Según Tinder, España está llena de veleros

No sé en qué momento Tinder dejó de ser una app de ligar y se convirtió en el censo oficial del deporte de riesgo. Tú entras con la inocencia de quien solo quiere conocer a alguien que no se haga selfies en el baño… y sales convencida de que vivimos en un país flotante: veleros por todas partes, motos rugiendo en cada esquina, escaladores colgando de una ceja y tipos que, por alguna razón, siempre están “en la montaña” aunque la foto sea un mirador con barandilla y una cerveza a 6 euros.

El postureo en Tinder
photo_camera El postureo en Tinder

Lo primero que aprendes es que las descripciones masculinas no se escriben, se recitan. Son un género literario propio. Empiezan casi siempre igual, como una canción del verano: “Me gusta viajar, pasear, comer y ser feliz”. Felicidades, cariño: acabas de describir a un golden retriever. Solo te faltó añadir “me emociono si me tiras una pelota” y “odio los petardos”.

Luego está la categoría “aventurero premium”. No te dice su nombre, pero te enseña su moto. No te habla de su trabajo, pero te enseña un arnés. No sabemos si hace terapia, pero tiene mosquetones. Y ojo, que yo respeto muchísimo la escalada… lo que me intriga es la necesidad de convertirla en un currículum afectivo: como si el amor dependiera de la adherencia de tus manos a una roca. “Escalo, hago travesías, me pierdo por la naturaleza”. Traducción: “Tengo la capacidad de concentración de un niño de preescolar: si me sientas cinco minutos, empiezo a buscar un columpio o a morder la mesa”.

Y después, por supuesto, llega el velero. El velero en Tinder es como el unicornio en los cuentos: aparece, brilla, y cuando intentas tocarlo, resulta que era de alquiler, del primo, o una vez se subió a uno en un bautizo de mar en 2017. Pero ahí está la foto: él, el mar, unas gafas de sol que parecen heredadas de un piloto de avioneta, y esa mirada de “yo soy de sal”. A veces el velero es real. Y eso complica el asunto, porque entonces tienes que hacerte preguntas serias: ¿me está invitando a una historia de amor o a un curso intensivo de nudos marineros? ¿Estoy buscando pareja o me estoy matriculando en náutica sin querer?

Mi favorita es la mezcla de géneros: el hombre que parece que va a salvar el planeta, pero solo sabe decir frases de taza. “Soy sencillo, buena persona, me gusta reír”. Bien. Yo también. El problema es que en Tinder “buena persona” se usa como se usa “como nuevo” en Wallapop: puede ser verdad o puede significar “tiene una esquina rota, pero si no miras mucho, cuela”. Y ojo con la frase estrella: “No busco nada serio, lo que surja”. Esto es el equivalente emocional a “no tengo hambre” mientras te comes una patata. “Lo que surja” es una manera elegante de decir: “quiero los beneficios del cariño sin el mantenimiento del cariño”. Como Netflix compartido, pero con abrazos.

También están los que se describen como si fueran un anuncio de turismo rural: “Me gusta desconectar, la naturaleza, los atardeceres”. Claro. Y a mí me gusta que me paguen y dormir ocho horas. Estamos todos en el mismo club de deseos razonables. Pero dime algo que no sea lo que pondría un champú.

Porque esa es la cuestión: muchas bios suenan a persona… pero no a persona concreta. Suenan a “humano estándar”. A plantilla. A “hombre 3D renderizado por el algoritmo”. Y entonces una se descubre haciendo lo impensable: valorando a quien escribe algo mínimamente raro, específico, humano. “Me dan miedo las palomas”, “colecciono imanes de nevera”, “hago tortilla fatal pero lo intento”, “leo las etiquetas del champú como si fueran poesía”, “hago croquetas como acto de amor”, “me sé de memoria el menú de los bares de carretera”.

Y, muy de vez en cuando, en mitad de tanto eslogan, aparece alguien que no presume de nada… solo deja caer dos palabras raras y perfectas: “curioso impenitente”. O te suelta un “tengo debilidad por las librerías pequeñas”, o confiesa que discute con el GPS, o admite que su súperpoder es saber dónde está el norte sin mirar Google. Y con esas tonterías concretas (las buenas), curiosamente, ya te ha ganado media conversación.

Eso sí me enamora. Eso es vida. Eso es alguien que no intenta venderme una aventura, sino presentarse sin disfraz de Indiana Jones.

Así que aquí va mi propuesta: si tienes velero, perfecto. Si escalas, genial. Si tienes moto, estupendo. Pero, por favor, no uses la montaña como sustituto de la personalidad ni el mar como filtro emocional. Y si tu bio incluye “pasear, viajar, reír y ser feliz”… añade al menos un detalle que no tenga un golden retriever. Porque, al final, lo que buscamos no es un catálogo de aficiones. Es alguien que, cuando te pregunte “¿qué haces?”, no te responda con una foto en una cima. Que te responda con una frase que suene a él. Y que no necesite un velero para demostrar que flota.

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