No hace falta ser arquitecto para advertir que los romanos entendieron algo fundamental: el coste de construir algo va en correlación directa con su durabilidad, y que esa durabilidad, bien concebida, exige un mantenimiento mínimo. De ahí que el hormigón romano sea un prodigio de ingeniería que, después de casi dos mil años, sigue sosteniendo monumentos que ningún material contemporáneo podría igualar. Construían para sus hijos, y para los hijos de sus hijos.
Esa lógica, sin embargo, no es universal ni eterna. Se puede perder. Y se pierde exactamente cuando una sociedad deja de preguntarse qué ocurrirá con sus obras dentro de veinte, cincuenta o cien años, y empieza a construir únicamente para el impacto del día siguiente. Basta recordar la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia —ese monumento al despilfarro diseñado para deslumbrar, no para durar— o aquella torre de cristal en Londres que, al captar la luz solar de cierta manera, era capaz de fundir el asfalto y abrasar a los transeúntes.
“El cinismo de la arquitectura contemporánea radica en diseñar para la fotografía de inauguración”
El cinismo de la arquitectura contemporánea radica precisamente en eso: en diseñar para la fotografía de inauguración, sin ninguna consideración por lo que vendrá después. Hemos aprendido a inaugurar. Hemos olvidado mantener.
No todas las industrias han cometido ese error. La aviación, en particular, ofrece el contraejemplo más ilustrativo. Durante décadas, la industria aeronáutica aprendió, a sangre y fuego, que el diseño debía cumplir estándares mínimos exigentes; los accidentes derivados de fallos de concepción eran frecuentes hasta mediados de los años setenta. Pero desde que la ingeniería aeronáutica incorporó criterios de rigor estructural, los aviones se convirtieron en el medio de transporte más seguro de la historia.
La industria fue más lejos aún: estableció que un avión tiene una vida útil de unos veinte años, ampliable en circunstancias excepcionales hasta los treinta, y que a partir de ese umbral el coste de mantenimiento se dispara hasta hacer indefendible seguir operando esa aeronave. Esa ecuación nadie la discute. Se asume, se aplica y se respeta, porque los accidentes de hoy casi ya no responden a fallos de diseño sino, a errores humanos o a falta de mantenimiento. La lección está aprendida.
“Inaugurar es rentable políticamente; conservar, no”
El problema es que esa misma ecuación, tan obvia en la aviación, desaparece por completo en cuanto entra en escena la gestión política de las infraestructuras públicas. Y desaparece por una razón muy concreta: el mantenimiento no sale en las fotos. No genera votos. No lleva el nombre de ningún ministro grabado en mármol. Inaugurar es rentable políticamente; conservar, no. Y cuando a esa tentación estructural se le añade la posibilidad de desviar fondos sin que nadie lo advierta de inmediato, el resultado es predecible.
Si gastar cincuenta euros al mes en mantener un kilómetro de vía férrea supone seiscientos euros al año, el gobernante que quiere maquillar sus cuentas simplemente deja de gastarlos. Los efectos no son visibles al día siguiente, ni al mes siguiente. Pero cinco, siete años después, ese kilómetro de vía que podría haberse conservado con un gasto modesto requiere cien millones para ser reconstruido. Entonces se convocan contratos, se abren licitaciones, y el dinero vuelve a circular, esta vez en cantidades más mayores, con un gran impacto en los presupuestos de estado y afectación directa sobre los usuarios finales.
“Desde 2019, los presupuestos destinados al mantenimiento de la red ferroviaria han sido sistemáticamente deprimidos”
Eso es exactamente lo que ha ocurrido en España. Desde 2019, los presupuestos destinados al mantenimiento de la red ferroviaria han sido sistemáticamente deprimidos. El resultado está a la vista: una red que hace apenas una década era referencia en Europa se comporta hoy con la fiabilidad de una infraestructura de tercer mundo. Las averías se han multiplicado. Los retrasos se han normalizado. Los tramos de alta velocidad que deberían representar la modernidad del país acumulan incidencias con una regularidad que sería inconcebible en Alemania, en Francia o en Japón.
España ha pasado, en menos de una década, de la vanguardia ferroviaria a un nivel de degradación que no tiene parangón en ningún país europeo comparable. No es un accidente. Es la consecuencia aritmética de no haber gastado lo que había que gastar, durante los años en que había que gastarlo.
Los romanos no construían así. Construían sabiendo que el coste de mantener es siempre menor que el coste de reconstruir, y que una civilización que no cuida lo que levanta no merece llamarse civilización. Nosotros, con toda la tecnología del siglo XXI a nuestra disposición, hemos elegido el camino contrario: construir para el titular del día siguiente y dejar que el tiempo y la negligencia hagan el resto.
Si algo define la decadencia de una sociedad, es precisamente esa incapacidad de pensar más allá del presente inmediato. España lleva años ilustrando esa definición con una precisión que debería avergonzarnos.