Mientras a todos nos encanta crucificar al golfo de Ábalos por lo bien que se lo ha montado con sus sobrinas, nos interesa menos indagar sobre la ignominiosa actitud de Zapatero respaldando un régimen que ha dado matarile a miles de venezolanos. Somos así, nos pasa con todo. Confundimos golfo con corrupto igual que churras con merinas. Y mientras eso pasa, en España tenemos una bomba de relojería llamada “vivienda”, cuyo cronómetro activó su recorrido al perfecto y diseñado albur de la concatenación del covid y la guerra de Ucrania como escusas perfectas y que, desde entonces, su ocaso no ha hecho más acelerar el recorrido de sus agujas, tic tac... A este gobierno zombi nada le acelera el pulso, ni siquiera que todas las encuestas dicten sentencia sobre el gran problema del siglo XXI.
Una nefasta ley puesta en marcha hace dos años, sobre la que sus inventores a resguardo en su privilegiadas mansiones, siguen empeñados en seguir aplaudiendo, es la que ha impregnado de inseguridad jurídica un sector que hasta hace una década funcionaba a las mil maravillas y que ahora, en cambio, se ha convertido en la tumba de numerosas familias que, en un abrir y cerrar de ojos, se ven durmiendo al raso bajo un puente o corriendo a cobijarse en la casa del pueblo de los padres o abuelos, los que todavía la mantienen, generando con ello un efecto bumerán que afecta a toda la escala social y económica de la nación, hasta el punto de hacer desaparecer la clase media que hace que hace funcionar cualquier país.
Mientras los propietarios negocian al margen de la ley, cual delincuentes encubiertos, el desahucio de sus propios hogares, prometiendo al cielo que jamás volverán a alquilar la vivienda, vemos como crece el pernicioso efecto que expulsa de las ciudades a sus trabajadores, imposibilitados de pagarse un alquiler con su sueldo, a las empresas como ponen el grito en el cielo ante la falta de mano de obra al tiempo que se mantiene en tres millones de parados las listas del desempleo, y se convierte en elefantiásico el absentismo laboral de una clase trabajadora falta de escrúpulos, sabedora de tener la sartén por el mango, pues no habrá jefe que se atreva a despedirlos aún actuando de esa impropia manera. Ojo, siendo la administración, dícese de los empleados que más cobran con trabajo garantizado de por vida, quienes más faltan a su responsabilidad. La limpieza que hace falta es descomunal.
Estamos creando la burbuja perfecta, la bomba a punto de estallar. Y todavía tendremos que volver a escuchar, que es el turismo el culpable de esta barbaridad, cuando un año más ha sido la principal industria del país, alcanzando los casi 100 millones de extranjeros que nos han visitado dejándose casi 200.000 millones de euros en España y generando tres millones de puestos de trabajo directos y otros siete indirectos. El problema es que, gracias a esta descripción de la cuadratura del círculo, pronto no podremos ni atenderlos. La palabra vulnerable, tan moldeable como maldita, se ha convertida en la herramienta de quien no quiere pagar, convirtiendo en verdadero vulnerable al propietario que se queda en la calle, con una nómina de 1.300 euros y haciendo frente a la hipoteca y los gastos de su propia vivienda, esa que tiene okupada.
El Gobierno ha prorrogado el pernicioso real decreto que permite esta atrocidad, siguen prohibidos los desahucios de inquilinos vulnerables sin dar una solución habitacional a los arrendatarios, reconociendo que sólo se da solución al 2% de los caos y convirtiendo a los propietarios en el verdadero escudo social, consiguiendo que hayan sido más de 5.000 los que hayan pactado una solución con sus propios okupas. Brutal. Pero nada, no se preocupe que, si hoy hubiese elecciones, todavía habría 6 millones de españoles que votarían al causante de sus principales problemas. Disfruten lo votado.