Sensación de Vivir

Estoy viendo ahora Sensación de vivir. Sí, esa serie que en su día nos enseñó que en Beverly Hills se podía sufrir muchísimo… con un pelo perfecto, chaquetas imposibles y cero ojeras. La veía cuando la estrenaron y, en aquel momento, yo me identificaba con los adolescentes.

Ahora, que la estoy viendo otra vez, me identifico con los padres.

Sensación de vivir
photo_camera Sensación de vivir

Esto, queridas, no es nostalgia. Es una señal. Un marcador biológico. Una confirmación silenciosa de que la vida, en algún punto, te cambia el rol sin avisarte. Como cuando pasas de bailar en una discoteca a valorar profundamente una buena silla y parches para el dolor lumbar.

Con aquella edad, yo veía a los chicos y decía: “claro, normal, es que la vida es durísima”. Y lo era, según la serie, por cosas como:

“Me miró raro en el pasillo”
“Mi amiga me traicionó porque habló con mi ex.”
“No sé quién soy.”
“Necesito encontrarme… en un episodio de 42 minutos.” (¡yo no me he encontrado en 47 años!)

Y tú ahí, en tu sofá, sufriendo como si te hubiera dejado Dylan en persona. Porque el instituto era una jungla emocional y, por supuesto, el amor era siempre urgente, épico y ligeramente destructivo.

Hoy lo veo y me pasa otra cosa. Veo a Brandon saliendo con el coche y mi cerebro piensa:

“¿Pero este niño lleva cinturón?”
“¿Sabe aparcar?”
“¿Y la gasolina?”
“¿Y el seguro?”
“¿Y por qué nadie en esa casa tiene horarios?”

De repente, las tramas adolescentes me parecen una mezcla entre “necesitan terapia” y “necesitan una siesta”.

Y me descubro mirando a los padres con una empatía nueva, inesperada, casi tierna: pobres. Solo quieren que sus hijos vuelvan a casa enteros y, si puede ser, sin un triángulo amoroso encima.

Antes, el padre era “pesado”. Ahora el padre es literalmente el único personaje que vive en el planeta Tierra.

Jim Walsh intentaba poner orden en esa casa y yo: “¡Gracias, Jim! ¡Por fin alguien pregunta por las notas y el presupuesto!” Porque claro, cuando eres joven, crees que los adultos son aguafiestas. Y cuando creces, descubres que los adultos no son aguafiestas: son gente intentando que no se incendie la casa.

Hay un instante concreto (silencioso, sutil) en el que dejas de mirar a los personajes y pensar “qué guay su vida”, y empiezas a pensar “madre mía, qué cansancio”.

Es un cambio de mirada. Antes querías esa intensidad. Ahora quieres que alguien se comunique bien, que no interprete un “ok” como una ruptura, y que si van a tener un drama… por lo menos que sea uno por episodio, no tres por cena.

Y aun así… qué maravilla volver. Porque ver de nuevo Sensación de vivir no es solo revisitar una serie. Es revisitarte a ti.

La tú adolescente, que se creía el centro de un huracán emocional. Y la tú adulta, que mira ese huracán y piensa: “vale, pero mañana hay que madrugar”.

Y ahí está lo bonito: que no hemos perdido la capacidad de sentir. Solo hemos ganado otra capa. Una capa que se llama “perspectiva” y viene con ganas de paz, límites y un sofá cómodo.

En la adolescencia queríamos vivir como en Beverly Hills. Ahora queremos que todo el mundo se ponga un jersey, cene algo decente y se acueste pronto.

Al final, no es que yo haya cambiado: es que ahora, viendo Sensación de vivir, mi corazón sigue siendo adolescente… pero mi sistema nervioso ya es el del padre que apaga las luces.

Y, de pronto, entiendes la moraleja no escrita: crecer no te quita dramas, te cambia el presupuesto del drama. Antes era “¿me quiere?”; ahora es “¿qué he venido a buscar a la cocina?”. Así que sigo viendo capítulos como quien toma vitaminas emocionales: una dosis de flequillo noventero, otra de ternura. Y luego, a dormir. Con cinturón, luces apagadas y paz de salón interior.