Sánchez solo sale del búnker de la Moncloa para pasear por Barcelona

Pedro Sánchez junto a Salvador Illa y el presidente de la Academia del cine, Fernando Méndez-Leite; en los Goya de Barcelona

Hay presidentes que recorren su país. Y hay presidentes que gestionan su agenda como si cada desplazamiento fuera una operación quirúrgica. Pedro Sánchez pertenece, claramente, al segundo grupo. En la noche del sábado volvió a tierras catalanas para “protagonizar” el homenaje de Susan Sarandon a su presidencia. ¿O era al revés? En fin, también pudimos ver a Begoña Gómez tras más de seis meses fuera del escenario público.

Desde hace meses, la imagen se repite: el presidente aparece en Barcelona con cierta frecuencia, paseo medido, acto institucional calculado, declaraciones contenidas y regreso rápido al perímetro seguro de la Moncloa. Mientras tanto, otras capitales españolas apenas lo ven. Comunidades enteras atraviesan conflictos sociales, económicos o territoriales sin que el jefe del Ejecutivo pise la calle más allá de lo imprescindible. Con suerte, asoma por algún lugar donde haya elecciones autonómicas, pero en sesión ultra rápida tipo “visita del médico de un CAP”.

La pregunta no es anecdótica. Es política ¿Por qué Barcelona sí y el resto de España no, con la misma naturalidad? ¿Por qué esa selectividad geográfica en la exposición pública?

La respuesta probable no está en la agenda institucional, sino en la aritmética parlamentaria. Cataluña sigue siendo pieza clave en la estabilidad del Gobierno. Cada gesto cuenta. Cada fotografía también. Cada visita es un mensaje: la legislatura depende, en buena medida, de lo que ocurra en ese tablero. Mis amigos de la niñez a estos gestos les llamarían “peloteo puro y duro”. Además, que Cataluña es de los pocos lugares de España en los que “las clases populares” no suelen insultarle ni gritarle.

Pero gobernar no es solo mantener mayorías. Gobernar es también exponerse. Escuchar. Pisar terreno incómodo. Afrontar protestas. Asumir desgaste. Y ahí es donde surge la sensación de “búnker”. Una presidencia protegida, milimetrada, controlada hasta el último plano de cámara.

España no es únicamente un plató institucional ni una negociación permanente. Es territorio, es conflicto, es diversidad, es malestar. Y un presidente que se deja ver solo donde la política lo necesita estratégicamente transmite una idea preocupante: que la presencia pública ya no responde al conjunto del país, sino a la supervivencia del poder.

Quizá Sánchez no sale menos. Quizá sale distinto. Pero la percepción cuenta. Y hoy la percepción es clara: de la Moncloa se sale poco… salvo cuando el paseo conviene. Y eso, en política, nunca es casual.