en las cancillerías del Viejo Continente.

Porque hay que decirlo sin ambages: una parte sustancial de la clase política occidental es cómplice moral del régimen de los ayatolás. Mientras el pueblo iraní moría en las calles, mientras las mujeres eran lapidadas y los homosexuales colgados de grúas en plazas públicas, los líderes europeos negociaban contratos de gas, se fotografiaban en Ginebra con sonrisas de tecnócrata y vendían el acuerdo nuclear como un triunfo de la razón diplomática. La "realpolitik" europea no es sofisticación intelectual: es cobardía revestida de traje sastre. Es el mismo instinto que en los años treinta llevó a ciertos líderes a creer que podían hacer negocios con Hitler.

Y en ese panorama de claudicación europea brilla con luz propia la figura de Donald Trump, quien tuvo el coraje político que otros no tuvieron: retirar a Estados Unidos del nefasto acuerdo nuclear de Obama, reimplantar sanciones contundentes y llamar al régimen iraní por su nombre: terroristas, criminales, enemigos de la civilización. Trump entendió algo que la élite globalista se niega a admitir: que con los asesinos no se negocia, se les derrota. La historia le dará la razón. Ya se la está dando.

Y junto a Trump, hay otro estadista que la historia absolverá con creces: Benjamin Netanyahu. Mientras los líderes europeos se rasgaban las vestiduras ante cada operación israelí, Netanyahu ejecutaba la única política realista posible frente a un régimen que financia el terrorismo, desarrolla armamento nuclear y proclama abiertamente su voluntad de destruir el Estado de Israel. Netanyahu no solo defendía a su pueblo: defendía a Occidente. Porque Israel es la avanzadilla de la civilización libre en la región más convulsa del planeta, y cada victoria israelí es una victoria de todos los que creemos en la libertad frente a la barbarie teocrática.

Quienes lloran la muerte de Khameini siempre van con el rostro semi tapado
Quienes lloran la muerte de Khameini siempre van con el rostro semi tapado

No puedo dejar pasar la vergüenza que sintió todo iraní libre cuando el presidente del gobierno de España salió en defensa de los ayatolás, otorgándoles una legitimidad que ningún tirano merece. No fue ingenuidad: fue iranofobia disfrazada de progresismo. Porque existe una iranofobia soterrada en las élites políticas europeas que consiste, precisamente, en negar al pueblo iraní su derecho a la libertad, en tratarlo como un pueblo menor incapaz de autogobernarse sin mulás, en preferir la "estabilidad" del despotismo a la turbulencia de la democracia real. Esa iranofobia tiene mucho de condescendencia colonial, y más todavía de cálculo económico frío.

Yo viví muchos años en ese país, y escapé de él huyendo de la represión islámica. Sé, en mis huesos, lo que significa perder la libertad. La gente de Europa, que lleva más de ochenta años viviendo en paz, no puede comprender —no quiere comprender— que en el Irán de los ayatolás un joven no podía circular en verano con pantalón corto; que conocer a una chica de tu misma edad en la calle te exponía a ser detenido por la policía moral; que la música, el vino, la risa en público eran actos de resistencia punibles con el calabozo o algo peor. Son realidades tan graves, tan ajenas al universo mental europeo, que cuando las cuentas, te miran con incredulidad. Y esa incredulidad es también una forma de abandono.

Pero el dictador ha muerto. Y con su muerte se abre la mayor oportunidad histórica que haya tenido el pueblo iraní desde que el golpe de Estado de 1979 —orquestado por la mafia izquierdista internacional y ejecutado sobre la rendición cobarde de Occidente— arrebató a Irán su legítima soberanía y enterró viva a una nación entera. No fue una revolución: fue una ocupación con turbante.

Igual que los partisanos franceses lucharon contra la ocupación nazi con las armas que tenían y la dignidad que nadie pudo arrebatarles, los iraníes expulsarán a estos usurpadores que llevan décadas profanando su país, su cultura milenaria, su identidad persa. Y lo harán con la ayuda de quienes han demostrado ser sus verdaderos aliados: Israel y Estados Unidos. No los que abandonaron al pueblo iraní en 2009, no los que miraron para otro lado en 2019, sino los que, bajo Trump y Netanyahu, comprendieron que la libertad de Irán es también la seguridad del mundo libre.

Mujeres iranís fumando y quemando foto de Alí Khameini
Mujeres iranís fumando y quemando foto de Alí Khameini

La libertad de Irán no es un sueño romántico. Es una necesidad geopolítica, una deuda moral de Occidente con un pueblo que lleva casi medio siglo resistiendo, y una certeza histórica inevitable. El Imperio Persa existió mucho antes de que nacieran los ayatolás, y existirá mucho después de que el último de ellos sea juzgado por sus crímenes.

Irán libre, Irán democrático, Irán aliado de Israel y de las naciones civilizadas: esa es la gloria que se merece este pueblo magnífico. Y ese día, que ya se siente próximo como el amanecer después de la noche más larga, será también la derrota definitiva de todos los que prefirieron la comodidad a la justicia, el negocio a la dignidad, la cobardía al coraje.

El dictador ha muerto. Que descanse en el juicio de la historia. El pueblo iraní, en cambio, renacerá.