Para algunos lectores, Hermann no fue un descubrimiento tardío ni una consagración de librería especializada. Llegó pronto y se quedó. Llegó por Bernard Prince, por Comanche, por Jeremiah; llegó en los años en que mi generación podía encontrárselo en catalán en Cavall Fort o en alguna publicación de Bruguera. Llegó por esa mezcla tan suya de dureza, verdad visual y humanidad sin adornos. Y se quedó porque muy pocos dibujantes han sabido acompañar tantos años sin perder nervio, sin ablandarse y sin repetirse. Se puede decir de muchos autores que marcaron una época. De Hermann puede decirse algo más raro: que acompañó una vida entera de lectura.
Hablar de Hermann obliga a hablar también de Greg, porque pocas alianzas fueron tan fértiles en la aventura clásica europea. En el entorno del Journal Tintin y de Éditions du Lombard nació en 1966 Bernard Prince, y poco después Comanche. Ahí empezó a crecer su leyenda. En aquellas páginas ya estaba todo lo esencial: la tensión narrativa, el paisaje vivido, corporeidad, la fisicidad de los cuerpos, la sensación de que los personajes habían conocido el cansancio antes de entrar en la viñeta. Hermann nunca dibujó muñecos. Dibujó seres humanos.
Conviene recordar además algo que a veces se olvida: Bernard Prince empezó como agente de Interpol. Ése fue su arranque, antes de convertirse del todo en capitán del Cormorán y aventurero de mares y puertos. Y ese origen importa, porque ya contenía una pequeña novela moral: el paso del hombre atrapado por la rutina policial, por el delito repetido, por el informe y la burocracia, al hombre que decide buscar otro horizonte. Greg vio muy bien esa transición. Y Hermann la dibujó con una elegancia seca, sin subrayados, sin efectismo, con una naturalidad que sólo tienen los grandes. Luego aparecía Barney Jordan, por supuesto, con esa mezcla de ironía, experiencia, fanfarronería y lealtad que daba a la serie una temperatura humana irrepetible.
Después vino Comanche, Red Dust, y ahí Hermann confirmó que no era sólo un dibujante magnífico de guiones ajenos, sino un artista con una sensibilidad propia y ya perfectamente reconocible. Su oeste no era una postal. El Far West no era tampoco una fantasía limpia. Era polvo, orgullo, violencia, fatiga, distancia y silencio. Había belleza, sí, pero una belleza dura, casi mineral. En Hermann el paisaje nunca servía sólo de fondo: pesaba sobre los personajes, los definía, los cansaba, los empujaba. Esa fue una de sus grandes virtudes, y una de las razones por las que sigue siendo tan moderno. No dibujaba decorados; dibujaba atmósferas morales.
Y, sin embargo, si hubiera que señalar la obra en la que más se entregó, quizá habría que mirar a Jeremiah. Fue su serie más larga, con más de cuarenta álbumes, y seguramente también la más personal. En su web oficial se explica que la chispa inicial fue la lectura de Ravage, de René Barjavel, aunque la serie se apartó enseguida de cualquier dependencia directa para convertirse en un universo propio: una América devastada, posterior a la guerra y a la civilización tal como la conocíamos. Allí estaban Jeremiah y Kurdy Malloy, una de las grandes parejas del cómic europeo. Kurdy no era un simple acompañante: era el contrapeso, el superviviente puro, el cínico necesario. Jeremiah parecía al principio el polo moral, pero con los años se iba viendo que ambos no estaban tan lejos. Ahí estaba una de las fuerzas de la serie: en un mundo roto, también las diferencias morales se erosionan.
En Jeremiah, Hermann fue dejando, álbum tras álbum, muchas de sus obsesiones más hondas: la corrupción, las sectas, la brutalidad, el abuso del poder, la mentira política, la fragilidad de la convivencia cuando desaparecen los frenos de la civilización. No era sólo una serie postapocalíptica. Era una larga meditación amarga sobre el ser humano. Por eso su lectura cambia con el tiempo. De joven uno la disfruta como aventura áspera y poderosa. Con los años advierte algo más: un pesimismo trabajado, una desconfianza radical ante la condición humana, una mirada que no se hace ilusiones, pero tampoco se vuelve hueca.
Otra serie de creación propia Las torres de Bois-Maury, un cómic histórico situado en la Edad Media. Se narran las andanzas del caballero Aymar de Bois-Maury por el sudeste francés de finales del siglo XI y por el recorrido del camino de Santiago. La misión del caballero es conseguir fondos para reclutar un ejército y recuperar sus tierras, Bois-Maury, "las más altas y bellas torres de la cristiandad". Viaja con su escudero Oliver y con ellos descubriremos la vida en la Alta Edad Media, una Europa medieval, realista, cruel y detallada, reflejando honor, guerra y la vida cotidiana de la época. Una serie menos centrada en la acción y que se mueve en un terreno más reflexivo. Se inició con el primer álbum Babette (1984) y finalizó con el número 15 de la serie El hombre del hacha (2012). En 2021 apareció un bis del número 9 y a partir del número 11, Assunta, los protagonistas ya son descendientes del caballero Aymar,
Otra de sus grandezas fue saber evolucionar técnicamente. El paso del tiempo no sólo le dio más experiencia narrativa. Le trajo también mejores soportes materiales: mejor papel, mejores tintas, mejores técnicas de reproducción e impresión. Hermann lo vio enseguida. Entendió que esos cambios no eran una cuestión secundaria, sino una oportunidad para que su dibujo respirara mejor y ganara profundidad. Sus páginas tardías se beneficiaron mucho de esa mejora material: las sombras ganaron densidad, las texturas se volvieron más ricas, el color respiró de otra manera y el conjunto adquirió una presencia física mucho mayor. Eso no sucede solo. Hace falta un autor que sepa mirar también el soporte. Hermann lo supo.
Y ahí entra su técnica. Le Monde ha recordado estos días algo muy importante: Hermann fue dueño de un trazo áspero, inconfundible, y supo renovarse hasta convertirse además en un maestro de la “couleur directe”, aplicando el color directamente sobre la plancha. Eso se nota mucho en la madurez. El blanco y negro de los primeros años ya tenía una energía formidable, pero el Hermann posterior fue todavía más lejos: más rugoso, más táctil, más libre, menos preocupado por la elegancia externa que por la materia, por la luz sucia, por la carne cansada, por el cielo cargado, por la violencia del paisaje. En sus mejores páginas tardías todo parece pesar. Y precisamente por eso todo parece más verdadero.
Esa evolución técnica tuvo una consecuencia decisiva: Hermann no se quedó nunca fosilizado en la imagen del gran dibujante clásico. Supo cambiar sin perderse. Supo aprovechar los medios nuevos sin rebajar su exigencia. Y por eso su obra ganó incluso más presencia con los años. Lo que en los primeros álbumes era fuerza narrativa, en la madurez se convirtió también en materia pictórica, en superficie herida, en atmósfera casi física.
En esa trayectoria hay títulos que pesan de una manera especial. Sarajevo-Tango (1996) es uno de ellos. Ahí Hermann no hizo sólo un álbum ambientado en una guerra. Hizo una denuncia. Una denuncia airada, amarga, profundamente moral, sobre una masacre europea que demasiados prefirieron mirar de lejos. Ese libro conserva intacta su cólera. Y conviene recordarlo porque muestra muy bien otra verdad sobre Hermann: no fue un virtuoso vacío. Cuando quiso, puso su dibujo al servicio de una indignación histórica concreta. No dibujaba para ornamentar el horror, sino para señalarlo.
También hay que recordar Luna de guerra (2000), aquel encuentro con Jean van Hamme que fue casi un regalo para los lectores. Dos nombres enormes, dos mitos de la “bande dessinée” europea, trabajando juntos en un “one shot” que tenía algo de homenaje mutuo. Y luego vino la colaboración con Yves H., su hijo, que acabó siendo una parte importante de su última etapa. En 2007 regresó a la autoría plena con Áfrika.
La web oficial de Hermann lo recuerda con claridad al presentar Cartagena como su última colaboración con Yves, terminada pese a la enfermedad. Esa continuidad familiar no tuvo nada de gesto automático ni complaciente: fue trabajo real, exigencia real, transmisión verdadera.
Ya en una etapa en la que muchos autores habrían vivido de la repetición, Hermann todavía fue capaz de sorprender. En 2017 apareció Duke, un regreso al western, sí, pero no como eco nostálgico de Comanche, sino como un oeste más duro, más seco, más cansado, más cruel. Después llegó Brigantus, también con Yves H., y volvió a asomar en él la llamada de Roma y de la frontera imperial. Durante mucho tiempo pensé que esa relación entre Yugurtha (1975) y Brigantus (2023) era una impresión muy mía, nacida de años de lectura. Al ver ahora el prólogo de la edición española compruebo que no estaba solo en esa intuición: también un lector experto ha visto ese arco, ese regreso, esa especie de círculo íntimo en la trayectoria de Hermann. No me parece un detalle menor. Confirma que su obra, leída de verdad, devuelve siempre más de lo que promete a primera vista.
No quiero dejar fuera tampoco Station 16. En ese libro volvió a aparecer una de sus advertencias más persistentes: la locura de la carrera armamentística, la amenaza nuclear, la facilidad con la que el hombre moderno prepara su propia destrucción. No era una obsesión de última hora. Venía de lejos. Estaba ya en Jeremiah, estaba en Sarajevo-Tango, estaba en su manera de mirar la historia reciente. Hermann entendía muy bien que la barbarie no pertenece al pasado. Está siempre ahí, esperando ocasión.
Por eso duele tanto su muerte. Porque no se ha ido sólo un dibujante extraordinario. Se ha ido también un narrador con mirada moral, un artista que supo dar al cómic densidad humana, materia y verdad. Y se ha ido trabajando. Su web oficial ha contado que luchó dos años contra el cáncer y que, aun debilitado, consiguió cerrar su último álbum. Esa imagen final me parece perfecta. No la del monumento, no la del nombre ya convertido en estatua, sino la del hombre todavía inclinado sobre la mesa, todavía dibujando, todavía corrigiendo, todavía queriendo contar una historia más.
Desde los años sesenta hasta 2026, Hermann estuvo ahí. Con Greg. Con Bernard Prince. Con Comanche. Con Jeremiah y Kurdy Malloy. Con el caballero Aymar. Con la rabia de Sarajevo-Tango. Con el lujo sombrío de Luna de guerra. Con Yves H. Con Duke. Con Brigantus. Y siempre con esa mezcla tan rara y tan valiosa de dureza, humanidad y verdad visual. Lo suyo no fue sólo una gran carrera. Fue, para muchos lectores, una forma de compañía.
Eso no se olvida.
Ha muerto Hermann. Y con él se va una parte de la vida de muchos lectores. Pero quedan sus páginas. Queda su trazo. Queda su mundo. Y queda también la gratitud de quienes saben que no sólo leyeron sus álbumes: vivieron con ellos.