Opinión

María Jesús Montero y el rescate que nadie pidió

Hay políticos que se presentan a unas elecciones, y luego está María Jesús Montero, que no se presenta: aterriza. Como si Andalucía llevara meses atrapada en un incendio, en un naufragio y en una invasión extraterrestre, todo a la vez, esperando a que apareciera ella con la capa planchada, cara de “tranquilos, ya he llegado” y una estela de purpurina a su espalda.

Arcadi España recibe la cartera de ministro de Hacienda de manos de María Jesús Montero Foto Moncloa
photo_camera Arcadi España recibe la cartera de ministro de Hacienda de manos de María Jesús Montero Foto Moncloa

Lo de venir a “rescatar al pueblo andaluz” ya tiene bastante guasa. Más que nada porque para decir una cosa así sin que te dé un ataque de risa antes, hay que tener una fe en una misma que no la tenía ni el VHS de las películas de héroes. Una no va a unas autonómicas. Una va a salvar vidas, a devolver la esperanza, a levantar a los caídos y, si se tercia, a cambiar el agua de las macetas.

Pero lo mejor no es eso. Lo mejor es el conjunto. El envoltorio. La puesta en escena. Ese tono de gran figura histórica que entra en la habitación como si sonara una banda sonora solo para ella. Porque una cosa es tener ambición y otra muy distinta comportarte como si no fueras una candidata, sino el Segundo Advenimiento, pero con coche oficial.

Y luego está la joya de la corona: hablar de sí misma en tercera persona. Eso ya no es autoestima. Eso es haberte montado dentro de la cabeza un museo dedicado a tu persona, con audioguía y tienda de recuerdos. “María Jesús Montero ha hecho esto”. “María Jesús Montero representa aquello”. A este paso cualquier día la veremos inaugurando su propia estatua y diciendo que le emociona muchísimo rendir homenaje a María Jesús Montero.

Y qué maravilla también lo de definirse como “probablemente la mujer con más poder de la democracia”. Ese “probablemente” es fantástico. Es como comerte un cochinillo entero y luego pedir un café con sacarina por guardar la línea. No arregla nada, pero da una sensación de contención que enternece.

Lo realmente cómico es la pirueta: alguien que lleva años instalada en el poder aparece ahora como si acabara de descubrir, bajando del monte, que en Andalucía hay problemas y que menos mal que viene ella a solucionarlos. Es como si el dueño de una gotera apareciera en mitad del salón, con el cubo ya rebosando, y dijera muy serio: “No os preocupéis, he venido a rescataros de esta humedad”.

En resumen: no llega una candidata. Llega una señora tan fascinada por su propio personaje que ya no hace campaña, se hace un homenaje. Y cuando un político se toma tan en serio a sí mismo, al final el trabajo sucio no se lo hace la oposición. Se lo hace él solo.