¿Junts recupera el seny o son fuegos artificiales?

Hay cosas más importantes que una gran coalición imposible para conseguir una moción de censura que tumbe a Pedro Sánchez y sus políticas de izquierda extrema con las que contenta a Sumar y a todos los satélites de todas las regiones de España. Y esa cosa tan importante no es otra que tumbar todas sus estrambóticas propuestas (o artimañas políticas), una a una, con dolor, como parece ser la estrategia de Junts de Puigdemont en los últimos meses.

La primera propuesta tumbada fue el famoso no al decreto ómnibus en enero del 2025. La siguiente fue su negativa al decreto “antiapagones” en julio del 2025, aunque aquí estaban alineados hasta con Podemos y BNG… A continuación, el Decreto mixto (pensiones + desahucios) en enero 2026, otro decretazo omnibús. Al mes siguiente el voto en contra del Escudo social (febrero 2026) junto a PP, Vox y UPN.

Y, ayer, el NO a la prórroga de contratos de alquiler + límite del 2% a subidas, que votó junto a PP, Vox y UPN otra vez, mientras que PNV jugaba a lo del “ni si ni no ni todo lo contrario”, como siempre, con abstención y cabreo pertinente por un meme de los socialistas vascos con Aitor Esteban de protagonista.

Otro de los votos negativos de gran calado también se produjo ayer, cuando los postconvergentes tumbaron el consorcio de inversiones pactado entre Esquerra Republicana y el PSC, en lo que ha calificado la portavoz Miriam Noguera de "nuevo chiringuito". 

Anteriormente han existido otras colisiones más, pero la de ayer, de votar en contra del decreto de Sumar de querer prorrogar los alquileres para que salgan beneficiados no se sabe bien quien, pero no los inquilinos o los jóvenes o menos aún los propietarios, es de felicitarse. Por dos causas: por justa y porque ha provocado una nueva fricción en las filas del Gobierno de España entre el Psoe y Sumar.

Especialmente interesante y esclarecedor resultó escuchar y analizar la frase que lanzó ayer tarde Jordi Turull, en una Rueda de prensa tras una comida con empresarios del Valles Oriental: cuando haces política de vivienda y te cae más simpático el okupa que el propietario, vas al fracaso.

No es solo una crítica a una política concreta. Es casi una confesión. Un reconocimiento implícito de que algo se había torcido en el ecosistema político catalán, donde durante años se ha confundido sensibilidad social con desprecio a la propiedad, y justicia con populismo. Junts per Catalunya, que había transitado por terrenos más emocionales que racionales bajo la larga sombra de Carles Puigdemont, parece de pronto reencontrarse con una palabra casi olvidada: seny.

Y no es menor el matiz. Porque el “seny” no es solo prudencia; es una forma de entender la política desde la responsabilidad, desde el equilibrio entre derechos, desde la conciencia de que gobernar no es agitar consignas sino ordenar realidades. Durante demasiado tiempo, el debate sobre la vivienda en Cataluña ha estado secuestrado por una narrativa donde el propietario era poco menos que sospechoso y el okupa, una víctima sistémica. Pero la realidad —tozuda, como siempre— se ha encargado de desmontar ese relato.

Casos recientes han evidenciado cómo la legislación puede acabar perjudicando precisamente a quien debería proteger, dejando a propietarios en situaciones kafkianas y sin soluciones rápidas. Y ahí es donde la frase de Turull adquiere todo su sentido: no es ideología, es diagnóstico.

Lo interesante no es solo lo que dice, sino quién lo dice y desde dónde. Porque en ese giro discursivo hay algo más profundo: una cierta nostalgia de la vieja Convergència i Unió, aquella que entendía que la centralidad política no se construye a base de extremos, sino de equilibrios. Que la prosperidad exige seguridad jurídica. Y que la política útil no se mide por aplausos en redes, sino por resultados en la vida cotidiana.

De repente, Junts per Catalunya huele menos a épica unilateral y a demanda de favores. De pronto huele más a pragmatismo. Menos a Waterloo y más a despacho. Menos a consigna y más a gestión. Y eso, en la Cataluña de hoy, no es un detalle menor: es casi una anomalía, viniendo de quien viene… o quizá el inicio de una corrección.

Quizá no estemos aún ante el regreso pleno de aquella cultura política que combinaba identidad y gestión. Pero algo se mueve. Y, por primera vez en mucho tiempo, no huele a huida hacia adelante, sino a regreso a casa. A regreso al origen y, por supuesto, a miedo a las encuestas electorales y a los cachorros de Silvia Orriols.