Opinión

Hantavirus: el virus que nadie esperaba y menos con Fernando Simón

Hay noticias que una lee con serenidad. Cae la bolsa, sube la gasolina, tu hijo se ha dejado otra sudadera de 70 euros en casa de un amigo, cosas de la vida moderna. Fastidian, sí, pero tampoco alteran el sistema nervioso nacional. Pero están las noticias que activan un trauma colectivo instantáneo. Porque una abre el móvil, todavía medio dormida, y se encuentra con esto: “España acogerá un barco con brote de hantavirus”. Ahí ya cambia el cuerpo.

El Crucero del Hantavirus con Fernando Simon de gurú
photo_camera El Crucero del Hantavirus con Fernando Simon de gurú

No ayuda demasiado que, al seguir leyendo, aparezcan palabras como ratas, muertos, OMS, reuniones de emergencia y Fernando Simón asegurando que no supone ningún riesgo. Francamente, parece el inicio de una secuela que nadie había pedido pero que Netflix igualmente habría renovado porque “funcionó la primera temporada”.

Aquella primera temporada, conviene recordar, amiguis, terminó con millones de personas haciendo bizcochos compulsivamente, limpiando paquetes de galletas como si fueran residuos tóxicos, acumulando papel higiénico como si el apocalipsis fuese gastrointestinal y manteniendo conversaciones familiares congeladas por videollamada mientras alguien gritaba: “¡No te oímos!”

El hantavirus, además, tiene muy mala marca comercial. Suena mal. No transmite calma. Parece el nombre de un villano secundario de Marvel.

Pero lo realmente delicado llega cuando lees que se transmite por inhalación de partículas procedentes de heces y orina de rata. Hay expresiones que no deberían aparecer nunca juntas en una misma frase. Nadie termina de leer eso y piensa: “Bueno, qué paz interior”. No, esta frase tiene una humedad narrativa innecesaria.

En medio de toda esta maravilla narrativa aparece Fernando Simón, que ya no es simplemente un epidemiólogo. Fernando Simón se ha convertido en una experiencia emocional colectiva. Tiene esa capacidad única para pronunciar frases tranquilizadoras que producen exactamente el efecto contrario.

Yo ya no lo escucho como quien escucha a un experto sanitario. Lo escucho como quien oye un ruido raro en el coche, puede no ser nada, pero mentalmente ya estás mirando precios de talleres.

Todos recordamos aquello de “España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado”. Y acabamos encerrados en casa desinfectando bolsas de patatas fritas como si fueran residuos nucleares y hablando con la planta del salón porque era el único ser vivo que no discutía.

Por eso, cuando ahora afirma que “no cree que vaya a suponer un riesgo para España en absoluto”, el país entero responde de manera muy madura y equilibrada: “Fenomenal. Voy llenando la despensa por si acaso”.

Mientras tanto, Pedro Sánchez ya ha reunido a Interior, Sanidad y Transportes para estudiar la situación. Que oye, eso a mi me da una mezcla maravillosa de tranquilidad y miedo administrativo. España no hace reuniones. España organiza crossovers ministeriales. Tú ves esas imágenes y parece que estén preparando una evacuación interplanetaria. Uno mirando mapas, otro poniendo cara de “esto no estaba en el PowerPoint” y Pedro Sánchez adoptando esa expresión de presidente elegante de serie danesa que anuncia restricciones mientras fuera llueve a cántaros.

Que igual no pasa nada. Ojalá. Probablemente dentro de una semana estemos otra vez hablando de Eurovisión, del calor insoportable o de alguna influencer vendiendo agua con clorofila y ansiedad embotellada a 38 euros el litro.

Pero hay algo profundamente español en toda esta situación. Esa capacidad para aceptar un crucero con un virus asociado a ratas mientras las autoridades nos piden calma y nosotros asentimos con la misma convicción con la que alguien dice “una copa y me voy” un jueves y aparece el sábado desayunando bravas.

Y aun así, hay algo entrañable en este país, podrán llegar barcos inquietantes, sonar palabras desagradables, convocarse reuniones de emergencia y aparecer expertos en televisión explicando cosas con gráficos de colores, que aquí siempre habrá alguien capaz de resumirlo todo con una frase maravillosa:

“Bueno… mientras no vuelvan las videollamadas familiares con aplausos de fondo, todavía hay esperanza.”