Este sábado, Cataluña amanecía con trenes y con miles de ciudadanos asustados porque ni los maquinistas tenían confirmación de seguridad, hasta que alguien decidió decir basta. Y no fue Pedro Sánchez. Tampoco fue su ministro estrella, Óscar Puente, siempre rápido para el tuit, lento para la solución. Fue la Generalitat, con una decisión tan incómoda como necesaria: parar los trenes porque no había garantías de seguridad.
Madrid, una vez más, jugaba a las pirulas. A minimizar, a marear, a anunciar servicios parciales mientras los informes hablaban de riesgos reales. Renfe comunicaba una cosa, Adif otra, y el Ministerio miraba el reloj esperando que el problema se diluyera solo. El viejo truco. El de siempre. El de “ya se arreglará”. Muy socialista desde el asalto de Pedro Sánchez a la presidencia de este país: si me equivoco la culpa la tiene el “cha cha chá” y siempre puedo rectificar.
Pero no.
Esta vez no se arregló solo. Esta vez alguien asumió el coste político de tomar una decisión impopular pero responsable. Porque parar trenes un sábado es un escándalo. Pero no pararlos cuando no son seguros es una temeridad. Y esa línea, la que separa la gestión del marketing, Madrid lleva demasiado tiempo sin verla.
La imagen es potente: mientras en la capital se calcula el impacto mediático, en Cataluña se asume el desgaste. Mientras Sánchez guarda silencio (como hizo tras la Dana se refugia en el extranjero a miles de kilómetros de la presión pública y de la responsabilidad) y Puente se parapeta en tecnicismos, aquí se toma una decisión que afecta a cientos de miles de personas, sabiendo que las críticas llegarán igual. Porque llegan siempre.
Este episodio no va solo de trenes. Va de algo más profundo: la absoluta falta de sincronía entre el Gobierno central y la Generalitat, incluso cuando, en teoría, deberían entenderse porque son “hermanos socialistas”. Va de un Estado que sigue tratando Rodalies como un problema periférico y de una administración catalana que ya no está dispuesta a poner la cara por errores ajenos.
Durante años se ha pedido paciencia. Durante años se ha prometido inversión. Durante años se ha pedido comprensión a los usuarios. Y durante años, a cambio, se han ofrecido excusas, notas de prensa y culpables difusos. Hasta que alguien ha dicho basta. Hasta que alguien ha entendido que la seguridad no se negocia y que gobernar no es solo sonreír en las fotos.
Hoy los trenes no circulan. Mañana volverán, o no. Pero lo que ya no puede volver a ser igual es esta coreografía absurda en la que Madrid decide, falla y calla, y Cataluña paga el precio. Esta vez no. Esta vez, desde la cama o desde donde haga falta, alguien ha puesto el freno de emergencia.
Y eso, por mucho que moleste en Moncloa, eso sí que es gobernar.