Opinión

ICAM: la crueldad de decidir sobre un enfermo sin mirarlo de verdad

Hay una forma de violencia que no deja marcas visibles. No grita, no empuja, no insulta. Se sienta frente a ti, te hace cuatro pruebas deprisa, anota algo en un papel y decide sobre tu vida con una frialdad que hiela más que cualquier diagnóstico. Esa violencia tiene forma de trámite, tono administrativo y, en demasiados casos, nombre y apellido: ICAM.

Yo fui al tribunal médico con Esclerosis Múltiple. No con un catarro. No con una torcedura. No con una excusa para alargar unas vacaciones. Fui con una enfermedad neurológica seria, crónica, imprevisible y profundamente limitante. Fui con las piernas dormidas, con hormigueo, con dolor crónico, con problemas en la espalda, con un cuerpo que hace tiempo dejó de ser un lugar cómodo para vivir y se convirtió en un terreno de resistencia diaria.

Y allí, delante de todo eso, la respuesta fue una especie de parodia de valoración médica.

Me hicieron mover las manos, los dedos, cerrar los ojos, contestar cuatro preguntas y poco más. Nada de las piernas. Nada de la espalda. Nada del dolor real. Nada del cansancio brutal que acompaña a muchas enfermedades neurológicas. Nada de cómo se sostiene una jornada laboral cuando tu cuerpo va por libre y tu sistema nervioso parece empeñado en sabotearte desde dentro. Nadie preguntó algo tan elemental y tan decisivo como esto: “¿Tiene usted fuerza para afrontar el día?”. Nadie quiso saber qué significa, de verdad, intentar vivir y trabajar así.

Y uno sale de allí con la sensación de no haber sido examinado, sino despachado. Como si no fueras una persona enferma, sino una molestia en la cadena de montaje burocrática.

Pero lo más grave no es solo la superficialidad con la que te miran. Lo más grave es saber que quien realmente toma la decisión final ni siquiera te ha visto. Ni te ha escuchado. Ni te ha explorado. Ni ha observado cómo caminas, cómo te sientas, cómo te duele el cuerpo al moverte, cómo intentas mantener la compostura mientras por dentro vas hecha pedazos. La baja, el alta o la incapacidad la decide, según te dicen, un médico del trabajo. Un médico que no te conoce. Que no te ha visto. Que no te ha tocado la espalda. Que no ha mirado tus piernas. Que no sabe cómo te levantas por la mañana ni cómo llegas al final del día.

Y aquí la indignación ya no es solo legítima. Es obligatoria.

Porque estamos hablando de una enfermedad neurológica. Neurológica. No estética, no decorativa, no opinable. Neurológica. Y lo razonable, lo humano y lo médicamente serio sería pensar que alguien con Esclerosis Múltiple debería ser valorado por especialistas que entiendan realmente la enfermedad. Por neurólogos. Por personas con formación específica para comprender lo que significa vivir dentro de un sistema nervioso que falla. Pero no. Todo indica que ni quien te ve en el ICAM ni quien termina decidiendo tienen por qué ser neurólogos. Y eso es sencillamente escandaloso.

Es como si a alguien con un problema cardíaco lo evaluara quien arregla lavadoras y luego firmara otro señor desde otro edificio diciendo que el corazón va estupendamente. Una grotesca falta de rigor disfrazada de procedimiento.

Mientras tanto, tu médico de cabecera, el que sí te conoce, el que sí te ha visitado, el que sí sabe tus patologías, el que sí ha seguido tu evolución y ha considerado que no puedes trabajar, ve cómo su criterio queda reducido a poco menos que un adorno. Vale más un trámite exprés que el conocimiento real del paciente. Vale más una exploración de cinco minutos que meses o años de seguimiento clínico. Vale más la distancia que la verdad.

Y eso duele. Duele muchísimo. Porque no solo te sientes enferma. Te sientes abandonada. Juzgada. Perseguida incluso. Como si, además de convivir con una enfermedad dura, tuvieras que soportar la sospecha de estar exagerando. Como si el sistema te colocara delante un cartel invisible que dijera: “Demuéstralo”. Demuestra que el dolor duele. Demuestra que el hormigueo agota. Demuestra que las piernas dormidas no son una metáfora. Demuestra que la fatiga neurológica no es pereza. Demuestra que tu cuerpo no puede, aunque hayas hecho el esfuerzo heroico de presentarte allí peinada, vestida y con la dignidad todavía en pie.

Lo más cruel del ICAM, cuando funciona así, es que despoja al enfermo de su condición humana. Lo convierte en expediente. En sospecha. En número. En problema administrativo. Y ese tipo de violencia, tan pulcra, tan fría y tan institucional, deja una herida profunda: la de sentir que el sistema que debería protegerte se ha convertido en una apisonadora que pasa por encima precisamente de quien menos fuerzas tiene para resistir.

Porque no hay nada más salvaje que obligar a una persona enferma a defenderse de quienes deberían cuidarla.