Florentino Pérez, la caída de un mito que quiso ser Santiago Bernabéu

Florentino Pérez

Durante más de dos décadas, Florentino Pérez logró algo que parecía imposible: convertir su figura en sinónimo del Real Madrid moderno. Constructor, empresario brillante, estratega político y presidente capaz de transformar el club en una maquinaria económica sin precedentes. Para muchos madridistas fue el heredero natural de Santiago Bernabéu. Para otros, incluso, alguien destinado a superarlo. Pero hay momentos en los que el poder deja de proteger y empieza a aislar. Y la rueda de prensa de ayer dejó una sensación incómoda: la de un dirigente que ya no domina el relato como antes.

Florentino siempre entendió el fútbol como una cuestión de control. Control institucional, control económico, control mediático y control emocional. Desde su regreso a la presidencia en 2009 construyó un Real Madrid casi inexpugnable. Ganó Champions, reunió estrellas, modernizó el club y convirtió el Santiago Bernabéu en un proyecto global. Nadie puede discutir su impacto. Sería absurdo hacerlo.

Pero precisamente por eso duele más ver cómo la distancia entre el presidente y una parte de la afición se ha ido agrandando en silencio. La comparecencia de ayer no fue simplemente una rueda de prensa incómoda. Fue el reflejo de una presidencia que empieza a mostrar desgaste. Las respuestas medidas, el tono distante, la sensación permanente de estar hablando desde una torre demasiado alta para escuchar el ruido de abajo.

Durante años, Florentino gobernó el club con autoridad absoluta porque los resultados legitimaban cualquier decisión. En el Madrid, ganar siempre anestesia las dudas. Pero cuando las preguntas se acumulan y las explicaciones suenan repetidas, el mito empieza a agrietarse. Quizá el gran error de Florentino fue intentar parecerse demasiado a Bernabéu.

Santiago Bernabéu no fue únicamente un presidente ganador. Fue una figura emocional, un símbolo de reconstrucción, carácter y cercanía con el madridismo de su tiempo. Florentino, en cambio, edificó un imperio corporativo. Hizo del Real Madrid una multinacional perfecta, pero en el camino el club perdió parte de aquella conexión humana que explicaba su identidad histórica.

El nuevo Bernabéu, el estadio, representa perfectamente esa contradicción. Es una obra impresionante, futurista, ambiciosa. Un monumento al poder económico del club. Pero también parece, por momentos, un espejo de su presidente: moderno, gigantesco y cada vez más frío.

La grandeza de Florentino Pérez nunca estuvo solo en los títulos. Estuvo en convencer al madridismo de que nadie podía hacerlo mejor que él. Ahí residía su verdadera fuerza. Por eso lo ocurrido ayer tiene tanta importancia. Porque por primera vez en mucho tiempo se percibió vulnerabilidad. Los mitos no caen de golpe. Se erosionan lentamente. Empiezan perdiendo la capacidad de emocionar antes de perder la de mandar. Y quizás eso es lo que ocurrió ayer.

Florentino Pérez seguirá siendo uno de los presidentes más importantes de la historia del fútbol. Nadie le quitará las Copas de Europa, ni la transformación económica del Real Madrid, ni su influencia internacional. Pero incluso las figuras más poderosas terminan enfrentándose a una verdad incómoda: el tiempo también juega partidos.

Y, en ese caso, el protagonista debe demostrar inteligencia pasando a un segundo plano para que se le recuerde por lo bueno hecho, no por desafortunados tics poco caballerosos, poco éticos, poco modernos, que pueden convertirlo en un árbol que caiga por su propio desgaste, por perder sus raíces y por creerse más importante que la propia naturaleza.