Existe una diferencia fundamental entre la ignorancia y el fanatismo que suele pasar desapercibida. La ignorancia nace del desconocimiento y puede corregirse con información, educación y voluntad de aprender. El fanatismo, en cambio, aparece cuando una persona deja de escuchar aquello que contradice sus propias convicciones y convierte sus certezas en una barrera contra la realidad. La primera limita la capacidad de comprender; el segundo bloquea la voluntad de comprender.
Y esta diferencia ayuda a explicar uno de los grandes problemas de las democracias actuales: el abandono del pensamiento crítico en favor de la fidelidad política.
En toda sociedad habrá ciudadanos poco informados, votantes que decidan por simpatía, por costumbre o por simple impulso. Eso ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo. Lo verdaderamente preocupante aparece cuando el voto deja de ser una decisión razonada para convertirse en un acto de pertenencia. Es el voto del «porque sí».
No se apoya un programa. No se evalúa una gestión. No importa si se han cumplido las promesas o si las decisiones adoptadas benefician realmente al interés general. Se vota a unas siglas con la misma lealtad con la que un aficionado sigue a su equipo de fútbol. Lo importante ya no es lo que hace el partido, sino que sigue siendo el mío.
Lo vemos cada vez que estalla un caso de corrupción. Si el investigado pertenece al partido rival, las peticiones de dimisión son inmediatas y las condenas rotundas. Si pertenece al propio, aparecen la prudencia, la presunción de inocencia y toda clase de justificaciones. El criterio deja de depender de los hechos y pasa a depender del color político del acusado.
Ocurre lo mismo con las promesas electorales. Gobiernos de cualquier signo anuncian compromisos que después no siempre cumplen. Sin embargo, una parte de sus votantes continúa respaldándolos sin formular la más mínima crítica. La fidelidad pesa más que la coherencia.
Ese comportamiento no pertenece a una ideología concreta. Existe en la izquierda y en la derecha; entre nacionalistas y constitucionalistas; entre jóvenes y mayores. Cambian las siglas, pero el mecanismo es el mismo: se deja de juzgar a los partidos por sus decisiones y se empieza a defenderlos como si formaran parte de la propia identidad.
Y no ocurre únicamente en la política. Lo hemos visto también recientemente en el mundo del deporte, durante la celebración de un campeonato mundial, cuando algunos comportamientos han demostrado que el sentimiento de pertenencia puede llegar a imponerse al análisis sereno de los hechos. Una crítica al equipo, al deportista o al resultado deja de interpretarse como una opinión y empieza a verse como una traición. La camiseta pesa más que el criterio.
El mecanismo es exactamente el mismo que en la política: cuando alguien siente que cuestionar a los suyos equivale a atacarse a sí mismo, deja de analizar la realidad y comienza únicamente a defender una identidad.
El fanático no defiende una idea porque sea verdadera; acaba considerando verdadera una idea porque es suya. Cuando esa actitud se generaliza, la democracia empieza a deteriorarse.
Si una parte importante del electorado va a votar pase lo que pase, los partidos dejan de competir por gobernar mejor y empiezan a competir por movilizar emociones. Resulta más rentable alimentar el miedo, el resentimiento o el enfrentamiento que presentar reformas complejas, reconocer errores o rendir cuentas de la gestión realizada. El voto deja entonces de ser un mecanismo de control para convertirse en un cheque en blanco.
Y una democracia donde los ciudadanos conceden cheques en blanco termina generando dirigentes que también se sienten libres para incumplir promesas, justificar contradicciones o minimizar escándalos. Al fin y al cabo, saben que una parte de su electorado seguirá apoyándolos porque sí.
Quizá haya llegado el momento de recordar que votar no consiste en defender a los nuestros, sino en exigirles responsabilidades. La democracia no necesita creyentes ni hinchas; necesita ciudadanos. Personas capaces de premiar los aciertos, castigar los errores y cambiar de opinión cuando los hechos lo aconsejan.
Porque la democracia no fracasa cuando un partido gobierna mal. Tiene mecanismos para corregirlo. Empieza a fracasar cuando millones de ciudadanos deciden que nada de lo que haga su partido cambiará jamás su voto. Ese día, las urnas dejan de ser un instrumento de control para convertirse en un acto de fe.
Y cuando la fe política sustituye al juicio crítico, la democracia deja de ser un espacio de deliberación y empieza a convertirse en una competición de lealtades.
La democracia no se pierde el día que dejamos de votar. Empieza a perderse el día que dejamos de pensar antes de hacerlo.