1. Rodalies: la paciencia agotada
El frente más simbólico es Rodalies de Catalunya. Incidencias crónicas, inversiones discutidas, traspasos competenciales a medio cocer y una ciudadanía exhausta. Cada retraso es un editorial ambulante contra el Govern. Illa necesita resultados tangibles —mejoras medibles en puntualidad y fiabilidad— y un relato claro sobre responsabilidades compartidas con Renfe y Adif.
Lo que está en juego no es solo la movilidad: es la percepción de eficacia. Si Rodalies no mejora, la etiqueta de “gestión solvente” se resquebraja.
2. Carreteras e infraestructuras: inversión o atasco político
Las carreteras catalanas arrastran años de mantenimiento irregular y proyectos bloqueados. Entre la presión municipal, los peajes en la memoria colectiva y la financiación autonómica pendiente de reforma, el margen fiscal es estrecho. Illa deberá priorizar, explicar y —sobre todo— ejecutar. En infraestructuras, prometer no suma; inaugurar sí.
3. Educación: huelgas y autoridad
Las huelgas de maestros y profesores no son solo laborales; son políticas. El malestar por ratios, calendario, estabilización de interinos y recursos erosiona la autoridad del Departament. Illa necesita diálogo real y calendario verificable. La educación es terreno sensible: una mala gestión se convierte en bandera opositora en cuestión de días. Ya no puede seguir culpando a los anteriores gestores (Junts y ERC) aunque ahora sean esas mismas fuerzas políticas quienes piden rodar cabezas.
4. Sanidad: el termómetro social
Las protestas en sanidad —listas de espera, condiciones laborales, presión asistencial— son el termómetro de cualquier gobierno. La herencia de la pandemia aún pesa en estructuras y ánimo profesional. Aquí no bastan anuncios: hacen falta refuerzos presupuestarios, pactos con sindicatos, un Estatuto justo y digno para los médicos y enfermeras, y una comunicación que no suene a autoindulgencia.
5. Vivienda: 50.000 pisos en 8 años imposibles
Salvador Illa y todo el PSC se comprometieron a solucionar la carencia de viviendas en Cataluña en dos legislaturas, en ocho años. Aunque parezca mentira, en la actualidad, son solo unos pocos los proyectos que se están ejecutando a pesar de los esfuerzos que todos los Ayuntamientos socialistas y la propia Generalitat están realizando.
La cuestión no son sólo las dificultades por encontrar terrenos de titularidad municipal, o a buen precio si son de titularidad privada, si no que la mayor dificultad son sus propios socios de gobierno que le exigen ser eficaces y productivos mientras no le aprueban ni los presupuestos, en una espiral continua de absurdo político.
6. Presupuestos: el arte de lo posible
Las negociaciones fallidas con Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y Catalunya en Comú (Comuns) dejan a Illa en minoría práctica. Sin presupuestos, el Govern navega con prórrogas y pierde iniciativa. Pero ceder demasiado tiene coste identitario para el PSC; no ceder, coste de gobernabilidad.
La aritmética manda, y la política exige relato: explicar por qué se pacta —o por qué no— y con qué límites.
7. El eje Madrid-Barcelona: equilibrio delicado
Illa conoce bien el puente con el Gobierno central. Ese activo puede ser ventaja (inversiones, coordinación) o munición para la oposición (acusaciones de subordinación). En un contexto de debate sobre financiación autonómica y agenda territorial, el PSC necesita mostrar autonomía sin romper la sintonía.
Pero también es un elemento de extorsión continua por parte de sus teóricos socios. Un arma de doble filo para el gobierno catalán que siempre está en manos de sus socios y, a la vez, oposición.
8. Lo que se juega el PSC
Para el PSC, esta legislatura es un examen histórico: demostrar que puede liderar Cataluña sin el marco del procés como eje único. Si Illa consolida gestión y estabilidad, el socialismo catalán se asienta como alternativa central. Si tropieza en Rodalies, sanidad, vivienda o presupuestos, la narrativa de “vuelta a la normalidad” se diluye y el espacio político se fragmenta de nuevo.
Illa vuelve a un tablero sin red de seguridad. Cada conflicto sectorial es una prueba de liderazgo; cada negociación, un equilibrio sobre alambre. La política catalana ya no vive en el choque permanente de bloques, pero tampoco en la comodidad de mayorías holgadas. El President tiene por delante la tarea menos épica y más difícil: que las cosas funcionen.