No era mi mesa, pero era mi tema. Porque en cinco minutos de conversación ajena entendí que la crianza moderna ha descubierto un deporte nuevo: negociar todo con gente que aún se aplaude cuando hace caca.
Hay una tendencia moderna, luminosa, con olor a taller de parentalidad consciente: negociar absolutamente todo con los hijos desde que son… bueno, desde que aún no saben decir “mamá” pero ya pronuncian “mis derechos” con la mirada.
Antes, un bebé lloraba y tú intentabas descifrar si era hambre, sueño o gases.
Ahora, un bebé llora y tú piensas: “¿Le he impuesto una narrativa? ¿Le he invalidado su proceso? ¿He forzado el pijama como sistema opresor textil?”
Porque claro: no podemos coartar su libertad. Ni con un calcetín.
Tú: “Vamos a ponerte esta camiseta.”
Hijo (1 año, 8 dientes, 0 hipoteca): te mira como si acabases de firmar un decreto autoritario.
Entonces tú, adulta funcional con tarjeta sanitaria y declaración de la renta, entras en modo cumbre internacional:
- ¿Crees que en este momento estás en disposición de vestirte?
Y el bebé, que aún no ha descubierto la vergüenza, te responde con su idioma oficial: grito, patada y lanzamiento de chupete.
El de 2 años, por cierto, ya no lanza chupete: lanza aceituna. Evolución.
Pero tú te mantienes firme. Firme en la flexibilidad. Flexible en el colapso.
Y dices: “Vale, entiendo tu emoción. Te sientes controlado. Te acompaño”.
Mientras él se come una etiqueta de la camiseta como gesto de protesta.
Lo que antes era “ponte esto” ahora es “acuerdo marco de convivencia”
La negociación ha escalado tanto que ya no es ropa. Es todo.
El abrigo: el enemigo de la libertad (sobre todo si tu hijo es adolescente y siempre tiene la razón)
Tú: “Hace frío, cariño, ponte la chaqueta.”
Él: “No.”
Y tú: “Bueno… no quiero coartar tu libertad térmica”.
Así que lo dejas salir con sudadera finita, tobillos al aire y la seguridad en sí mismo de quien aún no ha conocido:
- las contracturas sorpresa
- esa notificación de la vida adulta: “Hola, soy tu espalda. Hoy me he levantado ofendida.”
Pero oye: libre.
La comida: el parlamento del puré
Antes: “Esto es lo que hay”.
Ahora: “Te propongo un menú participativo”.
Te ves a ti misma preguntándole a un niño que ayer intentó meterse una piedra en la nariz:
- “¿Quieres zanahoria en rodajas o en formato emocionalmente accesible?”
Y el niño: “Quiero yogur.”
Tú: “Vale, pero solo uno.”
Él: “DOS.”
Tú: “Te veo fuerte en negociación. ¿Has hecho prácticas en recursos humanos?”
Gana él. Siempre gana él. Porque tú no estás negociando con un niño.
Estás negociando con un sindicato.
Se supone que negociar desde pequeños les enseña autonomía. Y en parte, sí: decidir es importante.
Pero hay un pequeño detalle: a los 12 meses, su criterio vital es “lo que brilla” y “lo que se puede lamer”.
No es que sean caprichosos. Es que su cerebro está en modo beta. En versión prueba, y tú les estás dando un poder que ni tú sabes gestionar cuando te preguntan en una terraza:
“¿Agua con gas o sin gas?”
Y tú: “No sé, depende del mes emocional en el que esté”.
La autonomía está muy bien.
Pero también está bien que exista el concepto: “Esto se hace porque sí, porque lo digo yo”.