Opinión

España: el país del “no es para tanto” (hasta que lo es)

Hay algo que me inquieta más que un tren parado en mitad de la nada. No es el retraso. Ni el altavoz que suena como si estuviera metido en una lata de aceitunas. Ni la aplicación que promete “5 minutos” durante 40, como esas personas que dicen “ya voy” desde el sofá. Lo que me inquieta es lo que hacemos nosotros: Nada.

¿Hay algo que funcione bien en España?
photo_camera ¿Hay algo que funcione bien en España?

Nos quejamos con un suspiro educado. Miramos el reloj. Mandamos un mensaje. Nos resignamos. Y seguimos. Como si el deterioro fuera un peaje inevitable por vivir aquí. Como si lo normal fuera llegar tarde, esperar meses, asumir que lo básico falla, y aun así comportarnos como si pedir que funcione fuera un capricho.

Y esa rendición silenciosa, esa aceptación de lo inaceptable, es lo más peligroso que nos está pasando como país.

La democracia no se rompe solo con golpes. También se rompe con bostezo. Con indiferencia. Con cinismo. Con esa pose de “yo paso de política”, que suena muy zen pero en realidad es muy peligrosa, porque la política no pasa de ti. La política te pasa por encima.

Hemos hecho del “es lo que hay” una filosofía nacional. Un anestésico.

Los trenes van mal y lo decimos con esa frase que ya ni duele: “Otra vez”. El AVE, que debería ser símbolo de eficiencia, a veces parece un chiste caro contado con mucha seriedad. Y lo asumimos. Como si fuera meteorología: hoy llueve, hoy falla, hoy esperas, hoy te callas.

¿En qué momento decidimos que no merecemos que lo público funcione?

¿En qué momento nos convencimos de que exigir es una grosería?

Porque lo lógico, lo visceral, lo humano, sería otra cosa. Sería bajarse. Plantarse. Convertir el andén en un “hasta aquí”. Sería un país diciendo: basta. No a gritos. No con violencia. Con dignidad. Con cuerpo. Con presencia. Con ese gesto sencillo que cambia una época: negarse a normalizarlo.

Pero no lo hacemos.

Y no lo hacemos por algo que casi nunca se dice en voz alta: estamos agotados. No cansados, agotados. Quemados de vivir a contrarreloj y divididos por un ruido que no se apaga. Y un país sin aire no levanta la voz: sobrevive. Protestar debería ser un derecho, pero así se vive como un lujo. La gente no está pensando en salir: está pensando en llegar. A final de mes. A final de día… y a veces, a final de sí misma.

Ese agotamiento es una herramienta perfecta. Porque un pueblo cansado no se rebela: se adapta. Y adaptarse al deterioro es una forma lenta de perderse.

Hemos rebajado la expectativa hasta el subsuelo. Eso, en psicología, seguro que tiene nombre y apellido. En España, se llama miércoles.

Nos han domesticado con ruido.

Con polémicas de temporada, con guerras culturales que se encienden y se apagan como luces de feria, con debates diseñados para que nos peleemos entre nosotros y no miremos arriba. Nos han enseñado a discutir lo accesorio con pasión y a tragar lo esencial con resignación.

Un país distraído es un país manejable. Un país enfrentado es un país rentable.

Y mientras estamos distraídos, se deshilacha lo que sostiene una vida digna: educación, sanidad, servicios, infraestructuras, confianza.

La educación va mal y lo tratamos como si fuera un tema de expertos. No. Es una cuestión de supervivencia. Un país sin educación se vuelve manejable, crédulo, vulnerable. Se vuelve un lugar donde la emoción manda y el criterio se extingue. Donde cualquiera te vende un enemigo y te compra la calma.

el caos nuestro de cada día
el caos nuestro de cada día

La sanidad va mal y lo vivimos como una tragedia privada. No. Es una tragedia colectiva. Es un contrato social roto. Es un país diciéndole a su gente: “Hazte cargo tú, como puedas”. Y eso es profundamente cruel.

Y luego está esa sensación de fondo, cada vez más espesa: que quienes deberían dar ejemplo viven a salvo de las consecuencias. Que existe un país para los que cumplen y otro para los que se explican. Un país donde a unos se les exige hasta el último papel y a otros se les concede el beneficio de la duda antes incluso de que exista la duda.

Titulares. Causas. Investigaciones. Sospechas. Defensas automáticas. Y nosotros, en vez de exigir limpieza, transparencia y decencia con una sola voz, nos dividimos.

Como si la honestidad fuera negociable.
Como si pedir cuentas fuera una agresión.
Como si la exigencia fuera “fango”.
Como si señalar lo que está mal fuera peor que hacerlo.

Y ahí está la trampa: cuando te convencen de que pedir decencia es atacar, ya no hace falta que te silencien. Te silencias tú. Y lo único que queda es ese murmullo bajo, resignado, de país cansado… acostumbrándose.

Pero esto no va de bandos.

Va de límites.