Madrid funciona… pero no gracias a Ayuso

Isabel Diaz Ayuso en Barcelona

Cada vez que escucho hablar de la “gran gestión” de Ayuso, me pregunto de qué gestión estamos hablando exactamente. Porque, sinceramente, yo no veo que haya aportado nada estructural a la Comunidad de Madrid. Lo que veo es una administración enorme que funciona por inercia, sostenida por miles de funcionarios que sacan adelante el día a día sin necesidad de grandes directrices políticas. Y mientras tanto, el gasto público crece, pero no veo que ese aumento se traduzca en mejoras reales para la gente.

Lo que sí veo, y cada vez más claro, es que Ayuso es popular porque golpea a la izquierda sin descanso. Y eso, en Madrid, a mucha gente le encanta. No es gestión, es estilo. No es política pública, es confrontación. Y funciona.

La Comunidad de Madrid es una máquina gigantesca. En 2024 manejó un presupuesto de más de 30.000 millones de euros, una cifra que por sí sola explica por qué la región sigue avanzando: tiene músculo, tiene estructura, tiene técnicos que llevan décadas sosteniendo el sistema. Con ese tamaño, la administración funciona, aunque el gobierno no haga grandes reformas.

Cuando miro los datos, me cuesta ver la supuesta revolución que se vende:

  • En Sanidad, Madrid sigue siendo una de las comunidades que menos invierte por habitante: alrededor de 1.300 €, frente a otras que superan los 1.800 €. Las listas de espera continúan entre las más largas del país, y los profesionales llevan años denunciando falta de recursos.
  • En Educación, la inversión por alumno está por debajo de la media estatal, y la educación concertada ya supera el 30% del alumnado.
  • En Vivienda, la construcción de vivienda pública es mínima comparada con otras comunidades, y el precio del alquiler sigue disparado.
  • En Transporte, no ha habido grandes ampliaciones estructurales de Metro en los últimos años.
  • Y, aun así, el presupuesto autonómico ha aumentado más de 6.000 millones desde 2019.

Es decir: se gasta más, pero no se transforma nada. La Comunidad avanza porque Madrid es un motor económico por sí mismo, no porque haya una estrategia política detrás.

Lo que sí ha transformado Ayuso es la forma de hacer política en Madrid. Ha convertido la confrontación en su marca personal. Cada declaración, cada rueda de prensa, cada entrevista está diseñada para provocar, para polarizar, para generar titulares. Y eso, en Madrid, funciona como un imán.

No hablo de ideología, hablo de emoción. Ayuso ha construido una identidad política basada en:

  • La crítica constante a la izquierda.
  • La idea de que Madrid es una “isla de libertad” frente al resto del país.
  • Un discurso que mezcla ironía, agresividad y victimismo según convenga.
  • La sensación de que “por fin alguien les planta cara”.

Y eso conecta con mucha gente. No porque haya más hospitales, más colegios o más vivienda pública, sino porque su estilo encaja con un sector del electorado madrileño que disfruta de la confrontación.

Cuando escucho que Ayuso es “la presidenta más querida”, no puedo evitar pensar que su popularidad no tiene nada que ver con indicadores de gestión. No es que haya reducido listas de espera, ni que haya mejorado la educación, ni que haya impulsado políticas de vivienda. Su popularidad nace de otra cosa: la batalla cultural.

Ayuso ha convertido la política en un espectáculo donde la izquierda es el enemigo y donde cada frase está pensada para reforzar esa narrativa. Y en Madrid, donde la política se vive de forma muy emocional, eso vende.

Yo lo veo así: Madrid funciona porque es Madrid, porque tiene una estructura enorme y porque los funcionarios sostienen la administración día tras día. No porque Ayuso esté transformando nada. El gasto crece, pero los servicios públicos no mejoran. La región avanza por inercia, no por visión política.

Ayuso, en cambio, sí ha logrado algo: ser popular. Pero no por su gestión, sino por su estilo. Por cómo confronta, por cómo provoca, por cómo convierte cada debate en un combate. Y eso, en Madrid, a mucha gente le gusta.