Opinión

La niña que esperaba libros

Hay casas donde el ruido de fondo es la televisión. En la mía era el pasar de páginas. Un sonido suave, casi musical, como el agua cuando hierve o la persiana al caer en verano. Y sin darme cuenta, mis padres me enseñaron un truco secreto: que la vida podía tener puertas invisibles… y que casi todas estaban dentro de un libro.

la niña que esperaba libros
photo_camera la niña que esperaba libros

El 23 de abril, el mundo se llena de rosas. Pero yo siempre he pensado que a mí me regalaron algo más peligroso: la costumbre de escapar. Y eso, bien mirado, es un regalo precioso. Mis padres no solo me enseñaron a leer. Me enseñaron a querer leer, que es bastante más importante y bastante menos fácil.

Me iba con Los Cinco como quien se escapa por la ventana sin hacer ruido. Me colaba en meriendas improvisadas, en bicicletas con nombre propio y en aventuras donde el mayor problema era si habría suficiente limonada para todos. Después me internaba en los pasillos de Torres de Mallory, aprendiendo que crecer también era equivocarse con elegancia… o al menos intentarlo. Y cuando quería duplicarme, como quien no quiere elegir, me convertía en una de Las mellizas O Sullivan, porque a veces una sola versión de ti misma se queda corta.

Pero había otro momento, casi sagrado, que no salía en los libros y que, sin embargo, era pura literatura: la llegada del señor del Círculo de Lectores. Ese hombre era, en mi memoria, una especie de repartidor de magia con catálogo. Mi padre lo dejaba sobre la mesa como quien deja un tesoro y decía: “Venga, ¿qué libros queréis?”. Y de repente el mundo se reducía a eso: elegir.

Elegir. Que no es poca cosa cuando eres pequeña y todavía no sabes que la vida, luego, te hará elegir otras cosas menos amables y bastante menos emocionantes que un catálogo lleno de historias.

Yo pasaba páginas con una concentración de cirujana infantil, calculando, soñando, decidiendo. Y cuando por fin marcaba mis elecciones, empezaba la espera. Una espera de esas que hoy ya no existen, porque ahora todo llega en un clic y entonces llegaba con ilusión.

Y ahí estaban, como si fueran un regalo de cumpleaños sin fecha, los libros de El pequeño vampiro. Yo los esperaba como quien espera una visita importante. Como quien sabe que algo bueno está a punto de pasar. Porque lo estaba, y ahí estaban mis padres, una vez más, alimentando esa felicidad pequeña y enorme a la vez, poniendo libros en manos de una niña y llenando su vida de refugios.

Luego llegaron otras lecturas, otras edades. José Luis Martín Vigil me hablaba bajito, como si supiera que hay preguntas que solo se hacen cuando nadie mira. Y yo leía con esa seriedad que tenemos de pequeños cuando creemos que estamos entendiendo algo importante, aunque no sepamos muy bien el qué.

Un día apareció La vida sale al encuentro y fue como si alguien encendiera la luz en una habitación que ya conocías a oscuras. Y más tarde, Un sexo llamado débil, que me enseñó que algunas palabras no vienen a gustar, vienen a quedarse.

También fui muchas veces Jo March en Mujercitas, escribiendo en cuadernos invisibles y prometiéndome que algún día tendría una vida interesante. Y, por supuesto, me perdí con Scarlett O'Hara en Lo que el viento se llevó, aprendiendo que hay personas que no se rinden… aunque a veces deberían haberlo hecho un poquito antes.

Leía como quien vive dos veces. Como quien prueba identidades en un probador sin espejos. Como quien ensaya el dolor, la alegría, el amor y la pérdida sin que nadie le pida explicaciones.

Y mis padres, mientras tanto, no hacían discursos. No me dijeron nunca “leer es importante”. No me dieron una charla TED en la cocina. Hicieron algo mucho más eficaz: me dejaron ver que para ellos también lo era. Me regalaron libros como quien regala mapas, sin exigir destino. Me enseñaron que una casa con libros es una casa con ventanas. Me hicieron uno de los regalos más grandes de mi vida: ese amor por la lectura que luego ya no te abandona nunca, aunque te fallen muchas otras cosas bastante más ruidosas.

Y, de paso, me enseñaron a esperar. A desear. A ilusionarme con algo que no hacía ruido pero lo cambiaba todo. Y ahora que lo pienso, qué suerte la mía: haber tenido unos padres que, en vez de llenarme solo las estanterías, me llenaron la cabeza de mundos y el corazón de ganas de entrar en ellos.

Hoy es Día de Sant Jordi, y las calles se llenan de historias nuevas, de autores que firman y de lectores que buscan. Pero yo, si me paro un segundo, sigo viendo a esa niña que abre un libro como quien abre una puerta prohibida. Y detrás, a dos personas que, sin hacer ruido, le colocaron la llave en la mano.

Porque al final, Sant Jordi no va solo de libros y rosas. Va de esto: de alguien que un día te enseñó a leer… y sin saberlo, te enseñó a vivir un poco más.