Can March y el alma comercial que forjó el Granollers medieval

La historia de las ciudades, como escribió Charles Dickens, no solo está en los papeles oficiales. Esta late en la piedra de sus edificios y en el recuerdo de sus plazas. Y dentro de estas, de Granollers queremos recuperar la Plaça de l’Oli, que quedó plasmada en esta fotografía, en las primeras décadas del siglo XX, donde la arquitectura gótica de Can March y el trasiego de las campesinas nos devuelve a una ciudad que cimentó su prosperidad en el comercio.

Can March, a la plaça de l'Oli de Granollers. Font Arxiu Municipal
photo_camera Can March, a la plaça de l'Oli de Granollers. Font Arxiu Municipal

La Plaça de l’Oli no es un espacio más dentro de la trama urbana de Granollers. Situada en el flanco sur de la emblemática Porxada, esta plaza sido desde el siglo XI, un testimonio mudo del mercado semanal. Una institución que recibió el privilegio real de manos de los condes de Barcelona, siendo Berenguer Ramón I, en el 1049, quien se lo otorgó. Estructurándose como una institución protegida por la paz y tregua del conde, lo que garantizaba seguridad a los mercaderes que acudían a la villa.

En la fotografía el tiempo se ha detenido. Vemos a las payesas, figuras centrales de la economía doméstica de la época, sentadas junto a sus cestos de mimbre. No son simples vendedoras. Representan el vínculo directo entre las masías del Vallés y el centro de la ciudad. El nombre de la plaza evoca su función original. Allí se comerciaba con el aceite, un producto preciado que llegaba de los olivares cercanos y se distribuía bajo la murada de los edificios señoriales. La Porxada era para el grano y la Plaça de les Olles para la cerámica y el barro.

Como muestra la imagen, el espacio era polivalente, acogiendo también el mercado de aves y hortalizas, creando un mosaico de colores y sonidos que definieron el carácter de la ciudad por siglos. Como que esa plaza funcionó como pulmón comercial, su versatilidad se amplió a parte del aceite. Allí se podían comprar pollos, gallinas o conejos. Los excedentes de los payeses locales y los productos de temporada a menudo desbordaban hacia la plaza. También allí se podían encontrar productos como el jabón, que se vendía a peso.

Foto original de Can March. Font Arxiu Municipal
Foto original de Can March. Font Arxiu Municipal

El edificio que domina la escena es la Casa Joan March, situada en el número 4 de la plaza y en el número 2 de la calle del Doctor Riera. El edificio fue construido entre los años 1527 al 1541. En el siglo XX se hicieron varias reformas. La casa se encontraba dentro del perímetro de las antiguas murallas que rodeaban la ciudad y muy cerca del Palacio de los Tagamanent.

El elemento más distintivo de su fachada es la ventana geminada de la planta noble. Este ajimez, con sus finos parteluces y arcos trilobulados, es una firma del prestigio de la burguesía del bajo medievo. Observar Can Joan March es entender la evolución urbana de Granollers. La planta baja de carácter comercial. Las plantas superiores destinadas a la vivienda señorial. En la imagen destaca el rótulo de la tienda “Vda. de A. March”. Esto nos recuerda que este edifico no solo es una joya arquitectónica, sino también un motor económico, pues en él hubo negocios familiares durante generaciones.

Más allá de la arquitectura, la fotografía es un tesoro antropológico. La indumentaria de los personajes, como los delantales, los pañuelos en la cabeza de las mujeres y la vestimenta humilde pero digna de los niños que corretean por la plaza, nos habla de una sociedad preindustrial. La presencia de la infancia en primer plano, observando con curiosidad el aparato fotográfico, nos recuerda que el mercado era el gran evento social de la semana, un lugar de encuentro donde se intercambiaban noticias tanto como mercancías.

Foto de Can March colorejada. Font Arxiu Municipal
Foto de Can March colorejada. Font Arxiu Municipal

La disposición de los cestos de mimbre y las cajas de madera esparcidas por el suelo de tierra y piedra irregular nos transporta a una logística rudimentaria pero eficiente. Cada rincón de la plaza estaba aprovechado, creando una densidad humana que hoy, en nuestra era de la IA, nos resulta fascinante y lejana.

La plaza y su entorno fue testigo del devastador bombardeo de mayo de 1938 durante la guerra civil. Que Can March y el trazado de la plaza permanezcan hoy en pie es un milagro de la conservación y un símbolo de la voluntad de la ciudad por no borrar sus raíces. Una mirada al pasado que nos transporta al presente cuando caminamos por delante de este edificio cargado de historia en sus paredes y su calle, a pesar de las reformas que en ella se han realizado.

Más en Granollers