Delatores y beneficios de un DON NADIE

Sorprende poderosamente que todo el argumentario, o el relato, eso que está tan de moda, desde el PSOE y otras formaciones a su izquierda, articulado en torno a la sentencia que condena a José Luis Ábalos, a Koldo García y a Víctor de Aldama sea lo de la poca condena que le ha caído al tercero en comparación con la de los dos primeros por haber confesado sus delitos y cooperado con policía y fiscales. Suena a pataleta de niños de patio de guardería que creen que la justicia está en que el chivato no pueda nunca beneficiarse de que se aclaren las cosas, sin importar realmente qué ha pasado y quién es responsable de ello.

El nuevo reparto de Uno de los Nuestros
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La figura del delincuente que delata a sus compinches y colabora con la justicia para destapar tramas criminales, así como los beneficios que la ley otorga por ello en muchos sistemas jurídicos, parece haber llamado la atención de quienes, posiblemente, no han visto Uno de los nuestros (“Goodfellas”), la mítica película de Martin Scorsese, que comienza con ese Aldama que podría ser perfectamente Henry Hill, encarnado por el actor Ray Liotta, y su frase “desde que tuve uso de razón, siempre quise ser un gángster”. Y es que la cinta nos cuenta la historia de Hill, un matoncillo de barrio que entra a formar parte de la familia Lucchese y aprende que la confianza entre delincuentes y el silencio son las únicas normas a seguir realmente por los criminales para mantener su estatus. Principios que se expresan de manera tan literal como en la frase que alguien le dice tras cumplir con su deber: “nunca traicionar a tus amigos y mantener la boca cerrada”.

Por eso siempre ha habido que luchar contra el crimen organizado, y hasta el desorganizado del todo, rompiendo esos sagrados sellos con los que los delincuentes se protegen: la lealtad y el silencio. Por eso en los sistemas jurídicos de todo el mundo la ley prevé desde siempre beneficios a quienes confiesen sus delitos y cooperen con el Estado en el desmantelamiento de organizaciones criminales delatando a quienes fueran sus cómplices.

De Aldama no es ninguna excepción, sino la aplicación rigurosa de una ley, el código penal, que establece que puede atenuarse de una manera bastante importante la pena a imponer a quien cante y señale a otros delincuentes. No es algo honorable, pero la sociedad debe defenderse contra quien atenta contra ella, y la única limitación en esa lucha es que los medios y recursos estén previstos en la ley, escritos negro sobre blanco, y se apliquen como esa norma establece y con los condicionantes que se fijen. Y eso es lo que el Tribunal Supremo ha hecho en su sentencia al reducir la condena impuesta a uno de los tres reos del caso Mascarillas que sí decidió colaborar. Y claro que es algo interesado: es que la alternativa era jugarse ir a la cárcel de la misma manera que los otros dos. Dos que, no lo olviden, podían perfectamente haber seguido el mismo camino que de Aldama.

Por eso choca, y mucho, que toda la queja de quienes fueron compañeros de Ábalos sea la de que en España sale gratis corromper, una afirmación que, no siendo cierta, lleva implícita la confirmación de que si alguien corrompe, por muy barato que salga, hay quien se corrompe o se deja corromper. Y de estos, José Luis Ábalos, no lo olvidemos, ha pretendido dar lecciones de ética nada menos que desde la tribuna del Congreso de los Diputados una mañana cuando por la tarde empezaba a diseñar cómo iba a ser la cosa… Porque, curiosamente, la sentencia no se ataca por ahí, salvo con la necedad de compararla con una condena por homicidio o agresión  sexual, por el montante de años que supone, ignorando de propósito que Ábalos ha sido condenado por un total de nueve delitos, el más grave de los cuales conlleva una condena de cinco años y seis meses de cárcel, por lo que la cifra de veinticuatro años es realmente la suma de las nueve condenas, con el beneficio, ojo, de que su cumplimiento efectivo no será en ningún caso superior a algo más de quince años.

Y sí, claro que de Aldama se beneficia. Como cualquier delincuente que rompa aquel principio aprendido por Henry Hill, que terminó igualmente colaborando con el FBI para desmantelar todo el clan mafioso al que pertenecía y por lo que obtuvo los beneficios propios de los testigos protegidos, algo que, en la escena final de la película, le hace decir: “soy un don nadie, y tengo que vivir el resto de mi vida como un gilipollas”, después de una vida de lujo y caprichos gracias al crimen.

De Aldama, por mucho que no entre en prisión, al menos de momento y por este caso, dado que aún tiene que responder en otras causas abiertas y pendientes de enjuiciamiento, siempre quiso ser gángster, porque era la manera de pisar alfombras, tener poder e influencia, gastar dinero a manos llenas y no tener que preocuparse por nada. Pero ha terminado también siendo un don nadie, además de condenado a cuatro años y seis meses, aunque se le haya suspendido el cumplimiento del fallo. Pero es ya, oficialmente, ese don nadie al que encarnó Ray Liotta tras delatar a sus compañeros.

La política, y los políticos, deberían hablarnos de cómo es posible que todo un ministro del Gobierno de España, secretario de organización de un partido como el PSOE, pudo hacer todo lo que hizo sin que, aparentemente nadie se diera cuenta. Y no solo eso, sino sin que nadie de los suyos en un primer momento dejara de apoyarlo y defenderlo hasta ovacionarle puestos en pie a la vista de todos, algo que igualmente deberían explicar. Que se quejen de los beneficios que la ley otorga a quienes, viéndose acorralados, deciden romper la norma no debería escandalizarlos, sino alabar un modelo que a ese mismo Gobierno, por ejemplo, permitió indultar a David Marjaliza, el empresario corruptor de la trama Púnica, de quien otro ministro, esta vez Bolaños llegó a decir, recuerden, que “quien colabora con la justicia tiene el apoyo del Gobierno de España”. Otro don nadie hoy, al fin y al cabo, pero que parece que hizo menos daño a este Gobierno actual.