Opinión

La izquierda y su manía de hacer el ridículo en Semana Santa

Hay una parte de la izquierda española que no pasa una Semana Santa sin regalarse a sí misma un numerito intelectual de feria. No hablo ya del ateo clásico, que por lo menos te dice “mira, no me gusta esto” y se va a tomar un vermú. No. Hablo de esa izquierda de plató, de tuit y de ceja arqueada que necesita convertir cualquier tradición ajena en una tesis de cuarto de sociología mal digerida.

Procesión de Semana Santa en Zaragoza. Foto Ayuntamiento.
photo_camera Procesión de Semana Santa en Zaragoza. Foto Ayuntamiento.

Ven una procesión, ven una túnica, ven un capirote y, con ese entusiasmo tan suyo por mezclar churras, merinas y propaganda, sueltan: “Es que esto es como el burka”. Y se quedan tan anchos. Tan satisfechos. Tan orgullosos de haber descubierto, ellos solos, en pleno arrebato de superioridad moral, que dos cosas largas de tela son lo mismo. Einstein, a su lado, un becario.

Porque esa es la profundidad del análisis: tela igual a tela. Prenda religiosa igual a prenda religiosa. Y ya está. Fin del pensamiento. Cerramos la facultad, apagamos la luz y que repartan los diplomas en la tómbola.

Según esta lógica prodigiosa, una bata de médico y un albornoz son exactamente lo mismo, porque los dos tienen mangas. Un disfraz de Darth Vader y una toga judicial también. Y una servilleta y la Constitución deben de ser equivalentes si las doblamos bien. Todo vale en esta ruleta del absurdo, siempre que permita soltar la gracieta anticatólica con pose de ensayo brillante.

El problema de esta izquierda no es ya que no entienda nada. Es que presume de no entender nada. Ha convertido la ignorancia en un acto estético. La simpleza en militancia. La tontería en performance.

Porque no, corazón, no es lo mismo un nazareno que un burka. No lo es históricamente, no lo es culturalmente, no lo es simbólicamente, no lo es jurídicamente y no lo es, sobre todo, en algo que a cierta izquierda le da una pereza infinita reconocer cuando le estropea el discurso: la finalidad.

El nazareno sale unas horas en una procesión concreta, dentro de una tradición pública, visible y perfectamente identificable. Nadie pretende que todas las mujeres de una ciudad se tapen de pies a cabeza por pudor, por decencia o para no provocar al varón de guardia. No existe una policía del capirote vigilando si Paqui va enseñando el flequillo con demasiado libertinaje por la plaza del pueblo.

Pero claro, admitir esto exigiría pensar un poco más allá del eslogan. Y pensar cansa. Sobre todo, cuando llevas años llamando “facha” a cualquiera que no participe en tu festival de analogías imbéciles.

Lo más cómico es que esta izquierda, que ve patriarcado hasta en una croqueta mal frita, de repente se pone exquisitamente cursi cuando toca hablar del islam más reaccionario. Ahí ya no hay opresión, ni símbolos, ni estructuras, ni control del cuerpo de la mujer, ni cosificación, ni imposición. Ahí todo es “contexto”, “diversidad”, “sensibilidad cultural” y otras maneras muy finas de hacerse la distraída mientras las mujeres cargan con la tela, la norma y el sermón.

Es fascinante. Si una monja lleva hábito, te dicen que es opresión vintage. Si una señora aparece cubierta hasta las pestañas, entonces hay que abrir un seminario, pedir prudencia, escuchar matices y no caer en simplificaciones. O sea: para ridiculizar lo cristiano, sprint. Para denunciar ciertas imposiciones islámicas, meditación trascendental, incienso y cautela académica.

2025-Procesion-Viernes-Santo en Calahorra
2025-Procesion-Viernes-Santo en Calahorra

La izquierda hace esto con esa cursilería institucional de quien quiere quedar bien con todo el mundo y acaba quedando como un flan tibio. Nunca dicen nada del todo, nunca sostienen nada hasta el final. Practican un progresismo de moqueta: mucha palabra noble, mucho gesto sensible y mucho miedo a incomodar a quien toque. Son especialistas en parecer muy valientes mientras sólo se meten con lo que sale gratis.

La ultraizquierda ya va más lanzada. Esa directamente vive en una gymkana mental en la que el catolicismo español siempre es sospechoso, opresor y casposo, pero cualquier símbolo ajeno debe ser tratado con reverencia, no vaya a ser que alguien en redes les retire el carnet de almas puras. Son los mismos que te explican que una procesión da miedo, pero una imposición religiosa importada merece “escucha activa”. Lo suyo no es coherencia. Lo suyo es turismo ideológico con barra libre de disparate.

A esta gente no le molestan de verdad los símbolos religiosos. Les molestan unos símbolos religiosos, los de siempre, los cercanos, los que creen que pueden patear sin coste. Porque meterse con un nazareno español les sale baratísimo: aplauso de los suyos, risitas de sobremesa y sensación de estar luchando contra Franco desde una terraza con leche de avena.

Pero que nadie les pida el mismo arrojo con realidades donde la mujer sí puede pagar en serio el precio de desobedecer la norma. Ahí ya no. Ahí aparece el tembleque, el eufemismo, el “no es tan simple”, el “hay que contextualizar”. Traducción simultánea: con los débiles de casa me vengo arriba; con los problemas serios me escondo detrás de una palabra larga.

Y lo más irritante es ese tonito de persona que se cree más civilizada que tú porque ha comparado un nazareno con el burka entre un hilo de X y un café de especialidad. Esa suficiencia de alumno que no ha hecho el trabajo pero se ofrece a dar la charla. Esa mezcla de ignorancia, sectarismo y autosatisfacción que convierte cualquier debate en una reunión de vecinos dirigida por un loro ideológico.

Porque no, no han descubierto ninguna gran verdad. No han desenmascarado ninguna hipocresía universal. No han hecho una crítica brillante de la religión. Han hecho lo que llevan años haciendo: confundir provocación con inteligencia, prejuicio con lucidez y ocurrencia con pensamiento.

Comparar nazarenos con burka no retrata la Semana Santa. Retrata a quien hace la comparación. Retrata su pereza mental, su sectarismo de saldo y esa costumbre tan suya de llamar “análisis” a lo que, en realidad, es una ocurrencia vaga con ínfulas de tesis doctoral.

En fin, que comparar nazarenos con burka no es ser lúcido. Es ser vago. Muy vago. Es la crítica de quien no quiere entender nada porque entender obliga a matizar, y matizar no da tantos likes. Así que ahí siguen, con su antifascismo de procesión, su superioridad de bazar y su manía de llamar reflexión a cualquier tontería con eco. Que no es pensamiento crítico. Es karaoke ideológico.