Primero fueron los belenes. Luego los villancicos. Después las palabras. Ahora parece que hasta la alegría necesita permiso.
No se trata de imponer nada a nadie, sino de preguntarnos en qué momento respetar al otro ha significado dejar de reconocernos a nosotros mismos. Porque una cosa es abrir la casa y otra vaciarla. Y hay otra pregunta que da vértigo: si renunciamos a todo lo que huela a cristianismo, ¿cómo vamos a entender de verdad nuestra cultura, nuestra historia, nuestro arte, nuestras fiestas, incluso nuestro lenguaje? No hablo de fe, hablo de contexto. De mapa. De saber de dónde venimos para no caminar como turistas en nuestra propia casa.
Mientras tanto, ese mismo impulso de “quitar de en medio lo incómodo” parece estar filtrándose en lo cotidiano, en la piel de las cosas. El otro día leía a una mamá instagramer escandalizada porque a su bebé le tocaban las manitas los tíos, los abuelos… por si le contagiaban un resfriado. Y ahí me saltó una alarma: no por la prudencia, sino por el reflejo automático de convertir el afecto en amenaza. Hemos pasado del “dale un beso a la abuela” a casi “ni lo mires”, como si la familia viniera con etiqueta de riesgo biológico.
Y claro, una piensa: nosotros, que crecimos sin tantos miramientos, jugando con barro como si fuera plastilina gourmet, compartiendo meriendas, y soplando la galleta que se caía al suelo con toda la fe del mundo en la regla de los cinco segundos… nos tendríamos que haber extinguido. Y sin embargo aquí estamos: con defensas, con cicatrices pequeñas, con historias. Con esa inmunidad cotidiana que no se aprende en un manual, sino en la vida real… y en el bordillo de la acera.
No los abraces. No los juntes demasiado. No se manchen. No se contagien. Ya se inmunizarán… otro día. Mejor que crezcan asépticos, perfectamente protegidos, aunque no sepamos muy bien de qué ni a qué precio.
Los educamos para que no se caigan, pero también para que no se levanten solos. Para que no enfermen, pero tampoco se fortalezcan. Para que no sufran, aunque eso implique que no vivan del todo.
Y en ese mismo clima de prevención permanente, las relaciones humanas también han pasado por la cuarentena. Antes se llamaba a un amigo porque sí. Ahora se manda un WhatsApp:
“¿Te va bien que te llame?”
Como si la voz pudiera invadir, como si la espontaneidad fuese una descortesía, como si la cercanía necesitara consentimiento previo.
Todo es correcto. Todo es educado. Todo es pulcro.
Y, sin embargo, algo se ha vuelto extrañamente frío. Como una sala de espera bonita, pero sin revistas y sin conversación.
Nos decimos que somos más conscientes, más empáticos, más inclusivos. Pero a veces da la sensación de que lo que en realidad somos es más distantes, más temerosos y estamos más solos. Hemos cambiado el contacto por el protocolo, la experiencia por la advertencia y la comunidad por la burbuja individual. Mucha etiqueta, poca tribu.
Y entonces aparece esa idea incómoda: ¿y si este camino, llevado al extremo, no nos conduce a una sociedad más humana, sino a una perfectamente regulada, perfectamente segura… y profundamente deshumanizada? Una sociedad donde todo está previsto, menos el afecto. Donde nadie toca a nadie, pero todos observan. Donde el miedo es la norma y la emoción, una excepción. Un mundo impecable… y tristemente esterilizado.
No estamos en Los juegos del hambre, claro. Pero quizá hemos empezado a normalizar un mundo donde la calidez se sospecha, la tradición se esconde y la humanidad se gestiona con guantes.
Tal vez no haga falta volver atrás.
Pero sí detenernos un momento y preguntarnos si, en nombre del bien, no estamos renunciando a demasiado.
Porque una sociedad que deja de cantar, de abrazar y de llamar sin permiso… puede que sea muy correcta.
Pero corre el riesgo de olvidar cómo se siente estar viva.