Corruptos maravillosamente mediocres

Aldama, Ábalos y Koldo en el juicio de las mascarillas del Supremo. Visto para sentencia

El juicio en el Tribunal Supremo del llamado caso mascarillas nos está ofreciendo una visión literaria a la vez que paradójica de la corrupción: una todavía presunta, aunque va desvelándose, trama de crimen organizado de dimensiones industriales que incluye comisiones y enchufes, contratos públicos millonarios, influencias y manejos político-empresariales, ramificaciones en el ámbito internacional, y hasta posibles evidencias de financiación irregular de un determinado partido político que presume de ser más que centenario. Una tragedia que, sin embargo, se viene desenvolviendo en escena con cierto tufo de comedieta de pueblo.

El guion que vamos adivinando sesión tras sesión con lo que vemos y oímos en la recargada sala segunda del Alto Tribunal es el de una organización sofisticada montada en base a un engranaje capaz de utilizar una emergencia pandémica mundial para colocar adjudicaciones de suministro de material sanitario, mover favores, tejer alianzas y convertir en oportunidad de negocio esa excepcionalidad por la crisis del virus maldito.

“parece que asistimos más a un casting fallido de Torrente: lo garrulo elevado a lo universal”

Y claro, eso en cualquier mente razonable lleva inmediatamente a pensar en la concurrencia de una cierta calidad delictiva, en actores de extrema y calculada frialdad cerebral, en una cuidada discreción en los perfiles, en unos modales impecables y unas estrategias depuradas. Lo que vendría a ser el savoir faire de la flor y nata del crimen institucional: guante blanco y cuellos almidonados como los que se dio en lucir, por ejemplo, aquel Mario Conde de formación y carrera tan brillante como su gomina capilar.

Pero, sin embargo, y según se confirma la información que ya teníamos desde que se hiciera público el sumario, a través de chats, audios intervenidos, testimonios personales y, sobre todo, por la propia puesta en escena de los protagonistas principales, parece que asistimos más a un casting fallido de una de Torrente que a esa imaginada exquisita red criminal: lo garrulo elevado a lo universal.

“Nos encontramos ante una red que ha podido influir en decisiones de Estado, pero que se ha venido abajo por causas como la selección de los encantos y virtudes de prostitutas o la colocación de amigas y sobrinas putativas en empresas públicas”

Nos estamos encontrando, para nuestra sorpresa, con una red que ha podido presuntamente influir en decisiones de Estado, nada menos, pero que se ha venido abajo por causas tan mundanas como la selección según sus encantos y virtudes de prostitutas, la colocación de amigas y sobrinas putativas en empresas públicas, o hasta broncas de egos entre personajes cuya mayor sutileza ha sido ponerle nombre de embutido a los billetes de quinientos euros.

Porque algunos esperábamos encontrarnos con auténticos lobos de Wall Street en versión nacional y nos hemos terminando dando de bruces con sujetos tremendamente ordinarios que discuten con sus propios abogados sobre tácticas procesales en las que ha llegado a aparecer hasta el curioso caso zoológico del ornitorrinco, símbolo quizá perfecto de que hasta lo más absurdo y aparentemente imposible se da cuando menos te lo esperas: una corrupción dos punto cero que campa en esta España esperpéntica y chabacana, todo vanidad, pero que sigue paseando la pasta en bolsas de supermercado con la calderilla tintineando en sobres de papel. Lo de siempre.

“que todo ello haya podido ser puesto en marcha por auténticos gañanes de medio pelo indetectables por su propia desfachatez más que por su pretendida excelencia…”

Resulta por ello fascinante comprobar que esa maquinaria diseñada para desviar millones de dinero público a bolsillos privados no ha tenido realmente nada de elegante, nada de glamour más allá de una capita hortera de simple brilli-brilli. Un complot más producto de la charleta de barra americana al filo de la hora de cierre que una fina estructura de estrategias financieras. Y créanme que esto añade un punto de inquietud y desasosiego a los que asistimos como espectadores al tema, porque a la gravedad de los hechos enjuiciados se une el que todo ello haya podido ser puesto en marcha por auténticos gañanes de medio pelo indetectables por su propia desfachatez más que por su pretendida excelencia.

Y es que, si una red supuestamente tan ambiciosa se ha podido desenvolver con tanta exposición, a vista de todos, ya que ahora parece que la cosa era vox populi, el problema supera de lejos las posibles corruptelas que descubrimos tan integradas en nuestra vida pública señalándonos la debilidad alarmante de unos mecanismos de control tan deficientes como los que han permitido pisar alfombras ministeriales sin ningún reparo a estos figuras de tan baja estofa.

Es deprimente, por eso, confirmar que tal nivel de deshonestidad puede combinarse con una pobreza intelectual tan evidente y, aun así, encontrar espacio para prosperar. Y tal vez por eso mismo este proceso que se desenvuelve estos días en el Tribunal Supremo, en el que se juzga a un ministro de España, secretario de organización de su partido, a su asesor y hombre de confianza, y al empresario que ha resultado ser el gran conseguidor para cualquiera dispuesto a pagar su tarifa, genera al mismo tiempo risa y turbación: la primera, por la sorprendente calaña del elenco; la segunda, porque su película se ha desarrollado desvergonzadamente con ocasión de una emergencia sanitaria sin precedentes, con mucho dinero público de por medio, y con un daño a las instituciones de incalculable alcance.

Visto y oído lo que vamos conociendo quizá se queda corta la frase del colombiano Jorge González Moore de que la mediocridad es legítima hija de la corrupción. Porque la realidad parece llevarnos más lejos incluso de esa certeza de que una sociedad corrupta genera personas mediocres. Nos permite concluir que realmente corrupción y mediocridad son hija y madre mutuas y al mismo tiempo. Un círculo vicioso y endogámico fatal del que solo se sale con inteligencia y honestidad, justo aquello de lo que parecen carecer los acusados. Y alguno más que, seguramente, algo más listo sí ha sido…