Opinión

Los Goya, las reivindicaciones… y los silencios

La gala de los Premios Goya hace tiempo que dejó de ser únicamente una celebración del cine. Es también una tribuna política, un escaparate de causas y un escenario de posicionamiento moral. Quien tiene foco, opina. Y quien opina en prime time, influye.

La foto de grupo de los premiados en el Goya 2026
photo_camera La foto de grupo de los premiados en el Goya 2026

En las últimas ediciones hemos escuchado reivindicaciones sobre la guerra en Gaza, la crisis climática, la violencia machista, la memoria histórica, la igualdad de género en la industria cultural o la defensa de lo público. También se han lanzado críticas a la polarización política, a la extrema derecha y a determinadas políticas migratorias. No es anecdótico: forma parte del ADN contemporáneo de la ceremonia.

El debate no es si esas causas son legítimas. Muchas lo son. El debate es otro: ¿qué criterios determinan qué tragedias o conflictos merecen minutos de aplauso y cuáles pasan desapercibidos? ¿qué ocurre con las tragedias que no encuentran hueco en el guion de la noche? ¿Dónde quedan, por ejemplo, las víctimas de episodios recientes como el de Adamuz? Si alguien pregunta “¿dónde está el recuerdo a las víctimas de Adamuz?”, La pregunta no es oportunista; es estructural, porque cuando el escenario se utiliza para reivindicar causas, la ausencia de otras genera una percepción de parcialidad y de selectividad. Y en una sociedad polarizada, esa percepción no es menor.

La gala está organizada por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. No es un acto institucional del Estado, sino un evento cultural privado con enorme visibilidad pública. No existe obligación formal de recordar cada tragedia nacional y que la gala se convierta en boletín oficial del dolor nacional.  Pero precisamente por eso, quizá debería ser prudente a la hora de erigirse en conciencia moral colectiva porque cuando el escenario se convierte en tribuna política, la selección de causas deja de ser neutra.

El cine es arte. La gala es industria. Convertirla en plataforma de posicionamiento político permanente la desplaza hacia otro terreno: el de actor ideológico. Y cuando se entra ahí, la coherencia se vuelve exigible.

La cultura tiene derecho a alzar la voz. Pero también debe asumir que, al hacerlo, entra en el terreno de la coherencia. Si el foco ilumina solo determinadas causas, el mensaje deja de percibirse como universal y pasa a leerse como alineado y es aquí cuando la empatía selectiva debilita la fuerza moral del gesto.

Quizá la cuestión no sea exigir que cada tragedia tenga su minuto en la alfombra roja. Tal vez la pregunta más profunda sea si el escenario de los Goya es el lugar adecuado para jerarquizar dolores. Porque cuando la alfombra roja se convierte en parlamento moral, el cine queda en segundo plano y la polarización ocupa el centro. Cuando unas víctimas reciben foco y otras no, el debate deja de ser artístico y se convierte en político.

En España, donde cada silencio se interpreta tanto como cada discurso, los silencios también hablan y el arte, cuando se convierte en trinchera, deja de ser punto de encuentro para convertirse en espejo de la división.