Dos presidentes con el mismo problema (cesar a sus ministros estrella, o no) pero con soluciones distintas

Sánchez, si hace falta, dejará caer a Puente pero Illa salvará a Paneque

Los accidentes de Adamuz y de Gelida no son solo tragedias personales. Son, sobre todo, episodios políticos, porque cuando los políticos ponen la cara todo se convierte en tema de políticos y no de personas ni de ciudadanos que sufren o que han perdido la vida. En Cataluña, por ejemplo, el ruido no está tanto en lo ocurrido si no en cómo cada cual intenta sacudirse la responsabilidad mientras señala al de al lado.

Mientras, en Madrid, Pedro Sánchez gobierna con la fragilidad de quien depende de socios que no creen en el proyecto común, sino en el chantaje permanente. En Barcelona, sin embargo, Salvador Illa gobierna —o aspira a hacerlo— desde una lógica distinta: la de quien sabe que el poder no se ejerce pidiendo permiso, sino entendiendo el terreno y a los jugadores que lo pisan.

Óscar Puente y Silvia Paneque
photo_camera Óscar Puente y Silvia Paneque

Esa diferencia explica por qué Sánchez (en el caso cada día menos hipotético de que lo vea necesario) dejará caer a Óscar Puente, si hace falta, mientras Illa salvaría a Sílvia Paneque. Vamos a intentar explicar el porqué de esas probables decisiones políticas después de lo visto en los últimos 10 días.

Puente es prescindible porque Sánchez necesita gestos. Necesita víctimas propiciatorias para calmar a socios que jamás se sacian. Junts y Esquerra no quieren soluciones: quieren cabezas, titulares y debilidad. Y Sánchez, atrapado en su propia aritmética parlamentaria, está obligado a conceder. No gobierna: resiste. Si el presidente no es capaz de convencer a sus socios catalanes con las mil y una concesiones que se están negociando/barajando a la vez, necesitará una cabeza de turco que ofrecer y la de Oscar Puente, el hombre que duerme sólo tres horas los últimos días, puede ser el sacrificado y, de esa forma, ayudarle a que recupere su déficit de sueño.

Illa, en cambio, no actúa desde la urgencia ni desde el miedo. Actúa desde el conocimiento. Conoce perfectamente las tretas de Junts y de Esquerra porque las ha visto de cerca, las ha sufrido y, en algún momento, incluso las ha neutralizado. Sabe que ambos partidos juegan a lo mismo: exigir responsabilidades ajenas mientras esconden las propias, envolver cualquier fallo en una bandera y convertir la gestión en un arma arrojadiza.

El caso de Gelida es paradigmático. Aquí no hay inocentes. Ni Esquerra, ni Junts, ni el Govern anterior, ni el actual pueden lavarse las manos. Todos sabían, todos miraron a otro lado y todos son tan culpables como Illa o como Paneque, si no más. La diferencia es que unos lo saben y otros fingen no saberlo. Esquerra y Junts trabajan desde el victimismo estratégico: cuanto peor funcione el Estado, —o la Generalitat—, mejor para su relato. Illa trabaja desde la estabilidad: cuanto mejor funcione la administración, menos espacio hay para el chantaje identitario. Son dos formas radicalmente distintas de entender la política y, sobre todo, la responsabilidad.

Reunión en Barcelona con Oscar Puente en octubre 2024
Reunión en Barcelona con Oscar Puente en octubre 2024

Por eso Illa no entregará a Paneque. No porque sea intocable, sino porque no cree en el sacrificio inútil. Sabe que ceder ante Junts o Esquerra no apaga incendios: los alimenta. Sólo existe una posibilidad y es que la “super consellera” Paneque deje la cartera de Territori (donde están Infraestructuras viarias, ferroviarias, etc.) por no dañar más a su Govern, aunque poco tenga que ver ella con lo sucedido, y se dedique, a partir de entonces, al resto de carteras (Vivienda, Transición Ecológica y Portavocía del Govern). En ese caso, Salvador Illa colocaría a todo un especialista en crisis de su confianza plena, en esa consejería, un hombre acostumbrado a defenderse y morder en cuello ajeno de Junts y Esquerra. Un auténtico primer espada de la gestión, la negociación y el desarme político. Esta acción de Salvador Illa sería considerada un contrataque que tendría un efecto bumerang y pondría más nerviosos a los que quieren asaltar, desde el nacionalismo, la silla presidencial catalana.  

Sánchez, en cambio, no tiene ese margen. Depende demasiado de quienes no quieren que nada se arregle. No puede hacer “gestitos” si no que deberá asumir bajas si quiere que nacionalistas vascos y catalanes le mantengan unos meses más en el sillón, si le piden como ultimátum la cabeza del somnoliento Puente. Al menos, los meses justos de respiro monclovita que alargue la estancia de Puigdemont en Waterloo y la decisión de la amnistía plena de “su” Tribunal Constitucional. Por el otro lado, el expresidente de la Generalitat necesita muescas en su revólver si quiere volver a Catalunya teniendo algo de poder mediático antes que se lo quite todo Silvia Orriols.

Se admiten apuestas…