El Circuit de Barcelona-Catalunya no es solo una pista de asfalto en Montmeló. Es un motor económico que genera decenas de miles de visitantes, impacto hotelero, restauración, empleo directo e indirecto y proyección internacional. La Fórmula 1 no es un capricho elitista: es un escaparate global con millones de espectadores y una plataforma de atracción de inversión para la comarca del Vallès Oriental, con Granollers a la cabeza, fundamentalmente.
Perder la anualidad del Gran Premio no es una anécdota del calendario. Es un síntoma.
De la prioridad ideológica a la negligencia económica
Durante años, la política catalana —bajo gobiernos marcadamente soberanistas— estuvo concentrada en una agenda identitaria casi exclusiva. El “procés” ocupaba el centro del debate, de la estrategia, del relato y, en demasiadas ocasiones, de la gestión. Mientras tanto, cuestiones estructurales como infraestructuras, competitividad internacional o grandes eventos quedaban en segundo plano.
La negociación con la F1 no se gana con discursos simbólicos. Se gana con planificación, inversión, estabilidad institucional y visión a largo plazo. Y ahí es donde Catalunya empezó a perder posiciones frente a otros destinos dispuestos a pagar más, negociar mejor y ofrecer garantías políticas.
El resultado es evidente: rotaciones, incertidumbre y pérdida de peso en el calendario mundial.
La competencia no duerme
Madrid ha movido ficha. Otros países han entrado con chequera y estrategia. La Fórmula 1 es hoy un negocio global donde la competencia es feroz. Si tú dudas, otro ocupa tu lugar. Si tú politizas, otro profesionaliza.
No se trata de nostalgia ni de romanticismo automovilístico. Se trata de comprender que un evento así mueve cientos de millones de euros en impacto económico. Hoteles llenos. Restaurantes a rebosar. Transporte activado. Proveedores trabajando. Empleo temporal y permanente.
¿De verdad nos podemos permitir tratar eso como algo secundario?
El coste de la desidia
La desidia no siempre es visible el primer día. Se nota cuando los contratos se renegocian a la baja, cuando el calendario te relega o cuando la inversión privada percibe inseguridad. La marca Catalunya, durante años, estuvo asociada más al conflicto político que a la estabilidad empresarial.
Y los grandes eventos huyen del ruido.
El problema no es solo perder una anualidad hasta el 2.030, como mínimo. El problema es el mensaje que se envía: que no hemos sabido cuidar lo que funciona. Que mientras se dedicaban energías a debates identitarios interminables, se descuidaban activos estratégicos que garantizan riqueza y puestos de trabajo.
¿Resignación o reacción?
Ahora la responsabilidad recae en la Generalitat de Catalunya actual. Recuperar la anualidad no será sencillo. Exige inversión, visión y una política económica centrada en resultados, no en gestos.
Catalunya no puede vivir de rotaciones. No puede conformarse con ser sede intermitente de uno de los mayores espectáculos deportivos del mundo. Si aspiramos a ser potencia industrial, turística y tecnológica, debemos actuar como tal.
La Fórmula 1 cada dos años no es una solución: es una advertencia. Y las advertencias, si no se atienden, acaban convirtiéndose en despedidas.