El último episodio lo hemos visto tras los cánticos de “musulmán el que no bote” en un partido celebrado en Barcelona entre la selección española y la de Egipto. Las reacciones han sido inmediatas: condenas, titulares, tertulias encendidas y una sensación general de escándalo nacional. El foco, cómo no, apuntando directamente al entorno del RCD Espanyol porque algunos están interesados en ello.
Pero hay un problema de base: la realidad no es tan simple.
Ni era el Espanyol, ni es un caso aislado
Conviene recordar algo que se ha obviado en muchas crónicas: la afición presente en ese partido no era exclusivamente del Espanyol. Era una mezcla de seguidores de distintos equipos, procedentes de toda España. Entre ellos, incluso aficionados del FC Barcelona. Muchos, muchísimos. En un partido organizado y dirigido por la Real Federación Española de Fútbol, por si alguien tiene alguna duda.
Reducir el episodio a “la afición del Espanyol” no solo es impreciso: es directamente injusto y maniqueo. E ignorar que esos cánticos estaban orquestados por seguidores al futbol, o no, pero ultras y poco educados que nada tienen con el más que centenario Club de Barcelona que cedió el campo para tal acontecimiento, es ser ignorantes o no querer ver lo evidente.
Y más aún cuando estos cánticos —desafortunados o no— forman parte de un fenómeno mucho más amplio que el propio fútbol: el de las consignas políticas que buscan provocar, marcar territorio o simplemente generar ruido colectivo.
El espejo incómodo del País Vasco
Aquí es donde aparece el verdadero debate. Porque mientras se desata una tormenta mediática por un cántico, otro lleva años normalizado sin apenas contestación. En los partidos entre Cataluña y Euskadi —o en encuentros de clubes en el País Vasco— es habitual escuchar el ya clásico: “español el que no bote”.
Un cántico que, en esencia, funciona exactamente igual: identifica a un colectivo y lo convierte en objeto de presión o señalamiento. Una actitud indigna para cualquiera que sea mínimamente educativo o “deportivo”.
Y no digamos nada de los gritos, insultos y silbidos al himno nacional cuando se disputa una final, con ciertos clubes vascos o catalanes de protagonistas. Es tal el estruendo que es imposible escuchar ni la música ni el himno ni nada que se le parezca.
La pregunta es inevitable: ¿por qué uno escandaliza y el otro se asume como folklore futbolístico? ¿Es una cuestión de contexto político? ¿De sensibilidad mediática? ¿O simplemente de a quién va dirigido el mensaje?
¿Ofensa selectiva o coherencia?
El debate no debería ser si un cántico es más ofensivo que otro en función del destinatario. Si algo caracteriza al deporte —y especialmente al fútbol— es su capacidad para amplificar emociones… también las menos elegantes.
Pero si se decide elevar el listón moral, lo lógico sería hacerlo para todos. Porque si cantar contra los musulmanes es inaceptable (y hay argumentos sólidos para considerarlo así), también debería serlo señalar a los españoles como colectivo en una grada.
Y si uno entra en el terreno de la “libertad de expresión”, el otro difícilmente puede quedar fuera. Con silbidos o sin ellos.
Lo que ocurre en los estadios no nace en los estadios. Es un reflejo, a veces exagerado, de lo que sucede fuera de ella. Nuestra sociedad está radicalizada y absolutamente enfrentada en absurdos. O se considera que este tipo de cánticos no tienen cabida —todos—, o se asume que forman parte de una cultura de grada imperfecta pero extendida.
Lo que resulta difícil de sostener es este escenario intermedio donde unos gritos provocan escándalo nacional y otros pasan desapercibidos. Porque entonces ya no hablamos de valores. Hablamos de relato. Y el relato no aguanta sanciones, solo manipulaciones.