Nobel de la Paz, legitimidad electoral y el dilema constitucional de una transición inconclusa en Venezuela

María Corina Machado y Edmundo González

El 10 de diciembre de 2025, Oslo volvió a convertirse, por unas horas, en la capital moral de la causa venezolana. La dirigente opositora María Corina Machado fue distinguida con el Premio Nobel de la Paz 2025. Por razones de seguridad, el galardón fue recogido en la ceremonia por su hija, Ana Corina Sosa, antes de que Machado lograra llegar a Noruega tras una salida clandestina y de alto riesgo desde Venezuela.

Maria Corina Machado y Edmundo González
photo_camera Maria Corina Machado y Edmundo González

El Nobel no cerró un ciclo: lo abrió. Reordenó jerarquías simbólicas dentro de una oposición dispersa y, al mismo tiempo, colocó bajo una luz implacable las preguntas que Venezuela ya no puede seguir postergando. La principal es incómoda y estructural: ¿cómo es posible que una sociedad entera reconozca a una líder como su voz más potente y visible, y que, al mismo tiempo, el presidente electo y reconocido internacionalmente sea otra persona, sin que esa dualidad se traduzca, en el momento decisivo, en un acto de poder efectivo?

La paradoja no es retórica. Está documentada. Tras las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, diversos actores internacionales —entre ellos el Parlamento Europeo y el Gobierno de Estados Unidos— reconocieron a Edmundo González Urrutia como vencedor o “presidente electo”. Sin embargo, el Premio Nobel de la Paz no recayó en el candidato, sino en Machado, reconocida explícitamente como líder del movimiento democrático venezolano.

Esta disociación entre legitimidad electoral y liderazgo político es el eje sobre el que gira la actual crisis opositora. Y es también el punto desde el que se articulan las críticas —cada vez más audibles en 2025— procedentes no del chavismo, sino de sectores conservadores y anticomunistas internacionales que apoyan la causa venezolana, pero cuestionan la arquitectura política que la oposición construyó alrededor de Machado y González.

Este artículo —tercero de una serie dedicada a las principales figuras de la resistencia democrática venezolana— se propone fijar con claridad la figura de María Corina Machado como persona política concreta, describir su peso real en la sociedad venezolana y analizar, sin concesiones, el dilema estratégico que deja al descubierto el Nobel de Oslo.

I. Una trayectoria de ruptura: del antichavismo temprano al liderazgo total (2002–2023)

María Corina Machado no aparece en 2024 ni en 2025. Su biografía política es anterior y está atravesada por una constante que la distingue del resto de la oposición venezolana: la ruptura. Ruptura con el chavismo como proyecto hegemónico, ruptura con los pactos de moderación que durante años intentaron convivir con el régimen, y ruptura, incluso, con los consensos internos de la propia oposición.

Nacida en Caracas el 7 de octubre de 1967, Machado se formó como ingeniera industrial antes de involucrarse de lleno en la vida pública. Su activismo político se consolidó con la fundación de Súmate en 2002, asociación civil dedicada a la recolección de firmas para referendos revocatorios contra el gobierno de Hugo Chávez. Desde entonces, su figura quedó asociada a una confrontación directa con el poder, que respondió con acusaciones judiciales, administrativas y penales.

Para sus partidarios, Machado se convirtió en la voz de la resistencia democrática; para el régimen, en una conspiradora permanente. Ella siempre sostuvo —y así lo recogen numerosos medios internacionales— que se trataba de persecución política. En cualquier caso, su perfil quedó definido desde muy temprano: no negociar la naturaleza del régimen, sino denunciarla.

Elegida diputada en 2011, combinó acción institucional y discurso frontal contra la cooptación del Estado, la tutela cubana y el entramado económico de la élite chavista. Esa coherencia doctrinal, sostenida durante más de dos décadas sin giros tácticos evidentes, explica que en 2023 su victoria en las primarias opositoras —y su posterior inhabilitación— consolidara un hecho sociológico decisivo: la base más movilizada del antichavismo se reconoció en ella como líder natural.

Su liderazgo no fue fruto de un aparato partidista, sino de persistencia ideológica. Y ese dato será clave para entender tanto su fuerza como sus límites.

II. 2024: Edmundo candidato, María Corina líder

El ciclo electoral de 2024 cristalizó una fórmula inédita en la historia reciente de la oposición venezolana. Inhabilitada y obligada a la clandestinidad, Machado asumió la jefatura política. Edmundo González Urrutia, diplomático de carrera, emergió como candidato formal.

El esquema funcionó en varios niveles. En el plano interno, permitió una movilización social significativa. En el plano internacional, ofreció una figura aceptable para cancillerías y organismos multilaterales. González aportaba moderación, experiencia diplomática y perfil de consenso; Machado, energía, calle y dirección estratégica.

Tras la jornada electoral del 28 de julio de 2024, el régimen proclamó a Nicolás Maduro vencedor sin publicar actas completas. La oposición, por su parte, divulgó copias de actas y sostuvo la victoria de González. El conflicto trascendió las fronteras venezolanas. El Parlamento Europeo aprobó una resolución reconociendo a González como presidente legítimo y a Machado como líder de las fuerzas democráticas. Estados Unidos lo describió públicamente como “presidente electo”.

La oposición había logrado algo excepcional: convertir un resultado disputado en reconocimiento político internacional.

Pero en Venezuela existe un segundo piso de la política, más duro y decisivo: el poder real. Y ese poder no se movió.

III. 2025: el Nobel y la escena de Oslo como termómetro del conflicto

En diciembre de 2025, Machado logró salir clandestinamente del país y reapareció en Oslo tras más de un año en la clandestinidad. La secuencia —la hija recogiendo el Nobel, la madre llegando después— fue simbólicamente poderosa: la resistencia convertida en relato global, el costo personal transformado en argumento político.

La ceremonia estuvo marcada por un discurso de una dureza inusual pronunciado por Jørgen Watne Frydnes, presidente del Comité Nobel Noruego. Lejos de la retórica abstracta, Frydnes denunció explícitamente los crímenes del régimen de Nicolás Maduro, señalando la responsabilidad directa del Estado venezolano en violaciones sistemáticas de derechos humanos, persecuciones políticas, detenciones arbitrarias, torturas y ejecuciones extrajudiciales documentadas por organismos internacionales.

El discurso nombró responsables, citó informes de Naciones Unidas y de la Corte Penal Internacional, y subrayó que la concesión del Nobel a Machado no era un premio a la retórica, sino una acusación moral contra una dictadura en ejercicio.

Oslo funcionó así como un tribunal simbólico. Mientras el régimen intentaba proyectar normalidad diplomática y reactivar canales de diálogo, la Academia del Nobel fijaba ante el mundo una narrativa opuesta, inequívoca y personalista. El Nobel no fue un final ceremonial: fue un episodio operativo en una batalla política y geopolítica.

IV. La crítica desde Argentina: apoyar la causa, cuestionar la conducción

En 2025, una parte del ecosistema intelectual argentino vinculado al presidente Javier Milei intervino activamente en el debate venezolano. Agustín Laje, Pablo Muñoz Iturrieta y Nicolás Márquez representan una corriente que combina anticomunismo militante con profunda desconfianza hacia las oposiciones administradas por la diplomacia internacional.

Agustín Laje destacó la valentía y coherencia de Machado, encuadrando su figura dentro de una lucha mayor contra el socialismo del siglo XXI. Sin embargo, introdujo una advertencia clave: la épica sin estructura no reemplaza al mando. El liderazgo moral necesita convertirse en decisión política si pretende transformar la realidad.

Pablo Muñoz Iturrieta fue más severo. Planteó que la figura internacional de Machado podría estar siendo instrumentalizada por intereses geopolíticos externos, especialmente estadounidenses, interesados en gestionar la crisis venezolana sin alterar en exceso la arquitectura interna del poder. Para él, el Nobel corre el riesgo de consolidar un liderazgo visible, pero políticamente ineficaz.

Nicolás Márquez, por su parte, desacralizó el Premio Nobel de la Paz, calificándolo como un galardón que, en demasiadas ocasiones, premia la denuncia y no la eficacia. Su crítica apunta a un temor compartido: que el sufrimiento venezolano quede institucionalizado como paisaje moral, sin traducción en poder real.

Estas críticas no provienen del chavismo. Provienen del mismo campo ideológico que respalda la causa venezolana, y por ello resultan especialmente relevantes.

V. El dilema Edmundo: la “omisión constitucional” como acusación estratégica

En 2025 ganó peso una acusación estratégica: la de una “omisión constitucional” tras el 28 de julio de 2024. Según esta tesis, debía haberse producido una invocación inmediata de los artículos 333 y 350 de la Constitución venezolana, fijando un quiebre jurídico inequívoco.

No se trata de un hecho probado, sino de una acusación política. Pero revela un cambio profundo en la discusión opositora: ya no se debate solo cómo derrotar al régimen, sino quién estaba obligado a actuar como Estado cuando la victoria fue reivindicada.

La crítica sostiene que la ausencia de un acto institucional claro generó un vacío que empujó a la comunidad internacional de vuelta al lenguaje del diálogo con el poder de facto. En paralelo, el tablero internacional se movió hacia una dinámica ambigua de presión y negociación, con el petróleo y las sanciones como telón de fondo.

VI. ¿Quién manda cuando el poder no cambia?

Machado es hoy la líder moral indiscutida de la resistencia democrática. Su nombre concentra adhesión, sacrificio y disciplina social. Pero el reconocimiento formal de la victoria electoral, cuando se produjo, gravitó sobre Edmundo González.

El Nobel deja una pregunta brutal: ¿puede existir conducción sin mando? ¿Puede una líder convocar a una nación cuando el acto decisivo queda delegado en una arquitectura que no ejerce autoridad?

En Oslo, Machado intentó responder con un gesto: reaparecer, hablar, presionar, volver a comprometerse con el regreso. Pero el régimen sigue en Miraflores. Y el tiempo, en Venezuela, no es neutro.

VII. Tres escenarios y una advertencia

El debate estratégico actual gira en torno a tres escenarios plausibles: escalada con alto costo humano, negociación que administre la crisis sin resolverla, o presión internacional creciente capaz de generar fisuras internas en el régimen.

La advertencia es sencilla: mientras la oposición no resuelva el dilema entre legitimidad, autoridad y eficacia, su historia corre el riesgo de repetirse como un bucle: movilización, esperanza, apoyo externo, desgaste y diálogo.

Conclusión

El Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado es un hecho monumental en el plano simbólico y un acto de presión internacional en el plano político. Pero el símbolo no reemplaza al poder. Y el poder, en Venezuela, sigue sostenido por un aparato militar, policial y económico intacto.

Machado encarna una virtud rara en la política contemporánea: la coherencia sostenida. Eso explica su liderazgo. Pero la transición venezolana exige algo más: que la legitimidad electoral y la conducción moral se traduzcan en un acto institucional claro, oportuno y reconocido.

Por eso, la crítica que emerge —desde dentro y desde fuera— no debe descartarse como ruido. Puede resultar injusta o exagerada, pero señala una verdad incómoda: la historia no premia solo a quienes resisten, sino a quienes, en el instante exacto, convierten la resistencia en autoridad.

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