Hay cumbres que buscan soluciones y otras que buscan foco. La reciente reunión de líderes progresistas en Barcelona, con su cuidada escenografía y su narrativa perfectamente engrasada, parece pertenecer más a la segunda categoría. No tanto un espacio para resolver tensiones, sino un escenario para apartarlas del encuadre. O, si se prefiere, para apartarlas momentáneamente del encuadre.
Allí, Pedro Sánchez (España) ejercía de anfitrión y Teresa Ribera (España) de portavoz de una idea ambiciosa: el escudo europeo de la Democracia. A su lado, Lula da Silva (Brasil) aportaba peso simbólico. Pero la escena, como tantas veces en política, se entiende mejor por lo que falta que por lo que aparece. No estaban Olaf Scholz (Alemania), Keir Starmer (Reino Unido), Mette Frederiksen (Dinamarca) ni Donald Tusk (Polonia). Es decir, los actores europeos con mayor capacidad de decisión no acudieron. Y esa ausencia — silenciosa, pero elocuente— delimita el verdadero alcance del encuentro.
En ese contexto, Teresa Ribera presentó el Escudo como “la herramienta más ambiciosa contra la desinformación y la inacción del poder”. Añadió que debía “desmonetizar a quien lucra con la mentira” y “proteger a la ciudadanía”. La formulación es impecable. Nadie discutiría esos principios en abstracto. Pero la política no se mide en abstracto.
La dificultad aparece cuando se contrasta el discurso con la práctica. Cuando se habla de transparencia, surgen episodios como la DANA, el apagón eléctrico o el accidente ferroviario de Adamuz, donde la gestión informativa y la asunción de responsabilidades han sido, cuanto menos, cuestionadas. . Cuando se invoca la rendición de cuentas, esos mismos casos siguen presentes en la memoria pública. Y cuando se promete sancionar la inacción del poder, la duda es inevitable: si ese principio es constante o circunstancial.
No es el contenido lo que falla. Es la coherencia. Y ahí es donde la cumbre cambia de significado. Porque deja de ser solo un foro político para convertirse en algo más preciso: un instrumento de proyección. No tanto del país como del presidente.
En un contexto interno marcado por desgaste, controversias y una agenda cargada de problemas estructurales —sanidad, educación, seguridad, vivienda, paro, corrupción— , la política exterior ofrece una vía alternativa: construir una imagen de liderazgo global. Presentarse como referente internacional, como defensor de grandes causas, como figura con recorrido más allá de las fronteras nacionales. Una imagen sólida hacia fuera que contrasta con una realidad más compleja hacia dentro. La paradoja es evidente. Mientras se construye esa imagen hacia fuera, hacia dentro persisten problemas domésticos que no encuentran el mismo protagonismo. No desaparecen; se desplazan, se diluyen. Como si el foco internacional funcionara, en parte, como una luz intensa que deja el resto en penumbra.
No es casual. Iniciativas como el “no a la guerra”, los foros de líderes progresistas o las visitas estratégicas forman parte de una estrategia que va más allá de la diplomacia y que no solo busca posicionamiento internacional, sino también control del relato interno. La política exterior, en este contexto, no sustituye a la gestión nacional, pero sí compite con ella por la atención. Y en esa competencia emerge la cuestión de fondo. No tanto si estas acciones son legítimas, —que pueden serlo—, sino para qué se utilizan.
Porque cuando la política exterior empieza a funcionar como plataforma personal, el equilibrio se altera. El país deja de ser el centro para convertirse en el medio. Un medio útil para proyectar una trayectoria, para construir una posición futura, para consolidar una imagen que trascienda el presente. El riesgo no es inmediato, pero sí profundo. Cuando la proyección pesa más que la gestión, la política se desplaza. Y cuando se desplaza, la confianza empieza a erosionarse.
Al final, todo se reduce a una pregunta incómoda: ¿se gobierna para los ciudadanos o para el siguiente escenario?
El Escudo Democrático promete proteger a la ciudadanía de la inacción del poder. Pero ningún escudo protege si quien lo empuña no responde ante lo que ocurre dentro.
Porque la democracia —esa palabra tan repetida en discursos— no se sostiene en foros, ni en declaraciones, ni en escenarios internacionales. Se sostiene en algo mucho menos espectacular y mucho más exigente: la coherencia.
Y cuando esa coherencia se rompe, no hace falta que el sistema caiga. Basta con que deje de ser creíble. Ese es el verdadero riesgo. No el ruido de la política. Sino el silencio de la confianza cuando empieza a desaparecer.