El Granollers Foot-Ball Club de 1914
Hay algo en las fotografías antiguas que trasciende la simple captura de una luz sobre papel sensitivo. En esta imagen de 1914, una de las reliquias documentales más preciadas del deporte vallesano, doce hombres jóvenes miran fijamente a la cámara con una mezcla de solemnidad, orgullo juvenil y la tímida contención de quien sabe que está participando en algo importante. No posan solo para el fotógrafo de estudio. Están inaugurando la memoria colectiva del fútbol en Granollers.
Para entender el valor humano de la estampa, conviene retroceder a la época. A principios del siglo XX, en la Cataluña industrial, el foot-ball era todavía una novedad exótica importada por marineros británicos, estudiantes acomodados e industriales. Lo que empezó como un juego de recreo en descampados y eras de trillar fue cobrando fuerza hasta convertirse en un fenómeno de masas. En Granollers, el Granollers Foot-Ball Club, embrión del actual Esport Club Granollers, se había constituido oficialmente el 2 de marzo de 1913, impulsado por el entusiasmo de un grupo de jóvenes de la burguesía y clase media local.
La foto documenta uno de los primeros grandes hitos de la entidad. Sostenida con cuidado por Gaspar Caballero en la fila posterior, resplandece la copa ganada el 12 de julio de 1914, tras vencer 1-2 al Grup Sport de Hostalric. Es la Copa Ventosa, que fue donada por el diputado Jan Ventosa i Calvell y significó el primer trofeo de toda la historia del club.
La anatomía de un equipo: Nombres y lazos de sangre
Si observamos la alineación con detalle, salta a la vista un rasgo definitorio de aquellos clubes pioneros. La endogamia familiar y la amistad de vecindario. La plantilla era, en gran medida, una red de hermanos, primos y amigos de la infancia que compartían aulas, talleres y tardes de domingo.
En la fila superior, flanqueando la imagen a la izquierda con elegancia sombría, aparece Salvador Pagès, ataviado con traje oscuro y corbata. No viste la indumentaria de juego. Actúa como delegado, directivo y garante de la institucionalidad del grupo. A su lado se encuentran Lluís Mas, Gaspar Caballero erigido en guardián del trofeo, y Eudald Rius.
La fila intermedia muestra a Vicenç Barnet, Antoni Bassa y Joan Rius, este último destacando por la peculiaridad de lucir una corbata sobre el jersey blanco de juego, un detalle indumentario muy de la época que combinaba el rigor del deporte con la etiqueta social requerida para la foto formal.
Sentados sobre el piso Camil Barnet, Salvador Rius, Lluís Rius, situado justo detrás del balón de cuero cosido a mano, Antoni Botey y Vicenç Deu.
Resulta imposible pasar por alto la repetición de apellidos. Los Rius -Eudald, Joan, Salvador, Lluís- y los Barnet -Vicenç, Camil- vertebraban el eje del equipo. En una ciudad de poco más de 7.800 habitantes, el fútbol no era una profesión, sino una extensión del tejido social y familiar. Salir al campo significaba defender el honor del apellido ante los vecinos de los pueblos colindantes.
Indumentaria, estética y contexto humano
La estética de la fotografía habla por sí sola. Los jugadores visten la camiseta blanca original con un cordón de tela para ajustar el cuello y el escudo bordado en el pecho, donde se aprecian las iniciales GFC. No hay números a la espalda, ni marcas publicitarias, ni botas de tacos de alta tecnología. Los pantalones oscuros y las medias altas con franjas blancas completan un uniforme que hoy nos parece victoriano, pero que en 1914 representaba la cima de la modernidad deportiva.
Las miradas de los protagonistas revelan la seriedad con la que asumían su rol. En aquellos años, jugar al fútbol no estaba exento de cierta incomprensión social. Para las generaciones mayores, dedicadas al trabajo agrícola o al incipiente sector textil, ver a jóvenes corriendo en calzón corto detrás de una pelota de cuero podía resultar una extravagancia. Sin embargo, en sus rostros no hay vacilación, hay convicción.
El balón de cuero pesado, con sus gajos gruesos y su cordón visible, reposa en el centro geométrico de la composición. Es el objeto de culto, la razón por la que todos estos jóvenes se han reunido en el estudio fotográfico tras jornadas de entrenamiento en campos de tierra desiguales, donde una caída significaba rodillas desolladas y camisetas manchadas de barro.
El legado de 1914
Aquel Granollers Foot-Ball Club de 1914 fue el cimiento sobre el que se edificó una tradición centenaria. Esos jóvenes que posaban con timidez y severidad no solo ganaron una copa de metal; abrieron el camino para las generaciones posteriores que vestirían la camiseta blanca y azul del Esport Club Granollers.
Al contemplar la foto más de un siglo después, el valor del documento no reside únicamente en la precisión estadística de sus nombres y apellidos. Reside en su dimensión humana: la de doce muchachos de provincia que, una tarde de 1914, se pusieron sus mejores galas deportivas, sostuvieron con orgullo su primer trofeo y le dijeron al tiempo que ellos también formaban parte de la historia.