Opinión

Regularización con cargo al contribuyente

Hay que reconocer que este país tiene una creatividad extraordinaria para gestionar mal las cosas y, además, exigir aplauso por el esfuerzo. No es fácil. Hace falta talento, constancia y una relación muy tóxica con la realidad. Pero aquí se consigue. Aquí uno contempla un desorden de tamaño industrial y, en vez de ver un fracaso, se le invita a ver un gesto de humanidad, una muestra de progreso, un acto de valentía política y, si te descuidas, una obra colectiva digna de ser cantada con violines de fondo.

Inmigrantes asaltando la valla de Melilla (2014)
photo_camera Inmigrantes asaltando la valla de Melilla (2014)

La regularización masiva de inmigrantes entra de lleno en esa categoría tan española de decisiones que se presentan como nobles y modernas, pero que huelen sospechosamente a “ya veremos cómo salimos de esta sin que se note mucho”. Primero dejas que las cosas se acumulen, luego miras al techo con cara de funcionario cansado, después anuncias una solución extraordinaria y finalmente esperas que la palabra “extraordinaria” haga olvidar que lo verdaderamente extraordinario era haber dejado que todo llegara hasta ahí.

Porque ese es el milagro nacional: aquí el problema nunca estalla. Aquí el problema se humaniza.

Y qué casualidad tan mona, además, que esta clase de genialidades aparezcan justo cuando los que llevan años repartiéndose superioridad moral empiezan a notar que el suelo electoral les hace ruiditos. Una, que es mal pensada, empieza a sospechar cosas. No afirmar, Dios me libre. Sospechar. Intuir. Tener ese presentimiento tan español de que, cuando de repente desde el poder descubren una inmensa compasión por cientos de miles de personas, igual no todo es amor al prójimo y gestión responsable. Igual hay también una ternura sobrevenida por futuros agradecimientos en las urnas. Igual. Solo digo que el calendario político, cuando quiere, se pone más cariñoso que una abuela con bizcocho.

Nos dicen que todo esto es integración. Orden. Realismo. A mí lo que me fascina es el uso del idioma. Qué flexibilidad. Qué cintura. Qué manera de llamar “ordenar” a llegar tarde, mal y con una estampita. Aquí uno podría abrir las puertas del metro, dejar que entraran trescientas personas en un vagón para ochenta y luego anunciar que está impulsando una nueva política de movilidad inclusiva. Ese es el nivel. No se corrige el descontrol. Se le cambia el nombre y se espera que, rebautizado, resulte menos feo.

Mientras tanto, el país real sigue con sus pequeñas rarezas sin importancia. Por ejemplo, encontrar vivienda se ha convertido en un deporte extremo. Alquilar un piso no es ya una operación inmobiliaria, es una oposición con elementos de escape room. Piden nómina, aval, contrato, tres últimas vidas anteriores y, si el casero te ve cara de necesitar techo, desconfía. Pero nada de eso parece frenar a nuestros ingenieros del buenismo administrativo, convencidos de que si a un mercado ya tensionado le echas más presión, lo mismo florecen apartamentos por generación espontánea, como los champiñones después de la lluvia.

La fe política española en los milagros logísticos debería estudiarse. El país no construye vivienda suficiente, no alivia la presión del alquiler, no arregla el acceso de los jóvenes, no endereza los salarios y no consigue que media población deje de compartir piso a edades en las que ya debería estar discutiendo hipotecas, no turnos de fregado. Pero aun así hay gente en el poder que actúa como si el espacio fuera una opinión y las paredes se ensancharan solas cuando uno pronuncia la palabra “inclusión” con suficiente emoción.

Con la sanidad ocurre algo parecido. Tú tardas en conseguir cita, llegas al especialista cuando tu dolencia ya ha madurado como un queso curado y descubres que la lista de espera tiene más continuidad histórica que la dinastía de los Borbones. Pero no seas aguafiestas. No preguntes por capacidades. No preguntes por saturación. No preguntes por qué, si ya vamos justos, se sigue actuando como si los servicios públicos fueran el bolso de Mary Poppins. Todo cabe. Todo entra. Todo se absorbe. Debe de ser maravilloso gobernar desde ese universo paralelo en el que nunca falta un médico, nunca falta una plaza y nunca falta una excusa.

A esto se suma el famoso efecto llamada, que según cierta sensibilidad oficial, solo invocan señores con mal carácter y gente que desayuna demasiado pronto. Pero resulta que los seres humanos, en un giro inesperadísimo, responden a incentivos. Ya ves tú qué extravagancia. Si en un país se instala la idea de que entrar, quedarse, esperar y acabar regularizado puede salir razonablemente bien, lo raro no sería que eso influyera. Lo raro sería que no influyera nada. Sería la primera vez en la historia que una expectativa favorable no genera conducta.

Nadie serio dice que todo se explique por una sola medida ni que cada persona que venga lo haga pensando exactamente en esto. Eso sería simplón. Pero hacerse el tonto con los incentivos ya no es simplón: es directamente ofensivo para la inteligencia básica del contribuyente, que bastante tiene con pagar la fiesta como para que encima le pidan que niegue la música.

Porque ese es otro detalle encantador. En España, toda política grandilocuente acaba descansando sobre la espalda del de siempre. El que madruga, paga impuestos, espera la cita, busca piso, lidia con el colegio saturado y encima tiene que poner cara de alumno aplicado mientras le explican que cualquier objeción es falta de sensibilidad. Aquí se ha puesto muy de moda esa forma de compasión en la que unos deciden quedar estupendamente y otros pagan las consecuencias. Es una compasión muy eficiente cuando no la practicas en tu barrio, ni en tu centro de salud, ni en la puerta del piso que intenta alquilar tu hijo.

Para mí lo más divertido de todo no es siquiera la medida, es la forma en que se pone voz grave para anunciar lo que, en el fondo, no deja de ser una confesión de incapacidad envuelta en papel de regalo. Porque una regularización masiva no suena a Estado fuerte, suena a Estado que llega tarde, mira el estropicio y decide decorarlo con palabras bonitas para que parezca una decisión histórica en vez de un apaño con focos.

Y lo mejor viene después, cuando uno señala que quizá esto genere tensiones añadidas sobre vivienda, servicios y convivencia. Entonces aparece el coro habitual, esa patronal de la superioridad moral, para explicarte que el problema no es el problema, sino que tú lo mires. En este país se perdona antes la chapuza que el diagnóstico. Puedes hacer cualquier disparate siempre que lo vistas de compasión. Lo imperdonable es describirlo sin violín de fondo.

Al final, la sensación que deja todo esto es muy española. Esa mezcla de sainete y castigo fiscal. Como si el país fuera un restaurante con la cocina ya colapsada, los camareros llorando en el baño y la freidora pidiendo auxilio, pero en la puerta siguiera sonriendo el encargado, invitando a pasar a más gente porque queda fenomenal parecer hospitalario cuando la cuenta la paga otro.

Y una empieza a pensar que aquí ya no se gobierna. Aquí se improvisa con autoestima. Aquí no se resuelven problemas, se barnizan. Y cuando el barniz se cae, se vuelve a aplicar otra capa de discurso hasta que nadie sepa si vive en un país o dentro de un folleto institucional escrito por alguien con alergia a la realidad.

No sé cómo acabará todo esto. Bueno, sí lo sé un poco. Más tensión en la vivienda. Más presión sobre servicios ya fatigados. Más barrios haciendo encaje de bolillos con decisiones tomadas muy lejos de sus aceras. Más ciudadanos con la sensación de que el Estado siempre tiene soluciones generosísimas mientras el generoso, curiosamente, es otro.

Lo que no sé es cuánto tiempo más va a durar esta costumbre nacional de presentar como hazaña lo que en cualquier lugar serio se llamaría dejadez con marketing.

Pero reconozco que, como comedia, tiene momentos brillantes.

Sobre todo ese instante en que quienes no han sido capaces de ordenar nada salen a explicarte, muy erguidos, que el desorden era en realidad el plan.