Hoy no. Hoy eso ya no se puede decir. Hoy, en cuanto una criatura se comporta como un gremlin con cafeína, hay que abrir un abanico de posibilidades que ni el diagnóstico diferencial de una serie médica americana.
Que si igual tiene TDAH.
Que si quizá está dentro del espectro. Yo, desde que era pequeña y vi Cazafantasmas, cada vez que oigo la palabra “espectro” no pienso en un diagnóstico: pienso en algo verde atravesando una pared y en alguien gritando que llamen a Bill Murray.
Que si a lo mejor atraviesa un proceso de autorregulación emocional compleja.
Que si no deberíamos etiquetar.
Que si el verdadero problema eres tú, por esperar que un ser humano no use la cucharilla como arma arrojadiza.
Y así hemos llegado a un punto fascinante de la civilización occidental: ya no existe la mala educación, existe el contexto, que lo explica todo y lo absuelve todo.
Un niño no grita en un supermercado. Está expresando una necesidad.
Un adolescente no te contesta mal. Está transitando una etapa.
Un adulto no es grosero. Está cansado.
Un dependiente no te trata como si hubieras entrado a robar la caja. Está gestionando cosas.
Un camarero no te ignora. Está saturado.
Una persona no te habla con desprecio. Está en un momento complicado.
Y tú, mientras tanto, tienes que poner cara de comprensión interreligiosa, respirar hondo y agradecer la oportunidad de crecer como persona mientras te tratan regulinchi tirando a mal.
Porque ahora el mal comportamiento no se juzga: se contempla.
Lo extraordinario de esta época no es que hayamos aprendido a tener más sensibilidad. Eso, bien llevado, sería estupendo. Lo extraordinario es que hemos confundido la sensibilidad con la amnistía permanente. Hemos pasado de entender que no sabemos la mochila que lleva cada uno a decretar que la mochila da derecho a atropellar al resto.
Y no.
Perdón, pero no.
Entender no siempre significa justificar.
Tener un mal día no convierte la mala educación en patrimonio inmaterial de la humanidad.
Puede haber niños con dificultades reales. Por supuesto.
Puede haber adultos con problemas serios. Sin duda.
Puede haber personas agotadas, saturadas, desbordadas. Faltaría más.
Pero también puede haber, atención, porque esto igual resulta rompedor, niños malcriados, adultos groseros y trabajadores antipáticos.
Ya está. Ya lo he dicho. Que venga la policía del matiz.
Porque parece que hoy una de las pocas cosas verdaderamente imperdonables es llamar a algo por su nombre. Antes la incorrección estaba en comportarse mal. Ahora la incorrección está en describirlo.
Tú ya no puedes pensar: “Ese niño está mal educado”.
No, ahora tienes que hacer una tesis.
Todo con muchísimo cuidado, no sea que alguien se sienta ofendido por sugerir que lanzar un zapato en una cafetería no forma parte del desarrollo madurativo óptimo.
Y lo mismo con los adultos. Entras en una tienda, preguntas algo con educación y te responden como si hubieras interrumpido una operación a corazón abierto. Antiguamente uno pensaba:
“Este dependiente es un borde.”
Hoy no. Hoy tienes que suponer que quizá está pasando una mala racha, que la empresa le explota, que ha dormido mal, que tiene ansiedad, que su manager no le valora, que el sistema capitalista le ha robado la sonrisa y que, en el fondo, el problema es tu privilegio por querer que te atiendan sin hostilidad.
Nos han instalado la idea de que poner límites es falta de empatía, cuando muchas veces es exactamente al revés. Una sociedad sin límites claros no es una sociedad más humana. Es una jungla con lenguaje terapéutico. Un lugar donde todo el mundo tiene explicación, menos el que aguanta.
Y ese es otro detalle precioso de nuestro tiempo: toda la compasión va siempre hacia el que molesta, nunca hacia el que soporta.
Nadie mira al comensal que intenta cenar mientras un niño hace parkour entre las mesas.
Nadie consuela al profesor, al vecino, al camarero de la mesa de al lado, al pasajero del tren, al ciudadano estándar que solo pedía una existencia modesta: cinco minutos de normalidad y que no le berrearan en la nuca.
No. A ese le toca comprender. Siempre comprender. Comprender hasta que un día explote y entonces ya pasa automáticamente a ser él el intolerante.
Hemos creado un mundo en el que el maleducado siempre tiene relato y el harto siempre tiene culpa.
Y, francamente, ya cansa.
Porque una cosa es haber avanzado en conocimiento, en sensibilidad y en atención a situaciones que antes se ignoraban. Eso está bien. Muy bien. Pero otra muy distinta es usar cualquier posible explicación como lejía moral para borrar toda responsabilidad.
No todo es un trastorno.
No todo es una condición.
A veces, simplemente, es una mala costumbre sostenida en el tiempo por unos padres agotados, un entorno permisivo o una sociedad que le tiene más miedo a corregir que a convivir mal.
Igual el niño no necesita que le analicen la energía, sino que le digan que no.
Igual el adolescente no necesita que le validen cada portazo, sino que le enseñen modales.
Igual el adulto no necesita una coartada emocional premium, sino recordar que los demás no tienen la culpa de su carácter.
Qué idea tan revolucionaria: pedir educación sin sentirte un fascista del civismo.
A este paso, el último gran tabú no va a ser hablar de política, religión o dinero. Va a ser decir que alguien se comporta fatal y quedarse tan ancho.
Y lo peor es que muchos lo pensamos en voz baja, con la misma cautela con la que escondes un cigarro en casa ajena. Miramos alrededor, bajamos el tono y musitamos:
“Pues a mí ese niño me parece un maleducado.”
Como si acabáramos de negar la teoría de la relatividad en mitad de un congreso.
Pues miren: no.
No todo comportamiento lamentable necesita subtítulos clínicos.
No toda grosería merece traducción simultánea al idioma de la justificación.
No toda falta de respeto es un misterio complejo digno de documental.
A veces un niño que grita, pega y tira cosas es, sencillamente, un niño maleducado.
A veces un adulto que te habla mal es un maleducado con hipoteca.
Y a veces un dependiente desagradable no es una víctima narrativa del universo, sino alguien que atiende mal.
Llamar a eso por su nombre no es censura.
Censura empieza a ser, precisamente, que ya no se pueda decir.